Low Roar

Low Roar –
Inure EP

Durante su confinamiento por la pandemia, Ryan Karazija regresó a los orígenes de su proyecto, con el respaldo de su reciente éxito, pero también acusando el paso del tiempo. Inure es un trabajo de una escala muy íntima en el que el expatriado estadounidense rememora todos los eventos que han marcado su carrera y lo han devuelto al punto inicial, pero también documenta el proceso de habituarse a una realidad dura. Un breve pero cuidado conjunto de temas que dejan patente que el proyecto sigue, quizás, más vivo que nunca.

Los últimos doce meses seguramente hayan sido algunos de los más importantes para la carrera de Ryan Karazija. Para ser exactos, los números de Low Roar, el proyecto que el expatriado estadounidense inició en solitario cuando se estableció en Islandia en 2011, comenzaron a dispararse de forma alarmante allá por 2016, cuando (para su sorpresa) su música apareció en el insólito teaser de un videojuego sobre el que correrían ríos de tinta virtual mucho antes de su lanzamiento: el inclasificable Death Stranding. Su creador, el célebre director Hideo Kojima, se topó con la música de Karazija por casualidad al entrar en una tienda de discos en Islandia, donde se enamoró a primera escucha de una “I’ll Keep Coming” que habría de marcar el tono de su esperada nueva obra y, al mismo tiempo, de cambiar la trayectoria de Low Roar de forma irreversible. Karazija relataba que Sony le ofreció una cierta suma de dinero por utilizar esa canción sin desvelar el propósito para el cual sería utilizada; dado que la banda se encontraba en un momento especialmente bajo, según sus propias palabras, aceptó sin planteárselo dos veces. Todo lo demás, como suele decirse, es historia.

Un impacto inesperado en un medio inesperado

Inure es un trabajo de una escala muy íntima, pero el universo artístico de Ryan Karazija siempre ha cabido en un pequeño apartamento. La madurez de Low Roar discurre paralela a su expresión de la vulnerabilidad, quien insiste en poner este sentimiento por delante a cada nuevo trabajo.

Death Stranding cuenta con una banda sonora original y también incorpora temas de otros artistas como CHVRCHES, Apocalyptica o Silent Poets, pero es la discografía al completo de Low Roar la que ambienta la inmensa mayoría de los momentos clave de la aventura y ayuda a grabarlos a fuego en la memoria. Desde noviembre de 2019, cuando salió “ese maldito videojuego”, como el músico lo llamó una vez con gran ironía (pues Kojima y Karazija se conocieron personalmente con motivo de esta singular unión y desde entonces son buenos amigos, además de mutuos admiradores), la insólita mezcla de magnetismo y serenidad que Karazija imprime a sus paisajes sonoros ha acompañado en su periplo a más de tres millones de jugadores y jugadoras. La mayoría de estas personas, entre las que me incluyo con orgullo, se quedaron con ganas de más Low Roar después de su experiencia jugable y se adentraron de lleno en su discografía para terminar amándola por sus muchos y propios méritos.

Y es que su obra, que hasta la fecha cuenta con cuatro trabajos de larga duración, posee un aura difícil de clasificar, una forma sutil pero muy impactante de articular letras intimistas con texturas analógicas y electrónicas que ha ido adoptando diferentes formas a lo largo de toda su trayectoria, pero siempre bajo la marca de unos rasgos comunes: la soledad, el aislamiento y el desarraigo. Por eso no es de extrañar que la pandemia de la COVID-19, y el confinamiento generalizado que provocó en su etapa más dura, resonase con el estilo creativo de Karazija, quien tradujo a música ese proceso de aceptación de una realidad dura y su modo de familiarizarse con ella. De ahí el significativo título del EP que, sin previo aviso, lanzó a mediados de mayo de este año: Inure (“acostumbrarse”).

Fotografía: Promo

Inure, o el espíritu de la cocina de Reykjavík

Su primer elepé, que documentaba su traslado en soledad a Islandia, fue grabado en la cocina de su piso en Reykjavík y producido en su ordenador portátil. El espíritu de esta circunstancia, similar a la que vivió en su confinamiento, reaparece con fuerza en Inure.

