Fleet Foxes

Fleet Foxes –
Shore

No se me ocurre una banda sonora mejor para el otoño que Fleet Foxes. Esa idiosincrasia melancólica y crepuscular que es imposible desligar de sus melodías y cadencias vocales vuelve a impregnarnos en Shore, llegando por sorpresa y en pleno equinoccio de un año especialmente lánguido. ¿Más accesible? Desde luego. ¿Más convencional? No tanto como parece al primer contacto. Lo que sí que no deja lugar a dudas es su belleza; un viaje que termina dejándonos en la orilla, pero que hace del trayecto una mecedora, y del agua tibia que nos arrastra, seda.

Me encantan este tipo de sorpresas, y más con la que está cayendo. Siempre hace ilusión que nuestras bandas favoritas anuncien nuevo material y den pinceladas al asunto en forma de singles, dibujando un poco en el horizonte lo que se viene y dilatando las pupilas aquí y allá; pero no hay nada que supere la sensación que provoca el hecho de que el disco llegue de repente, sin previo aviso. En un momento, y sin haberlo visto venir, nos encontramos entre manos con un álbum completo, virgen, ignorando lo que vamos a encontrar dentro y con la maravillosa posibilidad de ponérnoslo entero y sumergirnos por primera vez en lo desconocido.

Robin Pecknold nunca ha dado puntada sin hilo y, además de regalarnos por sorpresa un nuevo compacto de Fleet Foxes, se ha molestado en dar un sentido a la publicación de Shore (2020), haciéndole ver la luz justo en el equinoccio de otoño, y desarrollando el discurso a través de un imaginario acorde con esa sensación melancólica pero cálida e introspectiva que desprende la estación.

No hay puntada sin hilo

El sonido ha vuelto otra vez a la senda luminosa; todo luce (casi literalmente), rompiendo con los enrevesados títulos de Crack-Up (2017), álbum que, en palabras del autor, funciona como un reverso oscuro de este recién llegado Shore.

Lo primero que llama la atención al escuchar los primeros temas es que el sonido ha vuelto otra vez a la senda luminosa; todo luce (casi literalmente), rompiendo con los enrevesados títulos de Crack-Up (2017), álbum que, en palabras del autor, funciona como un reverso oscuro del recién llegado. La música suena mucho más accesible y, aunque recupera esa positividad de los dos primeros trabajos (el EP Sun Giant y el disco homónimo, ambos de 2008), poniéndolos en perspectiva el aura folk se diluye en ¿favor? de otras tesituras con un espíritu más llano, pese a que, como veremos, todo sigue teniendo su miga. 

Una de las cosas que más me han llamado la atención (y he agradecido) es el comunicado con el que Pecknold ha acompañado el estreno, poniendo sobre la mesa con una extensa explicación el proceso de concepción, elaboración y experiencias o sensaciones que han dado forma al álbum. Absolutamente todo lo que ocurre alrededor de los artistas a la hora de elaborar un trabajo influye en el resultado, incluso cuando éste parece estar terminado y sólo queda darle soporte; y esa es la tesis que se desprende en sus palabras. Un disco que empezó a fraguarse en septiembre de 2018, pero que no comenzó a grabarse hasta un año después, en el Long Pond Studio de Aaron Dressner (The National), con varios arreglos posteriores en St. Germain (Francia) y el mítico Electro-Vox de Los Ángeles. También es importante tener en cuenta que la mayoría de las letras llegaron en junio de este año, cuando Robin comenzó a viajar solo en su coche por el estado de Nueva York, buscando inspiración tras el bloqueo del mundo por culpa de la crisis sanitaria del coronavirus. 

Finalmente, el álbum terminó de coger forma en Nueva York, y fue lanzado a las masas por sorpresa, bajo el mantra de ser “un alivio, como una orilla para el que ha sido preso de la corriente”. También apuntó que se trata de una celebración de la vida frente a la muerte, y un homenaje a sus héroes musicales perdidos. En definitiva, 15 canciones en 55 minutos producto de un largo recorrido bañado de multitud de sensaciones con las que muchos podemos sentirnos identificados por imperativo global. Vamos allá.

Fotografía: Emily Johnston

El disco más accesible de Fleet Foxes

La música suena mucho más accesible y, aunque recupera esa positividad de los dos primeros trabajos (el EP Sun Giant y el disco homónimo), poniéndolos en perspectiva el aura folk se diluye en ¿favor? de otras tesituras con un espíritu más llano, pese a que todo sigue teniendo su miga.

Wading In Waist-High Water” abre el trabajo de forma tan visual y sensitiva como su propio título. Con rasgueos de guitarra al son de la disertación, igual que las ondas que se dejan al vadear por agua en calma, la canción rezuma tranquilidad, protagonizada vocalmente por Uwade Akhere, una estudiante de Oxford cuya voz enamoró a Robin, y con la que grabaron varias canciones en Francia. No tarda mucho el álbum en mostrarnos sus cartas, y las novedades con respecto al material anterior de los zorros.

