Taylor Swift

Taylor Swift –
folklore

Taylor Swift da un volantazo con folklore. Abandona el pop bombástico con el cual nos ha amenizado la última década para decantarse por sonoridades intimistas, más cercanas a la folktrónica. Las melodías se muestran más vanguardistas para la artista, pero las historias y la sensibilidad pop de Taylor siguen presentes en este magnífico esfuerzo.

Es innegable, y basta echar un vistazo a nuestro alrededor, que el coronavirus ha afectado sobremanera al mundo de la cultura (centrémonos en este aspecto, pues es el que nos atañe). Conciertos y giras canceladas, lanzamientos de álbumes que no terminan de despegar… Por mucho que se intentara paliar la situación con conciertos por streaming, esto no dejaba de ser un parche para un problema que no presenta solución a corto plazo. El público se entretenía en su casa, pero el artista apenas sacaba provecho de ello. Y visto que la vuelta a la normalidad es aún incierta, solo quedaba una solución: aprovechar este tiempo para crear nueva música. Tal y como ha hecho Taylor Swift.

Se rompe el ciclo del artista pop

Grabado en secreto (en contraposición al espectáculo mediático que generó el how i’m feeling now de Charli XCX, también creado en cuarentena) surge folklore, un trabajo que se aleja del pop bombástico en favor de un folk vanguardista.

Swift lanzó su estupendo Lover el año pasado, un trabajo en el que abrazaba el pop luminoso y donde parecía encontrar paz consigo misma y sus circunstancias. Dejaba atrás la rebeldía de reputation para traer de vuelta un pop vitalista, lleno de entusiasmo y en consonancia con la época que estaba viviendo. Pero, al igual que todos los artistas del mundo, tuvo que cancelar y posponer los conciertos previstos de esta gira. Se rompía, así, el ciclo al que se enfrenta todo artista de primera plana del pop (composición-grabación-tour y vuelta a empezar). ¿Qué hacer cuando cambia tu vida; una que llevas viviendo más de una década?

Lejos de dejarse amedrentar, Taylor Swift ha hecho lo que mejor sabe hacer: canciones. Pero, teniendo en cuenta lo inusual de este 2020, el acercamiento a su nuevo álbum también ha sido extraño. Grabado en secreto (en contraposición al espectáculo mediático que generó el how i’m feeling now de Charli XCX, también creado en cuarentena) surge folklore, un trabajo que se aleja del pop bombástico en favor de un folk vanguardista. ¿Cómo lo consigue? Gracias a un nombre que jamás esperábamos ver en un hit de las listas americanas de pop: Aaron Dessner, miembro de The National.

Fotografía: Beth Garrabrant

Qué hacer cuando no hay nada que hacer

folklore, un álbum más bajo en revoluciones, más ambiental e incluso más experimental, marca un punto y aparte en la carrera de Taylor Swift.

El origen de este affaire compositivo entre Swift y Dessner se puede rastrear fácilmente. Por un lado, Swift ha demostrado ser fan de The National (en una entrevista con Pitchfork, Dessner comenta las veces en las que ha ido a verles en directo), así que cuando Taylor ha tenido la posibilidad de grabar algo, aunque fuera desde la distancia (Dessner se encontraba en su estudio durante el confinamiento, aquel que pudimos ver en la portada del Sleep Well Beast), no ha podido resistirse.

La otra razón con la que se podría justificar un trabajo como folklore —más bajo en revoluciones, más ambiental e incluso más experimental– reside en el contexto en el que se ha gestado. Taylor Swift podría haber apostado por una estrategia similar a la de Charli XCX y amenizar estos tiempos oscuros con música festiva y proclive a ser presentada en futuros festivales. Pero, ¿cuándo llegará ese futuro? ¿Cuándo podrá volver a los escenarios una artista de este nivel? Mejor aprovechar que el ciclo de la artista pop se ha roto para manufacturar un trabajo que se sale por la tangente y que, de haber seguido 2020 con total naturalidad, no existiría. Quiero decir, Taylor Swift es amada por sus fans y la respuesta de este folklore ha sido espectacular, pero, en una gira por los grandes festivales y estadios del mundo, ¿tendría cabida una disco como éste? En absoluto.

