Woods

Woods –
Strange to Explain

Woods siguen siendo inagotables, pero el tiempo ha pasado también para ellos. En su duodécimo álbum, los de Brooklyn recogen los frutos de sus quince años de carrera, moviéndose sin miedo entre su instinto más experimental y su continua reinterpretación del folk. Grabado meses antes de colaborar con David Berman en ese trágico e inolvidable Purple Mountains, Strange to Explain es un álbum donde esperábamos encontrar dolor, pero acabamos encontrando esa complicada sensación de que la vida sigue.

Hay pocas bandas como Woods. No digo esto desde mi devoción por su música, sino desde mi percepción de su carrera. Pocas bandas han producido tanto manteniéndose al margen de una escena particular, aunque eso haya supuesto a veces menos reconocimiento del que merecen. Desde hace quince años, el núcleo formado por Jeremy Earl y Jarvis Taveniere se mantiene hiperactivo, fiel a su instinto de experimentar desde el lo-fi y a su visión del folk como el ritmo respiratorio de una generación aturdida. La música de los de Brooklyn conjuga esa conciencia de comuna de barrio gentrificado con la estética de la nueva sinceridad. Su historia es la de una huida hacia la amabilidad salvaje del folk, lejos de la ironía postiza del indie-rock de los dos mil, por parte de dos músicos que nunca soñaron con hacerse ricos.

Una carrera contra el tiempo

Quizá el gran logro de Woods sea la manera en la que su carrera refleja la transición entre los 25 y los 40, en especial los interludios de la treintena, cuando no sabes qué se supone que deberías estar haciendo o si has perdido algo para siempre en el último año.

Sus primeros seis álbumes, prácticamente autoproducidos, están llenos de esa energía esquizofrénica que roza la perfección en Songs of Shame (2009) y At Echo Lake (2010), donde incorporan el misticismo del rock de los setenta a su particular bedroom americana. No es tan fácil recordar el ritmo de una canción concreta en estos discos como la sensación que dejan en conjunto, una liberación del miedo al fracaso a través de la saturación de cada instante desde ese optimismo delirante. Al final, la etiqueta psych-folk nos basta para hacernos una idea del sonido que mejor ha cultivado la banda, por medio de la sinergia entre melodías acústicas y eléctricas, arreglos metálicos y un espacio reservado a la pista instrumental, que a veces se expande a lo largo de todo un tema, un puente en mitad del álbum que no es una transición, sino un momento álgido. 

La ambigüedad emocional, bien llevada por la voz risueña y melancólica de Earl, es otro distintivo distintivo de la banda. Sus letras nunca pueden sintetizarse en una emoción concreta, sino en un entramado de energías que confluyen y se transforman con los años. En este sentido, quizá el gran logro de Woods no sea su prolífica trayectoria en sí misma, sino la manera en la que esta refleja la transición entre los 25 y los 40, en especial los interludios de la treintena, cuando no sabes qué se supone que deberías estar haciendo o si has perdido algo para siempre en el último año.

Esta nueva actitud de extrañeza ante la madurez se consolida en With Light and with Love (2014), su primer álbum grabado propiamente en un estudio, donde el tándem de pistas acústicas y eléctricas gana fuerza y se integra mejor con los efectos de violín y melotrón, gracias en parte al pulso virtuoso del batería de Aaron Neveu. En su siguiente álbum, City Sun Eater in the River of Light (2016), lejos de la actitud temeraria de sus comienzos, la banda se mueve con confianza hacia un equilibrio entre sus raíces folk y las influencias en el ethio-jazz y el funk.

Fotografía: Alex Bleeker

Desde la tristeza, pero lejos de ella

Pese a su trágico desenlace, Purple Mountains tiene esa habilidad de iluminar la desolación desde fuera, manteniéndonos a salvo pero alerta, algo que tanto Berman como Woods llevaban años haciendo.

En sus siguientes trabajos, se mantuvieron en una zona de confort entre el pop adormilado y distópico de su EP Love is Love (2017) y el ambient folk desatado de Myths 003 (2018), junto a la banda sueca Dungen. Purple Mountains, publicado el año siguiente, fue un retorno a la realidad y a ese impulso de hacer música desde la tristeza. El álbum que supuso la vuelta de David Berman después de casi diez años no habría sido lo que fue sin Earl y Taveniere, que transformaron las demos originales en baladas country blues de un vitalismo deslumbrante, en sintonía con la tragicomedia existencial de sus letras. Tras el suicidio de Berman, apenas unas semanas después de su lanzamiento, el álbum sonaría para siempre como una nota de despedida. Es difícil imaginar otro final posible en algunas líneas (“the end of all wanting / is all I’ve been wanting; no way to last out here like this for long”), y sin embargo Purple Mountains tiene esa habilidad de iluminar esa desolación desde fuera, manteniéndonos a salvo pero alerta, algo que tanto Berman como Woods llevaban años haciendo, cada uno a su manera. 