En “Sunblind”, la cadencia tanto de las estrofas como del estribillo nos remite a grupos más pop, alejados de los Fleet Foxes primigenios. Ya en esta segunda canción, según el propio Pecknold, nos encontramos con la pieza central del álbum, esa que sintetiza tanto el sonido como el discurso principales. Se trata de un homenaje a sus ídolos musicales ya difuntos pero no olvidados, y se acompaña del gran Kevin Morby para dar empaque al apartado vocal.

Es bastante clave la inclusión de “Can I Believe You” (importante la ausencia de interrogación en el título) como tercera canción del LP. Ya no sólo por dar continuidad de forma bastante explícita al sonido de “Sunblind”, sino porque es el gran tema del disco, y elimina toda posible reticencia purista al cambio artístico desde el principio. La que fue la primera composición para el disco se centra en la confianza mutua dentro de la pareja, en ese riesgo y suspicacias inevitables, y lo cuenta mediante una interesante estructura musical. A la dificultad de asignar roles a las diferentes partes vocales, se le suma un enrevesado juego de acordes y ritmo (ojo en la salida del supuesto estribillo, tras los cuatro redobles de batería) que, por otra parte, enriquece y hace atractiva la pieza. Otra curiosidad que tiene la canción es que los coros fueron producidos con las voces de 400 seguidores de Instagram, a los que la banda instó a formar armonías vocales a través de la red social.

El riesgo se concentra en pequeñas (y acertadas) pinceladas

15 canciones en 55 minutos producto de un largo recorrido bañado de multitud de sensaciones con las que muchos podemos sentirnos identificados por imperativo global.

Jara” recupera en cierto modo el sonido folk añejo, para volver a rendir homenaje, esta vez a conocidos de Robin que han dedicado muchos años de su vida al activismo político. La canción toma su título del cantautor chileno Víctor Jara, torturado y asesinado por las fuerzas armadas de Pinochet tras el Golpe de Estado al gobierno de Salvador Allende. La figura ilustra perfectamente la persecución de la cultura, y el peligro que supone para aquellos intereses que pretenden subyugar y dominar mediante la ignorancia del oprimido. “Featherweight” es una reflexión sobre el paso del tiempo, y sobre qué cosas debemos recordar y de cuáles nos debemos desprender. Llama la atención el uso del piano, aportando la densidad necesaria al mensaje.

Con “A Long Way Past The Past” parece que volvemos a 2008 de nuevo. Una ausencia de artificios combinada con las armonías vocales de siempre marcan en una breve pieza el ecuador del álbum. Otra historia es “For A Week Or Two” que, pese a conservar las voces múltiples, echa el freno de mano para detener el tiempo y liberarnos de excesos en la producción. Pese a ello, la sensación de solemnidad que logran mediante otra vezel piano y unos tenues sintetizadores, es digna de admirar. “Maestranza” recupera la energía y vuelve al pop, con el extra de una guitarra eléctrica bien utilizada en un contexto tan arriesgado como sigue siendo un disco de Fleet Foxes.

La tesis principal de “Young Man’s Game”, que básicamente es que “ir de listo es un juego de jóvenes”, nos deja otro mensaje clave en la segunda parte del disco sobre lo que supone de diferente el abordaje de la vida a través del prisma que nos ofrece el álbum. Y, personalmente, “I’m Not My Season” me parece una de las cimas de Shore. El espíritu de Simon & Garfunkel, familiar, casi navideño, encoje el corazón; y hace que uno baje la guardia emocionalmente, mientras se nos relata esa dolorosa verdad de no poder estar siempre “en la misma estación” que la persona a la que queremos, o hemos querido. La cadencia rítmica de “Quiet Air/Gioia” me remitió inevitablemente a “Minnesota, WI” de Bon Iver, y el ambiente sónico a los Radiohead más líquidos de A Moon Shaped Pool, perfecta combinación para añadir un inquietante punto extra con el que enriquecer el álbum.

Un regalo para los oídos, sin duda

No podíamos encontrar una mejor reflexión que la que hace el propio Pecknold al principio del comunicado de presentación: “No necesitamos música para vivir, pero no podría imaginar mi vida sin ella”.

Going-to-the-Sun Road” tampoco tiene mucho que aportar llegados a este punto, más allá de la participación en portugués de Tim Bernardes; al igual que “Thymia”, una pieza leve como el ser, que realmente sirve de encabezado a “Cradling Mother, Cradling Woman”. La canción más larga del disco nace de un riff de acústica, y se construye en torno a un sample de Brian Wilson, en concreto de la mítica canción de los Beach Boys “Don’t Talk (Put Your Head on My Shoulder)”.

El álbum cierra con (algo bastante frecuente en los últimos años) la canción homónima al trabajo. “Shore” recuerda también al último disco de Radiohead, con ese piano lejano y de compás esquivo, que sirve de esqueleto a una delicada letra que nos lleva tranquilamente hasta la orilla. El epílogo es un último acto de gratitud global al entorno humano que ha formado parte, de una forma o de otra, a la felicidad y construcción de Robin como artista y como persona; y una celebración de la importancia de estar vivo y de dedicarse a la pasión de su vida. Y es que no se me ocurre mejor cierre para este texto, más aún en los tiempos que corren, que la propia reflexión que hace Pecknold al principio del comunicado de presentación: “No necesitamos música para vivir, pero no podría imaginar mi vida sin ella”.

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