Fotografía: Beth Garrabrant

Avant-folk e intimismo melódico con letras 100% Taylor Swift

folklore suena fresco y novedoso para ser un disco pop, ya no sólo porque Dessner la haya podido acercar a las coordenadas de The National, sino porque parece que introduce a Swift en aquella congregación llamada Big Red Machine.

Adentrémonos en el sonido del folklore de Taylor Swift. Este trabajo supone un punto y aparte en la carrera de la artista. A lo largo de estos años hemos sido testigos de la evolución de Taylor y cómo ha conquistado el pop en sus diferentes facetas (empezando naïve, reinventando la fusión country-pop-rock, reivindicando los ochenta, abrazando los sonidos urbanos y, más recientemente, decantándose por un cariz más maduro mientras hacía un statement sobre su persona). Ahora, con folklore, podríamos decir que ha expandido el horizonte del pop. Porque en 2020 no todo debe ser hyper-pop ni altísimas revoluciones, también hay espacio para la reflexión y los coqueteos sutiles de electrónica; basta ver la respuesta del público para dar fe de ello.

Podría decir que, en este confinamiento obligado, Taylor Swift se ha visto en su propia cabaña en mitad de Raleigh siendo folklore su forma de evadirse y hacer frente a los pensamientos corrosivos que ha podido tener durante estos duros meses. Podría decir que éste es su For Emma, Forever Ago y que por ello encontramos tanta sintonía entre melodía y lírica dolorosa en esa colaboración con Bon Iver titulada “exile”. No sé cuán cierto es todo esto que estoy diciendo, y tal vez sea una de las fantasías a las cuales parece apelar Swift a lo largo de la lírica en este álbum. Lo único que sé es que folklore suena fresco y novedoso para ser un disco pop, ya no sólo porque Dessner la haya podido acercar a las coordenadas de The National, sino porque parece que introduce a Swift en aquella congregación llamada Big Red Machine.

Recordemos: Big Red Machine es el proyecto musical que nació entre Justin Vernon y Aaron Dessner, que aglutinó a diversos colaboradores y que se consolidó con un LP en 2018 donde el desgarro vocal de Vernon entraba en perfecta comunión con los artificios electrónicos de Dessner, quien fluctuaba entre lo taimado y lo agresivo acompañándose por gran cantidad de músicos en cada canción. Sin embargo, a lo largo de las once canciones producidas por Dessner en folklore, no tenemos aquellos grandes sobresaltos ni aquella cantidad de artistas implicados. folklore es un trabajo íntimo, un trabajo que parece haber sido concebido por amigos sin muchas pretensiones (o, al menos, no tantas como las que pudiera tener Lover, Red o cualquier otro álbum de una estrella del pop). Podrían haberse pasado de rosca con la experimentación y haber imbuido a Swift con toda la potencia de Big Red Machine, pero es que no son necesarios grandes manierismos para llamar la atención, sorprender y sonar fresco. Si hay un aspecto que, sin duda, dejan patente a lo largo del álbum es que menos es más.

Instrumentación pequeña y grandes canciones

Seguimos encontrando sus canciones, siguen existiendo progresiones que conquistan y, aunque las letras no traten tan directamente sobre ella sino sobre historias vividas en tercera persona y narradas con un punto de fantasía (generando, así, este “folklore”), seguimos teniendo presente su sensibilidad.

Resulta del todo interesante ver cómo esta instrumentación, en apariencia ajena a Taylor, se factura tan a su medida que al final resulta del todo natural verla en estos ambientes más experimentales. Musicalmente, folklore sorprende al preocuparse tanto por el conjunto en detrimento de los singles. De hecho y a pesar del peligro que supone jugar con una instrumentación algo lineal, Taylor sale victoriosa al conseguir añadir la magia justa aquí y allá para conectar con el oyente en los momentos clave.