Purple Mountains marcó un antes y un después para Woods, no solo en lo personal. Fue como si la tragedia hubiera inundado su imaginación, volviendo su música más oscura y vulnerable. O quizá eso solo era lo que esperábamos encontrar en su último trabajo, Strange to Explain. Cuesta creer que se grabó antes de que empezaran a trabajar con Berman. Aún así, no sería un error buscar correspondencias en las letras, que vuelven a explorar la angustia vital, aunque esta vez desde la experiencia. Al fin y al cabo, el tiempo también había pasado para ellos. Ambos se habían marchado de Brooklyn y tenían otras prioridades: en el caso de Earl, su reciente paternidad, en el de Taveniere, su trabajo como productor independiente y al frente de su sello Woodsist. Quizá por eso, su duodécimo álbum suena diferente al resto, y al mismo tiempo, es algo que solo ellos podían hacer: una síntesis del sonido de toda su carrera que apuesta por el misticismo lo-fi de sus orígenes sin perder el equilibrio y la estructura que habían conquistado en los últimos años. 

El tema de apertura, Next to You by the Sea”, nos devuelve a la atmósfera afro-psicodélica de City Sun Eater con un ritmo sincopado y las melodías de melotrón que, junto a la voz jadeante de Earl hacia el final, amplifican la vibra soñolienta del tema. Esta energía que fluye entre la nostalgia y el entusiasmo psych-pop se establece como el motor del álbum “Where Do You Go When You Dream”, que aborda el impulso de escapar de la vida doméstica aunque eso suponga un reencuentro doloroso con el pasado:

“Return to the state you were born
An old friend you left to die
A flower that your daughter holds
A new light you left inside”

Valor en el instrumental

Tanto en los puentes instrumentales a lo largo de álbum como en las brillantes “The Void” y “Weekend Wind”, Woods apuestan por la autonomía del instrumental, sosteniendo la melodía desde un breve puente noise-rock hasta la integración de voces distorsionadas.

Los cambios de ritmo a lo largo del álbum son constantes y fluidos, con una batería deslumbrante y armonías psicodélicas que a veces se superponen a la pista vocal.Before They Pass By” retoma ese mood bucólico de los primeros años, recreando un instante de contemplación y tranquilidad justo antes de la explosión que es “Can’t Get Out”, desde una entrada lo-fi de guitarras que evoluciona hacia una sintonía rock veraniega, transformando la angustia del estribillo (“can’t get back / can’t get out / can’t take a breath / can’t you leave me be”) en una rutina llevadera. Los últimos dos minutos del tema son una muestra de la apuesta que hace Woods, a lo largo de este álbum, por la autonomía del instrumental, sosteniendo la melodía desde un breve puente noise-rock hasta la integración de voces distorsionadas. 

Recordando esa ansiedad experimental de sus comienzos, la banda incluye dos temas instrumentales que, lejos de la categoría menor de interludios, destacan sobre el resto como epicentro emocional del álbum.The Void”, justo en mitad del álbum, incorpora en apenas dos minutos influencias funk de los últimos trabajos, estructuras del flamenco y una melodía de trompetas que se precipita hacia ese final agridulce e inesperado.

Por su parte, “Weekend Wind”, el tema final, es también el más extenso y sin duda el más experimental, partiendo también desde una base funk clásica hacia un ritmo cada vez más ágil y unas guitarras atenuadas que recrean ese sonido como de banda sonora western, evocando una sensación de inquietud que puede llegar a ser divertida. 

Frío y oscuridad. O todo lo contrario.

Al final del álbum, queda el amor: desde el recuerdo de una relación intensa y destinada al fracaso a la tranquilidad ante lo que permanece, desde un escape al pop de los setenta y retorno al territorio del folk, un sentimiento no está tan lejos de la angustiosa soledad de David Berman. Ni de la que hayamos podido sentir alguna vez.

Strange to Explain”, el tema titular, merece mención especial quizá por lo adecuado que resulta en medio de una pandemia, de nuevo con esa sintonía dreamy, pero con un ritmo rápido que te mantiene atento mientras Jeremy Earl te aconseja, con esa forma de sarcasmo amable, que no te sorprendas demasiado cuando parece que tu vida cambia radicalmente (“Fade away, that’s a fact / Hold your tongue, you might never come back / It may feel strange to explain / Have I been here before?”). En la segunda mitad del álbum, pasado el ecuador de “The Void”, esta resistencia a la nostalgia se transforma en varias emociones enfrentadas, desde la apatía, en la melodía acústica de “Just to Fall Asleep” a la frustración, seguida de una extraña liberación, ante la imposibilidad de saber lo que piensa realmente la persona con la que vives, en la frenética y luminosa “Fell so Hard”.

Quizás ahora sí que hablo desde la devoción, aunque también creo que Woods han dejado los temas más bonitos para el final. Antes de despedirse con “Weekend Wind”, la banda aborda el tema del amor desde dos perspectivas diferentes: el recuerdo de una relación intensa y destinada al fracaso en Light of Day”, una especie de balada pop de aires setenteros donde Earl es capaz de sonar alegre mientras pronuncia algunas de las líneas más demoledoras de su repertorio (“you can fill your void with an empty cup / It might tear you apart, almost every night”), y, finalmente, la tranquilidad, nunca libre de dudas, ante el amor que llega para quedarse en “Be There Still”, un retorno seguro al territorio idílico del folk con esa constante pista acústica, la melodía de violín entre estrofas, y la tensión de los estribillos (“Can you come home soon / Ooh-ooh-ooh-ooh / Can you come home soon”) que culmina en un contundente solo de guitarra. Si después de esto, aún te cuesta dejar de pensar en David Berman, piensa en lo contrario de aquel dulce y despiadado Darkness and Cold” (“the light of my life is going out tonight / as the sun sinks in the west / the light of my life is going out tonight / with someone she just met”). Quizá lo extraño de explicar es por qué de pronto parece que todos hemos estado allí antes.

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