Bright Eyes

Bright Eyes –
Down in the Weeds, Where the World Once Was

El grupo de indie-folk tristón por excelencia, Bright Eyes, regresan nueve años después de su última referencia con un trabajo en el que afrontan la vida con todos sus grises, dejando un buen puñado de canciones que hacen mella gracias a sus memorables melodías y sus destacables arreglos. La banda de Conor Oberst se muestra plenamente consciente de su situación y nos entrega un trabajo de los que saben hacerse un hueco en el corazón.

Supongo que mantenerse fiel sin caer en la autoparodia es algo más complicado de lo que uno puede llegar a pensar en primera instancia conforme pasan los años y tus recursos empiezan a agotarse y a estar cada vez más trillados. Es habitual que muchas bandas decidan darse un tiempo e incluso separarse en circunstancias así, cuando el sentimiento de que ya no hay nada más que ofrecer lo invade todo. Pero a veces la chispa se vuelve a encender.

Aceptar el presente sin olvidar de dónde venimos

El nuevo trabajo de Bright Eyes lidia mucho con la pérdida de un ser querido, tanto en un sentido más metafórico (la pérdida de una pareja tras un divorcio), como en uno más literal (el fallecimiento de un familiar).

Durante los últimos años, Conor Oberst se ha embarcado en diversos proyectos intentando no caer en la autocomplacencia, lanzando un puñado de discos en solitario como el aclamado Ruminations (2016), resucitando una de sus antiguas bandas, Desaparecidos, o iniciando una nueva con Phoebe Bridgers. Ahora, nueve años después desde su última referencia, el músico de New England retoma su proyecto principal, Bright Eyes, para volver a esas canciones tristes que conquistaron a una generación de artistas que han seguido la estela del indie-folk. Down in the Weeds, Where the World Once Was (2020) es un intento de reencontrarse consigo mismos, pero sin volver al ‘yo’ de hace una década.

Es lógico que los Bright Eyes de 2020 no sean exactamente la misma banda que eran en 2011. Sus tres miembros han pasado por sucesos complicados y, aunque tanto ellos como su trabajo miran con optimismo al futuro, no olvidan qué les ha llevado hasta donde están ni quieren renegar del paso del tiempo y de hacerse mayor. En ese sentido, es un disco que lidia mucho con la pérdida de un ser querido, tanto en un sentido más metafórico (la pérdida de una pareja tras un divorcio), como en uno más literal (el fallecimiento de un familiar).

Fotografía: Shawn Brackbill

En la pluralidad está la victoria

Si antes la banda acostumbraba a adornar y sacar brillo a las canciones que Conor Oberst traía al estudio, esta vez todos han aportado temas e ideas desde cero, incluso reimaginando las piezas que Conor ya tenía compuestas.

También es su disco más colaborativo. Si antes la banda acostumbraba a adornar y sacar brillo a las canciones que Conor Oberst traía al estudio, esta vez todos han aportado temas e ideas desde cero, incluso reimaginando las piezas que Conor ya tenía compuestas. Pero, además de eso, también han contado con la participación de figuras tan singulares como Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers, y Jon Theodore, batería de Queens of the Stone Age (de quien Conor era un gran fan por su participación en el primer disco de The Mars Volta), sin olvidarnos de Susan Sanchez, Andy LeMaster y Jesca Hoop a las voces, entre otros muchos músicos que han aportado su grano de arena.

Y aunque algunas de estas colaboraciones suenan extrañas en un grupo como Bright Eyes, lo cierto es que el disco no puede sonar más a ellos, con una riqueza a nivel instrumental y de arreglos que aportan variedad y consiguen sorprender y hacernos mantener el interés, utilizando desde coros orquestales en “To Death’s Heart (In Three Parts)” hasta instrumentos de cuerda en “Stairwell Song” u otros más folk como el banjo en “Dance And Sing” o la gaita en “Persona Non Grata”.

Decía Phoebe Bridgers que algo que le gusta mucho de Conor Oberst es que nunca tiene miedo de probar cosas nuevas ni se niega a las ideas que aportan los demás, y aquí se nota en cosas como esa sección de percusión tan recargada en “Mariana Trench”, la cual a priori podría parecer totalmente descabellada en un grupo de indie-folk y que sin embargo encaja a la perfección, conjugando con una melodía que la convierten en uno de los puntos álgidos del álbum.

Experimentación con cabeza

Bright Eyes no tienen miedo de llevar un paso más allá su sonido, de aventurarse y salir fuera de su refugio, y aunque en ocasiones se les va la mano un poco, la grandísima mayoría de veces aciertan de pleno.

Los juegos de voces también son comunes y ayudan a sumar al conjunto, tanto por la diversidad de voces como por el propio Conor evitando cantar el 100% del tiempo con su ya característico estilo, e incluso manipulando su voz como al final de “One And Done”, acelerándola cada vez más para aumentar esa sensación de clímax y de catarsis. Es cierto que a veces el grupo se llega a exceder con las ideas y las ganas de meter cosas por todas partes, como esa intro de “Pageturners Rag” que no deja de ser una curiosidad que seguramente pasada la primera escucha la mayoría se saltarán.

En general es un disco que, personalmente, me recuerda un montón al Summerteeth (1999) de Wilco, a la época en la que Jeff Tweedy primaba la experimentación por encima de la complacencia con todo lo que ello conllevaba, siendo este un trabajo que tanto en espíritu como en forma incluso se me hace similar en más de una ocasión. Y, si no, prestadle atención a “Dance And Sing” y decidme que no se asemeja a “She’s A Jar” y que no parece que en cualquier momento se va a marcar un solo de armónica.

Canciones para lamentar y celebrar la vida

Bright Eyes siempre han sido (y queremos que sigan siendo) un grupo que entiende el ahora y que nos ofrecen canciones a las que aferrarnos, tanto cuando necesitamos un respiro como cuando queremos celebrar la vida.

Esto no es una comparativa para hacer sangre, sino todo lo contrario. Summerteeth (1999) fue un trabajo que tiró a muchos palos, a veces demasiados, pero que acertó en su gran mayoría, lo que más tarde les permitió hacer la obra maestra que fue Yankee Hotel Foxtrot (2002). Aquí veo un caso muy similar. Bright Eyes no tienen miedo de llevar un paso más allá su sonido, de aventurarse y salir fuera de su refugio, y aunque en ocasiones se les va la mano un poco (canciones como “Tilt-A-Whirl” intentan crear un drama que se siente un pelín forzado), la grandísima mayoría de veces aciertan de pleno. 

Hay muchas grandes canciones a las que aferrarse aquí, especialmente en la recta final, pasada esa minimalista “Hot Car In The Sun” tan ambiental. Desde “Forced Convalescence” hasta “Comet Song” el grupo no suelta el pedal de intensidad ni un solo segundo, coincidiendo con el tramo más pop y más optimista, como una recompensa tras superar los baches con los que la vida te hace tropezar continuamente. Y al final eso es lo que importa, porque eso es lo que han sido Bright Eyes siempre, y eso es lo que queremos que siga siendo: un grupo que entienda el ahora y que nos siga ofreciendo canciones a las que aferrarnos, tanto cuando necesitemos un respiro como cuando queramos celebrar la vida.

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