La M.O.D.A.

La M.O.D.A. –
Ninguna Ola

Los chicos de La Maravillosa Orquesta del Alcohol firman su disco más valiente hasta la fecha, limpiando su sonido de elementos con el objetivo de poner el foco en una línea argumental casi cinematográfica. Una reflexión sobre el pasado, el transcurso del tiempo y las desigualdades, con ciertos elementos costumbristas que miran de cerca la vida. Puede que ese tránsito por estructuras más esquivas genere cierto recelo en la masa festivalera, pero ya sabemos que, los que a la postre acaban siendo grandes aciertos artísticos, suelen encontrar su sino al final del camino más embarrado.

No nos hemos olvidado de ellos. Nadie lo ha hecho y es que, ¿quién, en su sano juicio y habiéndoles escuchado, puede olvidarse? Tampoco es que haya pasado mucho tiempo sin tener noticias de La Maravillosa Orquesta del Alcohol. Sí que es verdad que Salvavida (de las Balas Perdidas) (2017) ya va camino de los cuatro años de antigüedad, pero desde su salida hasta ahora hemos asistido a un reguero continuo de conciertos, colaboraciones y proyectos propios o paralelos que han mantenido la llama encendida, a la par que nos hacían contemplar una verdadera voluntad de progresar como conjunto hacia nuevos horizontes sonoros.

No ha sido de repente, pues prestando atención a los matices se aprecian saltos y novedades entre ¿Quién Nos Va a Salvar? (2013), La Primavera del Invierno (2015) y el ya mencionado de 2017; pero el primer viraje serio de sonido en bloque que suscitó curiosidad fue el EP 7:47 (Ni un Minuto Más) (2018), grabado con Steve Albini en Chicago. También lo hizo el inicio de la relación con Raül Refree, una simbiosis que fue enraizándose con el tiempo, y pasó de ser un jugueteo tenue a convertirse en una fuente de riqueza inmensa. Ya no solo por el disco que tenemos entre manos, sino también por el proyecto que desarrolló con David Ruiz durante el confinamiento, nostalgia.en.los.autobuses, y que nos ha permitido a todos redescubrir una voz única en otra tesitura distinta.

Fotografía: Laura Sisteró

El disco más arriesgado de los burgaleses

Ninguna Ola aplica todo lo recogido durante estos últimos años, inquietudes personales, líricas y sónicas, salidas de lugares diversos e inesperados.

Todo esto parece confluir en Ninguna Ola (2020), quinto álbum de estudio de los burgaleses (cuarto desde que cantan en castellano), que aplica todo lo recogido durante estos años, inquietudes personales, líricas y sónicas, salidas de lugares diversos e inesperados. A priori puede parecer que la varita mágica de Refree se ha impuesto a la hora de pulir elementos y dejar mucho más desnudas de lo que estamos habituados a las canciones, pero nada más lejos de la realidad. Al margen del palpable discurso, ordenado y claro, y a modo de historia personal narrada mediante un serpenteante discurso emocional; referencias sonoras como Fontaines D.C., Kate Tempest, Lana del Rey, The Low Anthem o ecos de Hispanoamérica terminan de dibujar lo que recibimos al darle al play.

Se ve fácil en “93compases”, el inicio del disco, donde el fraseo y la narración te transportan al continente hermano, y donde David nos dibuja unos primeros pasos confusos, como el despertar resacoso tras una mala noche.

La Vuelta” es el regreso a la realidad, la asunción del problema construido con algo que será habitual en el resto de temas, y es el ritmo esquivo, azotado con contrastes de intensidad para destacar los estribillos. También es inteligente la decisión de presentarla como single, pues al situarse la segunda contribuye, de forma inconsciente, a involucrar al oyente desde el principio gracias a que la conocemos de antemano. 

Un discurso que nos sumerge en una narración casi cinematográfica

A priori puede parecer que la varita mágica de Refree se ha impuesto a la hora de pulir elementos y dejar mucho más desnudas de lo que estamos habituados a las canciones, pero nada más lejos de la realidad.

Con “Un Bombo, una Caja”, el protagonista toca fondo, un sentimiento para el que hay que prestar atención a la letra, ya que los elementos sonoros pueden despistar, pese a esos coros lúgubres. “Conduciendo y Llorando” supone un giro, pues el análisis interior da paso a la contemplación del entorno, y de relativizar el dolor al ponerlo en contrapeso con el mundo. También se aprecia cierto costumbrismo en las letras, especialmente en esta canción, ya que abandona esos recursos abstractos y metafóricos a los que nos tiene acostumbrados David, para radiografiar de una forma más nítida y realista lo que tenemos delante. “Regresso À Vida” detiene los relojes con unas estrofas que son prácticamente una disertación, nacida de una reflexión personal que ahonda de nuevo en el dolor y desemboca en el hallazgo del amor como consuelo.

Deja sin habla el riff de “Barcos Hundiéndose”, al margen del importante mensaje que tiene. La cadencia rítmica, igualmente esquiva, remite junto con el bajo al rock alternativo que se esbozó en 7:47. Formalmente es la canción más atractiva y accesible del disco, y se separa un poco de la historia (aunque es un pensamiento del protagonista) abordando una problemática tan importante y que está de relieve actualmente como es el racismo y el drama de la inmigración forzosa y los conflictos y rechazos que genera en la sociedad, parte de la cual está espoleada desde la ultraderecha política. Parece que, además de guiarnos a través de este camino de emociones, las referencias musicales también van de la mano. “Banderas Sin Color” bien podría pertenecer al EP de Albini, cuyas cadencias recuerdan a una canción como “El Camino”. La rabia es palpable, y se sintetiza en la frase “El momento crucial es ahora, el momento era yo”.

Hace tiempo que no estamos ante un grupo de festival

Al margen del palpable discurso, ordenado y claro, y a modo de historia personal narrada mediante un serpenteante discurso emocional; referencias sonoras como Fontaines D.C., Kate Tempest, Lana del Rey, The Low Anthem o ecos de Hispanoamérica terminan de dibujar lo que recibimos al darle al play.

La belleza y solemnidad de “Semifinales” se instala en la garganta del que escucha. La canción más desnuda de un disco ya de por sí ligero en elementos consigue con el contraste esa potencia emotiva que solo puede lograrse mediante la ternura y la delicadeza. Una mirada al pasado y el transcurso del tiempo, con ciertos elementos costumbristas que observan de cerca la vida, y que han conseguido dar forma a una de las mejores canciones de su carrera.

Memorial” supone el final del viaje, la certeza última de que uno ha hecho las paces consigo mismo y puede continuar en paz. El acordeón y unos coros muy llamativos recrean un sonido muy añejo, tampoco desconocido para los seguidores del grupo, pero algo ausente en el resto del trayecto y que enriquece el conjunto. 

Y el colofón a esta interesante odisea introspectiva llega de la mano de una “vieja” conocida. “Colectivo Nostalgia” fue el primer fruto de la era Refree, y se convirtió en un himno casi de manera instantánea. Pese a no estar pensado para cerrar el disco en un principio, una valoración posterior por parte de la banda, con el álbum ya completado, terminó por decidir que la canción resumía a la perfección el momento en el que se encontraban, tanto el grupo como el personaje central de la narración. Una síntesis del camino evolutivo de su música (aparición del piano, desaparición de la comunión orquestal en favor de un desarrollo de partes más escalonado), una celebración de la derrota, y una oda a las personas importantes en la vida. Una canción que se ha convertido precisamente en un símbolo para todos por ese factor colectivo, por esa certeza de que juntos somos más fuertes y de que, efectivamente, las penas cuando se cantan, son menos penas.

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