King Gizzard & The Lizard Wizard

King Gizzard & The Lizard Wizard –
K.G.

Nuestros australianos favoritos retoman sus andaduras microtonales con K.G., un disco en el que, pese a sonar menos novedosos, siguen sorprendiéndonos por su maestría a la hora de mezclar todas las influencias trabajadas en sus quince álbumes anteriores e incorporar nuevas locuras como house turco o un western microtonal.

Los grupos son como las relaciones de pareja. Al principio te encariñas mucho, todo te parece maravilloso, crees que has encontrado la felicidad pura y que nada podrá deshacer ese ideal que te has montado en la cabeza. Pero en algún momento esa sensación irreal y fantasiosa se acaba, y entonces toca lidiar con lo que es verdaderamente una relación, con los más y los menos propios y ajenos. Con los grupos a veces pasa algo parecido. Sus discos te gustan tanto que sientes que por más cosas que hagan siempre te van a encandilar como el primer día. Pero la fantasía se acaba en algún momento. Y con King Gizzard & The Lizard Wizard parece acabar en K.G. (2020), su nuevo álbum de estudio y el número dieciséis en toda su discografía, que no es moco de pavo.

Ni mejores ni peores, simplemente ellos

K.G. no es su mejor disco ni el más original, pero sigue siendo absurdamente divertido y, como siempre, lo conocido previamente gana enteros en su contexto y además sigue guardando más de una sorpresa completamente inesperada.

A lo largo de su corta carrera, los australianos nos han dado tantísimas alegrías que parecía que la maquinaria no se iba a terminar nunca. Siempre sorprendiendo, siempre encontrando rincones nuevos por los que salir y volver a rompernos todos los esquemas, siempre explorando terrenos increíblemente sesudos pero endiabladamente divertidos para sus fans. Durante su trayectoria han probado y exprimido todo lo que han pillado: el garage, la (neo)psicodelia, el western rock, el garage-prog-infinito, el jazz, la microtonalidad, los compases menos comunes como el 7/4 y el 5/4, el spoken word, la polirritmia, el boogie, la electrónica e incluso el thrash metal.

Que sus recursos y sus salidas por la tangente se acabasen agotando solo era cuestión de tiempo. Y que hayan tardado dieciséis discos (siento la necesidad de recalcarlo porque son un montón) tiene un mérito increíble, porque tanta creatividad y a semejante ritmo parecía algo sencillamente inhumano. Pero aquí está K.G. (2020). El primer álbum en el que sus adelantos sonaban menos inspirados y poco originales, a algo que ya habíamos oído antes. Todo apuntaba, poniéndonos en el extremo más pesimista, al principio del fin. “Las mejores canciones son las que todavía no han salido” decían en un tuit poco antes de la salida del disco. Ni aún así tenía ya muchas esperanzas. Pero, afortunadamente, qué razón tenían y qué equivocado estaba yo. Porque K.G. (2020) no es el mejor disco de la banda ni el más original, pero sigue siendo absurdamente divertido y, como siempre, lo conocido gana enteros en su contexto y además sigue guardando más de una sorpresa completamente inesperada.

Fotografía: Jamie Wdziekonski

El (auto)homenaje a una carrera que ya parece milenaria

K.G. es un recorrido por su basta carrera, donde podemos encontrar un poco de todo y constituyéndose como un híbrido entre sus discos de canciones independientes y una obra completa en la que el todo es más que la suma de sus partes, pero resaltando otra vez la temática microtonal.

El caso de este álbum es algo extraño. El título apunta a álbum homónimo, al clásico “mira, esto es lo que hemos hecho hasta ahora”, pero también contiene un “Vol. 2” en la portada, sugiriendo ser una continuación de Flying Microtonal Banana (2017), que incorporaba un “Vol. 1”. Y lo cierto es que es un poco de ambos. K.G. se siente como un gran homenaje, tanto a los fans como a sí mismos. Un recorrido por su basta carrera donde podemos encontrar un poco de todo, siendo un híbrido entre sus discos de canciones independientes y una obra completa en la que el todo es más que la suma de sus partes, pero resaltando otra vez la temática microtonal (tal y como le ocurría, precisamente, a Flying Microtonal Banana).

