The Killers

The Killers –
Imploding the Mirage

Lo que tiene juntarse con gente adecuada y coger la tarea con ganas. The Killers han logrado recuperar la luminosidad y la gracia al otro lado de la fina línea que llevaba unos añitos separando lo hortera de la nada. Buen trabajo de los de Brandon Flowers, que nos han regalado (¡por fin!) un disco a la altura de sus primeros coletazos, incorporando novedades efectivas y bien ensambladas con las que han puesto en funcionamiento de nuevo la fábrica de hits que siempre llevaron de serie.

Una década, que se dice pronto, es el tiempo que tardaron The Killers en consumir las esperanzas de aquellos que gastamos demasiadas energías confiando en las grandes bandas de estadio de los primeros 2000. Pero nada, junto a ellos, los Coldplay, Muse, Kings of Leon, Mumford & Sons… terminaron pactando un suicidio artístico (ya me diréis) que, salvo alguna excepción muy específica, les ha desbancado como referentes en el espectro rock, a la espera de noticias ilusionantes.

Por supuesto, dentro de este grupete, The Killers, al igual que el resto, nacieron con una fuerte identidad sonora y artística que les diferenciaba, pero a causa de los virajes varios de la industria musical en los últimos años se pusieron nerviosos e improvisaron una reinvención que se llevó por delante esa marca personal. Los de Las Vegas abrazaron el campanilleo, creando una versión progresiva, hiperbólica y excesivamente aderezada del sonido new wave guitarrero con el que habían llegado al mundo; el resto ya es historia de dominio popular. Esas texturas electrónicas bailables que empezaron a intuirse en Day & Age (2008) se materializaron en Battle Born (2012) y Wonderful, Wonderful (2017), con ciertas salvedades cutres de querer conservar algún eco del pasado. En definitiva, pocos discos para tan amplia franja temporal, y mucha menos música rescatable.

Enterrar leyendas, mal asunto

Imploding the Mirage (2020) no va a cambiar la historia de la música ni va a competir con las grandes figuras del momento, pero es indudable que se trata del primer disco digno en mucho tiempo de unos fijos en lo alto de carteles, radios y listas de streaming.

Es lógico que, llegados a 2020, con tanto ‘boom’ heroico y esperanzador en el género, el anuncio de un nuevo disco de estos señores, con sus correspondientes singles, cuchicheos y spam mediático nos importe más bien poco… pero la enfermedad es la enfermedad, y un síntoma incurable de ésta es el picor que genera siempre la posibilidad de que uno de esos viejos titanes despierte. Así que aquí estoy, escribiendo la reseña del disco con el que The Killers, presumiblemente, van a volver a petarlo.

Seamos cautos con esto: Imploding the Mirage (2020) no va a cambiar la historia de la música ni va a competir con las grandes figuras del momento, pero es indudable que se trata del primer disco digno en mucho tiempo de unos fijos en lo alto de carteles, radios y listas de streaming, por lo que el acontecimiento tiene su relevancia. Se lo han trabajado, cosa imprescindible para lograr este resultado (no todo va a ser el nombre), y para ello se han rodeado de gente que revitalizase su sonido, jugando con los mismos elementos, pero adaptándolos a los tiempos que corren. En el estudio se han juntado los productores Shawn Everett (Alabama Shakes, The Voidz) y Jonathan Rado, de Foxygen; Adam Granduciel, de The War on Drugs, aportando guitarras; y las colaboraciones en distintas canciones de gente como Lindsey Buckingham (Fleetwood Mac), k.d. lang o Weyes Blood. Casi nada.

Mezclamos, agitamos y batimos todo eso, contando con los elementos básicos de nuestros protagonistas que todos conocemos, y os podéis hacer una idea de lo que vamos a encontrar. Sin olvidar el loudismo y la producción mastodóntica, por supuesto; todo suena como si fuese el final de El Rey León.

Fotografía: Olivia Bee

Dando con la tecla tras más de diez años perdidos

La tónica general del disco se configura a partir de un estribillo efectivo a modo de gancho, un halo constante de épica cinematográfica y una estética ochentera muy marcada que les ha permitido dar empaque al conjunto sin perder flexibilidad.