Un ejemplo es “cardigan”, que ha llegado al primer escalón de Billboard con su tímido inicio y desarrollo (algo que aún sorprende a sus autores). Tampoco se quedan atrás otros temas que siguen esta línea como “the last great american dynasty”, donde se aumenta ligeramente el paso para facturar uno de mis temas favoritos de la placa, o “the 1”, una gran introducción que pone de manifiesto desde el momento cero en qué clase de coordenadas nos encontramos a lo largo del álbum.

Si bien es cierto que es un disco largo (16 temas y una hora de duración), la segunda mitad rompe con una posible monotonía gracias a su cariz más luminoso. Esto se debe a la inclusión de guitarras acústicas en temas que invocan a la Taylor más country, como esa narrativa “betty” o “invisible string”. Y, aunque en el tramo final se vuelve ligeramente a las sonoridades que escuchamos al comienzo del trabajo, Taylor sorprende con las canciones entregadas aquí; basta escuchar esa meditativa “epiphany” que hipnotiza gracias a su carácter onírico (pensad en “The Archer” de Lover pero más etérea), “peace” y su reminiscencia al i,i de Bon Iver o esa “hoax” que cierra el esfuerzo a piano creando un paralelismo con el comienzo de la placa.

El rey Midas del pop: presente y adaptándose a las circunstancias

Jack Antonoff, otro de los cerebros detrás de folklore, se adapta a las coordenadas que desea explorar Swift en este folklore: intimismo acústico y texturas atmosféricas sobre las cuales Taylor da rienda suelta a su lírica.

folklore no es únicamente fruto del esfuerzo de Swift y Dessner, ya que también encontramos a alguien encargado de aportar frescura en el tramo medio haciendo que no perdamos del todo la atención en la escucha. Hablamos de Jack Antonoff, quien ya produjo el mencionado Lover y se encuentra detrás de esa magnum opus sobre el coming of age que es el Melodrama de Lorde. En estas canciones deja atrás cualquier rastro de grandilocuencia en su sonido y se adapta a las coordenadas que desea explorar Swift en este folklore: intimismo acústico y texturas atmosféricas sobre las cuales Taylor da rienda suelta a su lírica.

La frescura llega porque Antonoff aporta el punto pop necesario a este trabajo para que no sea una segunda entrega de Big Red Machine. Sigue manteniendo el humo y el blanco y negro que protagonizan cada uno de los compases de este álbum, pero se deshace de artificios electrónicos y añade cierta luminosidad pop. Basta escuchar las canciones donde ha metido mano para dar fe de ello: “mirrorball” (otro de los highlights del álbum), “my tears ricochet”, “august”, “this is me trying”, “illicit affairs” y esa “betty” mano a mano con Dessner. Todas ellas encajan a la perfección dentro de la temática musical del álbum, pero se nota la exploración de otros derroteros.

La personalidad de Swift por encima de todo

Las aguas volverán al cauce habitual de la estrella del pop, así que aprovechemos para disfrutar de esta joya dentro de su discografía, perdámonos por los bosques e introduzcámonos en el imaginario representado a lo largo de estas canciones.

A pesar de que sea el trabajo “menos Taylor Swift” en el apartado musical (no perdamos de vista que venimos de juegos pop producidos por alquimistas del género como Max Martin), se sigue sintiendo una obra firmada por ella. Seguimos encontrando sus canciones, siguen existiendo progresiones que conquistan y, aunque las letras no traten tan directamente sobre ella sino sobre historias vividas en tercera persona y narradas con un punto de fantasía (generando, así, este “folklore”), seguimos teniendo presente la sensibilidad de la de Pensilvania. Su embrujo sigue presente, su capacidad de reinvención sigue intacta y somos capaces de admirar así como de disfrutar con su esfuerzo. De hecho, hagámoslo, porque no creo que llegue un folklore 2. Las aguas volverán al cauce habitual de la estrella del pop, así que aprovechemos para disfrutar de esta joya dentro de su discografía, perdámonos por los bosques e introduzcámonos en el imaginario representado a lo largo de estas canciones.

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