Sufjan Stevens

Sufjan Stevens –
The Ascension

En The Ascension, Sufjan Stevens vuelve a las coordenadas electrónicas que ya nos encontramos en aquel The Age of Adz hace diez años. No obstante, si aquel álbum nos dejaba sin aliento y con ganas de más fantasía, aquí las ganas son de que sus aventuras por estos parajes acaben cuanto antes.

Sufjan Stevens pertenece a esa caterva de artistas y grupos que siempre, independientemente de lo que publiquen, son reivindicados y esperamos cada nuevo trabajo como maná caído del cielo. A esta lista se podrían sumar Bon Iver, Frank Ocean, Fleet Foxes o Arcade Fire; no es cool decir que su último disco no te ha gustado y, de estrenar un álbum más flojo que los anteriores, siempre habrá quienes se basen en una retórica vacua para defenderlos. Yo mismo lo he hecho y Pitchfork suele tener preparada la plantilla con el “Best New Music” para darle al botón de publicar en cuanto aparece el álbum en las plataformas de streaming. No obstante, a veces hay que dar un paso atrás y plantearse el orden establecido: ¿realmente me gusta o me siento obligado a que me guste?

El traje nuevo del emperador

En The Ascension no hay felicidad y muy poca esperanza. Se respira rabia, dolor y, sobre todo, mucho pesar. No había otra opción a nivel sonoro que apostar por un trabajo lleno de una electrónica algo abrasiva, con el downtempo y el IDM como representación de la confusión que estamos viviendo.

Lo voy a escribir ya: The Ascension es un claro caso de traje nuevo del emperador. Nos tiene que gustar porque es Sufjan. El puto Sufjan Stevens. Si no te gusta no tienes ni puta idea. O eres un insensible. ¿Cómo no te va a gustar un álbum que ha sido adelantado por un single de doce minutos y una cara B de diez? ¿Cómo decir que no al primer álbum que nos ofrece tras esa joya que fue Carrie & Lowell ? ¿Cómo no van a tener razón todas las personas que lo han erigido como semidiós del avant-pop/folk?

Tal vez me haya puesto demasiado dramático, pero seamos sinceros: las alarmas se dispararon en cuanto Sufjan estrenó “America”. Cuando empezamos a adentrarnos en sus doce minutos de duración todos esperábamos un quiebro, un éxtasis que, aunque no superara aquella obra cumbre que fue “Impossible Soul”, estuviera a su nivel. Por el contrario, nos encontramos una exploración electrónica que, si bien nos maravilló, no terminaba de llegar a ningún sitio.

Fotografía: Press

El mal que asola el mundo

Sufjan abandona cualquier ejercicio introspectivo para hablar del mundo que le rodea. ¿Y qué ve Sufjan? El mal. Estados Unidos (y el mundo en general) está sumido en una crisis humana y política. Todo está abocado al desastre y sólo nos tenemos los unos a los otros.

Ahora es cuando se alzan las voces para defender esta composición y el álbum al completo diciendo, tal vez, lo siguiente: “America”, además de presentarnos la paleta estilística del álbum (alejada del folk intimista de Carrie & Lowell para recoger el testigo de The Age of Adz), servía para esbozar el concepto lírico del álbum: en The Ascension, Sufjan deja de ilustrar su pesar individual con esas historias ambientadas aquí y allá (Michigan, Illinois…) para hablar del colectivo desde un prisma más generalista y crítico. Tal y como hizo Bon Iver en 22, A Million (2016) y en i,i (2019), Sufjan abandona cualquier ejercicio introspectivo para hablar del mundo que le rodea.

¿Y qué ve Sufjan? El mal. Estados Unidos (y el mundo en general) está sumido en una crisis humana y política. Todo está abocado al desastre y sólo nos tenemos los unos a los otros. Los pequeños placeres se tornan utopías, y ahí tenemos a Sufjan entonando proclamas como “I just want to die happy”, “I wanna love you”, “Tell me you love me” y un largo etcétera. Cosas sencillas, pero que se antojan prácticamente imposibles en los tiempos que corren.

Esta situación ha provocado que Sufjan experimente una crisis de fe importante, quizá otro de los pilares del álbum, pues gran parte del mismo se sustenta en la duda y negación de cualquier deidad para terminar por alzarse a sí mismo (y a cualquier ser humano) como un Dios. ¿Muestra de egolatría por parte de Sufjan? Tal vez no, pero quedémonos con ese detalle porque quizá nos ayude a justificar los motivos que le han llevado a firmar esta obra.

Es esta crisis de fe y el hecho de verse abocado a apoyarse en los demás lo que va a protagonizar las letras y el apartado musical de The Ascension. No hay felicidad y muy poca esperanza. Se respira rabia, dolor y, sobre todo, mucho pesar. No había otra opción a nivel sonoro que apostar por un trabajo lleno de una electrónica algo abrasiva, que nos ahoga en cada quiebro. El downtempo y el IDM como representación de la confusión que estamos viviendo. Ahora bien, todo tiene un límite.

Fotografía: Press

Abandonar la individualidad para abrazar lo colectivo

En The Ascension, Sufjan Stevens deja de ilustrar su pesar individual con esas historias ambientadas aquí y allá (Michigan, Illinois…) para hablar del colectivo desde un prisma más generalista y crítico.