Tampoco hace falta ahondar mucho más tras escuchar My Own Soul’s Warning, la verdad, para confirmar lo que hemos venido a corroborar. Un verdadero cañonazo para inaugurar este regreso que, bueno, no nos devuelve a los orígenes, pero sí que remite a aquel “Human” que metió a Brandon Flowers y los suyos absolutamente en cada casa de este planeta. Rotura épica al inicio, un riff que se te mete en el tuétano, letra evocadora y grandilocuente… es imposible que alguien no compre esto. La tónica descrita se va a mantener durante el resto del disco, básicamente yendo al grano con un estribillo efectivo a modo de gancho, un halo constante de épica cinematográfica y una estética ochentera muy marcada que les ha permitido dar empaque al conjunto sin perder flexibilidad para bajar el ritmo, agitarlo para bailar, o reventar escenario y pucheros inducidos. 

Blowback sigue la línea conceptual de la toma de decisiones iniciada en la intro, pero con cierta reivindicación feminista, invitando a las mujeres a seguir su camino e instando a los demás a que dejen que lo hagan, todo ello con un tono afable y motivador. En Dying Breed, el inicio con toques industriales pronto da paso a una cadencia que nos lleva claramente a Bruce Springsteen y, por ende, a The War on Drugs.

Sin perder comba a este respecto se sitúa Caution, otro pedazo de single directo al corazón de los fans. Como primer adelanto, sintetiza todos los elementos que reúne este nuevo trabajo: ecos de rock ochentero, luminosidad pop, estribillo pegadizo y subidón final entre coros. La frase “To live your whole life on a might’ve been” resume a la perfección el espíritu del álbum, un cliché sobre triunfar en el amor y en la vida siendo valiente y sumando fuerzas; ese libro de autoayuda que funciona más por la maquetación que por el manido mensaje de siempre.

Un disco para disfrutarlo y dejarse llevar

Se lo han trabajado, cosa imprescindible para lograr este resultado (no todo va a ser el nombre), y para ello se han rodeado de gente que revitalizase su sonido, jugando con los mismos elementos, pero adaptándolos a los tiempos que corren.

Para Lightning Fields”, Flowers cuenta con la cantante country k.d. lang como pareja al frente de un tema que profundiza aún más en esos sonidos de los ochenta al son de unas palmas y giros inquietantes en la melodía. A su vez, el que fuera segundo single, “Fire in Bone”, explora un territorio más bailable, con un riff de bajo que trae a la cabeza el “Blood on the Dance Floor” de Michael Jackson. Efectivo el asunto de tratar la soledad para abordar la canción más rítmica del disco. Con “Running Towards a Place” continúan para bingo, remitiéndonos a los primeros discos de Bon Jovi o, evidentemente, a “Holding On” de The War on Drugs, con las guitarras bien filtraditas de Granduciel y los sintetizadores a lo Stranger Things a la salida de los estribillos.

Uno de los mejores momentos del disco llega con “My God”. El tema no tendría mayor trascendencia –continúa con la estela celestial de coros y estribillo poderoso al compás– de no ser por la aparición estelar de Weyes Blood, que deja en este tema una parte en solitario al final para enviarla al espacio en una sonda. También conviene destacar “When The Dreams Run Dry”, que, en otra tesitura algo diferente a la línea pop y directa del disco, logra cierta solemnidad bajando el ritmo y acentuando los tiempos, pese a no decaer la energía vocal de Brandon. Nada como llegar al final con el mensaje de que si existe amor todo se puede, y que aunque uno se vaya a tomar por culo, merece la pena si es con unos buenos corazos épicos acompañando.

Cerramos capítulo con la homónima “Imploding the Mirage”, limpiándonos los berretes de las comisuras de la boca gracias a una historia e instrumentación blancas en exceso, a modo de metáfora final. Para ello regresa a los orígenes de la relación amorosa que ha hecho girar los engranajes durante todo el viaje, recordando que los inicios siempre son difíciles, pero que la inevitable lucha contra el mar de dudas merece la pena si uno tiene claro que lo que hay al otro lado es claramente lo que se busca. No vamos a pedir mucho más cuando ya hemos disfrutado bastante durante cuarenta y dos minutos sin esperar demasiado. Están de vuelta, y eso basta para sonreír sabiendo que les veremos por ahí con ganas cuando esta maldita pandemia nos lo permita.

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