Ryan Karazija ya se había estrenado en el terreno musical en EEUU con la banda Audrye Sessions, pero la trayectoria de Low Roar comenzó cuando el artista abandonó su California natal para emigrar a Reykjavík, Islandia. Aclimatándose a las dificultades de trasladarse un país desconocido, en soledad y con escasos recursos, Karazija documentó este período crucial en su vida componiendo para su familia los doce temas de Low Roar, un elepé grabado en la cocina de su piso y producido en su ordenador portátil. El espíritu de esta circunstancia, un tanto paralela a la archiconocida parábola de la cabaña de Bon Iver, reaparece con fuerza en Inure, que en su brevedad contiene elementos de toda la discografía previa del artista, como si Karazija rememorase todos los pasos y eventos que han marcado su vida y lo han devuelto al punto inicial.

Los sonidos cotidianos del apartamento de Varsovia donde el músico quedó confinado (con apenas un par de guitarras, algunos pedales y su fiel portátil) sirven como introducción de “Time & Space”, enmarcando en una realidad pequeña e íntima este bellísimo tema instrumental: sobre un manto de electrónica profunda al uso de 0, se entreveran lentamente samples y capas de cuerda frotada y saxofón más propios de su último trabajo ross., algunos seguramente añadidos a la mezcla por el productor Andrew Scheps (Adele, Hozier, Beyoncé), con quien ya trabajó en ese mismo álbum.

De ese oleaje etéreo, pero manteniendo buena parte de estas texturas, bajamos a la tierra de la mano de “A Way Out”, una balada introspectiva de alma acústica, conducida por el piano, la guitarra y la voz comprimida de Karazija, señal inequívoca de las limitaciones técnicas, pero en cierto sentido también personales, de grabar y producir música durante el confinamiento.

Cuerpos distantes, recuerdos presentes

Inure evoca la sensación de estar recluidos entre cuatro paredes, cuando más rememoramos el calor que nos falta, el tacto que hace mucho que no sentimos, la paz de una rutina feliz y no la de un domingo interminable.

Canción a canción, el EP hace más evidente su descenso hacia un mayor minimalismo: regresando guitarra en mano a terrenos de pureza propios del debut, Karazija reflexiona en “Do You Miss Me?” sobre la soledad y el paso del tiempo, en colaboración con la cantante sueca Emma Lindström. Es su primer dueto desde aquella excelente “Bones” de Once In A Long, Long While, un tema (y un álbum) marcado por su divorcio, pero aquí es esa separación corporal tan estricta a la que obligó y aún obliga la pandemia (“Keep your distance / Find your space”) la que evoca esos recuerdos de un pasado cada día más distante (“I sung about your touch, your kiss / But like my body the words are getting old”).

Es “The Shepherd”, con sus marcados aires folk, la que más se vuelca en los temas de aquel álbum; recluidos entre cuatro paredes es cuando más rememoramos el calor que nos falta, el tacto que hace mucho que no sentimos, la paz de una rutina feliz y no la de un domingo interminable. Quien más, quien menos, en esta cuarentena seguramente nos hayamos sentido un poco como Karazija, recalando de forma inevitable en el recuerdo lo que ya no volverá, a sabiendas de que era lo que tenía que pasar y seguramente sea mejor así.

La vulnerabilidad como herramienta expresiva

El minimalismo forzado del confinamiento duro sin duda jugó un papel determinante en el sonido y los temas de este trabajo, pero no cabe duda de que Karazija explora una forma cada vez más etérea de componer y producir.

Inure es un trabajo de una escala muy íntima, pero el universo artístico de Ryan Karazija siempre ha cabido en un pequeño apartamento. La madurez de Low Roar discurre paralela a su expresión de la vulnerabilidad, quien insiste en poner este sentimiento por delante a cada nuevo trabajo. El minimalismo forzado del confinamiento duro sin duda jugó un papel determinante en el sonido y los temas de este trabajo, pero no cabe duda de que Karazija explora una forma cada vez más etérea de componer y producir, apoyándose como siempre en la instrumentación acústica para componer sus atmósferas pero sin que el tono dependa completamente de ella como ocurría en ross. ni relegando esa electrónica tan distintiva a un segundo plano.

Sea como fuere, Karazija no ha perdido su habilidad para convertir lo minúsculo en universal y, ahora que el futuro de Low Roar cuenta con más apoyos que nunca, confiamos en que pronto pueda llevar su pequeño universo a otras partes del mundo, como ya ha hecho con tantas jugadoras y jugadores a través de unos paisajes infinitos, dándonos las fuerzas necesarias para seguir adelante y recordándonos que a veces hay que bajar el ritmo para continuar.

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