La Trinidad

La Trinidad –
Los Edificios que se Derrumban

El brutalismo de su portada, si lo entendemos, según dice la Wikipedia, como “el impulso de construir edificios funcionales de manera sencilla y honesta”, con un punto de nostalgia utópica, es una buena manera de definir el estilo de La Trinidad partiendo desde el nuevo-viejo pop de guitarras.

Vamos al grano, porque si queréis introducción y contexto podéis leer esta entrevista a sus autores. El nuevo disco de La Trinidad, su debut en largo, dista (bastante) de ser perfecto, requiere cierto tiempo y paciencia (cosa que no abunda últimamente) y venía precedido de un EP, Nuevas Dignidades, que no era sino un auto-regalo envenenado, rebosante de expectativas altas y con muy poco espacio de maniobra.

Y pese a ello, Los Edificios que se Derrumban, que es como se titula, es valioso por doble motivo. El primero, más evidente y cliché, es el de la confirmación de una de las bandas de rock, adjetivos aparte, más prometedoras de nuestro país. El segundo, más discutible y etéreo, es el de que sirve de fotograma del cambio de paradigma del rock (o el pop ruidoso de guitarras en su defecto), en tanto en cuanto el garage en inglés ha muerto y hay una nueva generación sin prejuicios que antepone ser entendida a sonar cool.

Hormigón visto, desde la portada hasta la esencia

Los malagueños nos ofrecen guitarrazos rápidos con el poso garajero de los que han mamado del género hasta hace no tanto, aunque ahora tengan puesta la mirada en otros referentes.

Cierto es que La Trinidad cuentan con una ventaja extra a la hora de optar entre cantar en el siempre arriesgado castellano o hacerlo en inglés, y es que para eso último aún mantienen en la recámara su banda paralela, The Loud Residents. Sin embargo, y aunque probablemente no sea una decisión de sus protagonistas, resulta difícil negar que La Trinidad son una banda de mayor alcance que TLR, y que las letras de uno y otro proyecto, además de distinto idioma, tienen diferente calado.

La Trinidad hacen en este primer álbum malabares con temas típicos y en ocasiones trillados, pero con la suficiente personalidad como para hacerlo sin dejar de sonar frescos. Amor joven, en “La Mundial” o “Te Espero en el Moldava”; sensación de desarraigo de una generación ya curtida en crisis (“España Invertebrada”, “Todos los Rumores Eran Ciertos”), y la tragedia nacional, como ellos mismos dijeron en su día (guiño a las biznagas incluido), en “Las Flores de Mateo”, “Sensación Extraña” o “La Clase Media”.

Dejando las letras de lado (aunque no es fácil, dado su evidente protagonismo y el muy buen despliegue vocal tanto de Sixto como de Jorge), a nivel sonoro abundan los medios tiempos que aceleran a ráfagas como sprints en una course navette. Guitarrazos rápidos con el poso garajero de los que han mamado el género hasta hace no tanto, aunque ahora tengan puesta la mirada en otros referentes.

Referencias variadas en tiempo y en espacio

Pop amargo o punk con amor (por la melodía), que cada uno defina como quiera la propuesta de La Trinidad en este su álbum debut.

Hablando de referentes, algunos podrían opinar que no he hablado del elefante en la habitación que es el auge de grupos a la estela del éxito rotundo e irreprochable de Carolina Durante. Y, sin embargo, en este álbum La Trinidad demuestran no estar en ese rebufo, al menos, bajo su propia voluntad. De hecho, más bien miran atrás y más cerca, tanto a mitos como el Bowie berlinés o los Smiths como a cuasi-vecinos como Biznaga. Es de hecho a estos últimos a los que más se puede asemejar ciertos tramos del disco, desde algunas de las letras (véase “España Invertebrada”) a algunos dejes de ese pop a mala hostia que, por lo visto, empieza a ser seña de identidad de las bandas malacitanas. 

“Y sin embargo al arrastrarte
ya se intuye la peste y sangre,
en el reguero de baba que escupe tu carne”

Por hacer una concesión, “Los Niños de la Estación del Zoo” sí tiene un ramalazo carolinesco, aunque los coros y las proclamas (“¡el daño! ¡mala conciencia! ¡cicatrices! ¡no hay dolor!”) de nuevo remiten a los del Centro Dramático Nacional. En cualquier caso, hay que decir en defensa de esta trinidad que el power-pop aguerrido que manufacturan con saber hacer no es marca registrada de ninguna banda de este siglo, y menos aún de Diego Ibáñez y compañía, aunque se hayan erigido en cabezas de puente del movimiento. 

Además, los malagueños enseñan en el último tema una nueva vía, la del pseudo-spoken word turbio de gente como Sleaford Mods o Viagra Boys, que se aleja de la guitarra (que no del bajo) y se adentra en un terreno novedoso e interesante. “La Clase Media”, además de ser el tema más largo del disco y una potencial bola de demolición en directo, es la prueba de que, con La Trinidad, no hay que dormirse en los laureles. Pop amargo o punk con amor (por la melodía), que cada uno lo defina como quiera.

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