Entre sus canciones podemos encontrar un poco de todo, con una primera mitad muy reminiscente de sus otros trabajos, con esa intro y esa “Automation” tan bananeras, o una “Minimum Brain Damage” que, sin salirse de la microtonalidad, apunta más hacia los terrenos del Polygondwanaland (2017), sonidos ya conocidos pero que, como suele ocurrir con esta banda, ganan enteros en el contexto del álbum y escuchados en su conjunto.

Lo mismo le ocurre a “Straws in the Wind”, lanzada como adelanto y que, a pesar de tener un videoclip absurdamente divertido (los vídeos de esta gente cada día tienen menos sentido) y de estar cantada por Ambrose, no sonaba demasiado estimulante de primeras. Pero es tras “Some of Us”, quizá el corte menos inspirado o el más genérico (dentro de lo que es genérico para King Gizzard), es cuando empieza la mejor parte.

Esto es todo, amigos… ¿o quizás no?

Los australianos también son capaces de incrustar una canción de house turco, un semi-rap a ritmo de rock anatólico o de devolvernos a aquel lejano Eyes Like The Sky de 2013, rescatando su western garajero para fusionarlo con sus influencias más actuales.

Resulta que los muy puñeteros no mentían y se habían guardado las golosinas para el lanzamiento del disco. ¿Por qué digo esto? Bueno, para empezar “Ontology” nos devuelve nada más y nada menos que a aquel lejano Eyes Like The Sky de 2013, su western garajero que rescatan aquí para fusionarlo con sus influencias más actuales y dejarnos una pieza de esa épica gizzardiana que sólo ellos saben hacer.

No contentos con eso, en “Intrasport” recuperan la electrónica con la que ya coquetearon en Fishing For Fishies (2019), esta vez para adentrarse en el house turco discotequero y ofreciendo un tema tan divertido que no nos deja más alternativas que quererlos tal y como son. La guinda del pastel la pone una “Odd Life” donde Ambrose se marca un semi-rap a ritmo de rock anatólico en lo que podemos considerar su ida de olla definitiva.

Aunque si hay un momento por el que siento especial debilidad en el álbum es “Honey”, esa vuelta en acústico al Paper Maché Dream Balloon (2015) fusionado con el Banana, una delicia que casi deja con ganas de otro disco entero así. Lástima que con esta gente ya no te puedas aferrar a nada, porque lo mismo te sacan un tema acústico que se cascan un cierre a lo Black Sabbath con “The Hungry Wolf of Fate”, mirando de reojo a la senda metalera pero quedándose en ese stoner doom más desenfadado sin cruzar la línea de lo que ofrecían en Infest The Rats’ Nest (2019).

Aceptarlos tal y como son

Quizá ya no vuelvan a ofrecer cosas tan redondas y locas como Nonagon Infinity (2016) o lo hagan con menor frecuencia, pero a estas alturas se han ganado de sobra quedarse a nuestro lado y disfrutar de lo que queda, que seguro que es mucho.

Como decía antes, pasadas las idealizaciones toca ver la realidad con la cabeza un poco más fría y aprender a querer con las virtudes y las menos virtudes que antes no éramos capaces de ver. King Gizzard & The Lizard Wizard siempre fueron humanos, aunque se les diese tan bien aparentar que no, y es ahora cuando toca aceptarlo y quererlos como son.

Porque quizá ya no vuelvan a ofrecer cosas tan redondas y locas como Nonagon Infinity (2016) o lo hagan con menor frecuencia, pero a estas alturas creo que se han ganado de sobra quedarse a nuestro lado y disfrutar de lo que queda, que seguro que es mucho.

error: ¡Contenido protegido!