Sufjan se enfrentó a la composición de su octavo álbum de estudio desde la pesadumbre y grabándolo en su casa. Le habían echado de su casa/estudio y, en su nueva localización, comenzó a tejer el entramado musical de todo este The Ascension. Que no contara con sus instrumentos o su puesto habitual de trabajo no implica que nos encontremos con un trabajo lo-fi, pero sí fundamentalmente electrónico: hay sintetizadores, cajas de ritmos y un buen trabajo de producción que nos remite con facilidad al Kid A de Radiohead o a los experimentos de Big Red Machine.

Sin embargo, no cuenta con la épica de aquel The Age of Adz. La comparación duele, pero es innegable que The Ascension se queda un peldaño por debajo a pesar de los numerosos intentos (en vano) por superarlo. Y es innegable que Sufjan lo sabe, pero aun así lo sigue intentando una y otra vez. Este álbum peca de anhelar demasiado la épica de The Age of Adz o del Planetarium y no rendirse nunca. Ese delirio de grandeza le sienta bien al primer tramo del álbum, con Make Me An Offer I Cannot Refuse”, “Run Away With Me” y “Video Game” (uno de los grandes singles de la placa). A partir de ahí, sin embargo, el álbum se queda en un intento tras otro de intentar alcanzar glorias pasadas sin conseguirlo.

En busca de viejas glorias

The Ascension no es un mal álbum, pero no es lo que esperábamos de alguien como Sufjan. Es un álbum raro, a medio camino de todo: no cuenta con la sensibilidad de su vena más folklore, no es tan experimental como Enjoy Your Rabbit, no resulta tan entretenido como The Age of Adz ni tan épico y aventurero como Planetarium.

A lo largo de una hora encontramos a Sufjan Stevens desarrollando una y otra vez la misma idea a la espera de alcanzar la magia de The Age of Adz. Hay ocasiones en que la roza con los dedos, como en el éxtasis final deTell Me You Love Me”, la guitarra del quiebro medio en “Landslide” o con “Sugar”, que a pesar de su excesiva duración es un importante highlight de The Ascension.

Sin embargo, el resto de temas es un constante quiero y no puedo, repitiendo la misma idea y esperando que en algún momento cuaje. No me malinterpretéis: a nivel sonoro estas composiciones suenan de escándalo. Por desgracia, todo el tramo medio de The Ascension demuestra que una buena producción no salva canciones inexistentes como Gilgamesh” o “Death Star”.

Para experimentar algo parecido a la gloria de antaño tenemos que pasar una hora dentro de esta ascensión y llegar al tema homónimo (“The Ascension”). Aquí Sufjan vuelve a hacer lo que mejor sabe: canciones preciosistas que nos sacuden el alma y con cuya letra parece redimirse de todo lo que nos ha presentado anteriormente:

“I shouldn’t have looked for revelation
I should have resigned myself to this to know the truth at last
That everything comes from consummation
And everything comes with consequence”

Asumir las consecuencias

Se dice que lo poco agrada y lo mucho cansa. Una hora y media de una fórmula repetida ad infinitum y disparos al aire no es excepción. Esperemos que se trate de un pequeño bache en una trayectoria impecable y vuelva con más fuerzas que nunca en su próxima referencia.

Al final, Sufjan no debería haber jugado a ser Dios. Todo tiene consecuencias: desde nuestras acciones individuales en el colectivo hasta ser incapaz de pasar página en una carrera artística. Sufjan Stevens ha pasado demasiado tiempo mirando hacia atrás en lugar de plantearse un nuevo futuro. No ha sabido conjugar del todo las experiencias pasadas y este es el resultado. Hubo un momento, sin embargo, donde todo parecía apuntar a un álbum perfecto, un trabajo donde todas sus facetas entrarían en comunión: “My Rajneesh”. Ahí se congregó la delicadeza folk de Carrie & Lowell (normal, pues este tema se concibió en esa etapa), se introdujeron samples y detalles de The Age of Adz y, a nivel lírico, plasmaba su particular imaginario religioso y dramático. Pura esencia Stevens, pero con nuevas y deliciosas ambiciones artísticas.

Sin embargo, esta composición se quedó fuera del álbum y Sufjan optó por el camino tan irregular de The Ascension, en cierta medida ejerciendo como esa figura que mata a sus ídolos y se convierte en su propia deidad y religión. Ahora, como dice en la canción que da título a este álbum, le toca asumir las consecuencias de sus delirios de grandeza.

The Ascension no es un mal álbum, pero no es lo que esperábamos de alguien como Sufjan. Es un álbum raro, a medio camino de todo: no cuenta con la sensibilidad de su vena más folklore, no es tan experimental como Enjoy Your Rabbit, no resulta tan entretenido como The Age of Adz ni tan épico y aventurero como Planetarium. Se dice que lo poco agrada y lo mucho cansa. Desde luego, hora y media de una fórmula repetida ad infinitum y disparos al aire no es ninguna excepción. Esperemos que se trate de un pequeño bache en una trayectoria impecable y vuelva con más fuerzas que nunca en su próxima referencia.

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