Bob Dylan

Bob Dylan –
Rough and Rowdy Ways

Una obra forzada realizada por uno de los mayores genios de la historia de la música del siglo XX. Aunque sea pecado criticar a una figura artística de su talla, el Premio Nobel despacha canciones en las que solo se ve a sí mismo y a nadie más. Una pataleta de su “yo” interno, tan explotado por él mismo, maduro y cargante hasta la náusea, que no dice nada en los tiempos actuales. Hay momentos en los que vuelves a conectar con el mejor Bob Dylan, pero el conjunto es bastante plano y carente de interés en pleno 2020.

¿Quién es Bob Dylan? ¿Y John Fitzgerald Kennedy? ¿Jimmy Reed? ¿Leon Russell? ¿Qué nos dicen estos nombres? ¿Acaso siguen vivos y se les puede tocar o, en realidad, ya han entrado en esa imaginaria y particular galería que conforman los mitos? Hoy viernes, 19 de junio de 2020, una fecha tan perentoria como anodina, las principales plataformas de streaming publicaban el relato musical que reúne a esta serie de personajes (¿acaso reales? ¿acaso virtuales?) en torno a un viejo ideal moderno de arte y ensayo. A estas alturas, el siglo XX no es más que el susurrante violín que entra y sale en una canción titulada “Murder Most Foul”.

Pero vayamos por partes. ¿Quién es realmente ese tal Bob Dylan? Un premio Nobel de Literatura, un trovador, el mayor representante de la canción estadounidense. El único genio que queda en pie junto con Chuck Berry, como leí en un antiguo número de la revista Rolling Stone. Pero el carismático creador del “Johnny B. Good” ya no está, murió en 2017, ni tampoco están Kennedy, ni Reed, ni Russell. Como la mayoría de los personajes citados en Rough and Rowdy Ways, el nuevo álbum de este hombre delgado nacido en Duluth hace ya 79 años.

Un fantasma dentro de un fantasma

El argumento de este nuevo disco se reparte entre sueños de doctor Frankenstein, delirios homicidas y narraciones bíblicas del Antiguo Testamento en las cuales Dios es un señor muy enfadado y arrogante que no cesa de castigar a su pueblo.

¿Se puede pasar a la historia estando inmerso en ella al mismo tiempo? Esta es otra de las preguntas que me surgen al reproducir la primera canción. En general, la música parece interpretada por una especie de fantasma que está muy vivo y que apenas puede expresarse correctamente al cantar. Un fantasma que precisamente trae a la vida a otros fantasmas. Además, el halo fantasmático (perdonen la reiteración) que desprende el disco no deja de inquietar. ¿Estamos ante una de esas ‘hauntologías’, como diría el crítico musical Mark Fisher? 

El argumento de este nuevo disco se reparte entre sueños de doctor Frankenstein, delirios homicidas y narraciones bíblicas del Antiguo Testamento en las cuales Dios es un señor muy enfadado y arrogante que no cesa de castigar a su pueblo. Tal vez por eso la traducción más aproximada del título sea “áspero y alborotado”. No podía faltar ese ceño fruncido tan icónico en el padre de la canción protesta en pleno 2020, por todas las cosas terribles que pasan en el mundo, que siguen pasando, al igual que también sucedían en la época en la cual entonaba canciones de esperanza y progreso.

Fotografía: Press

Los tiempos no cambian (pero la música sí)

En general, la música parece interpretada por una especie de fantasma que está muy vivo y que apenas puede expresarse correctamente al cantar. Un fantasma que precisamente trae a la vida a otros fantasmas.

Eran otros años, había un futuro en el que creer. Los tiempos estaban cambiando. Pero la historia parece que siempre se repite y, al igual que en la época de Martin Luther King, hoy en día las masas siguen movilizándose para luchar contra la discriminación racista a raíz de la muerte de George Floyd, que Dylan ya condenó en su entrevista concedida (tan leída) a The New York Times. Y al igual que sigue habiendo injusticia y persecución racial, en nuestros días también persisten los típicos grupos de blues clasicorro cuyos integrantes presumirán en sus salones privados de tener todos los bootlegs del artista norteamericano enmarcados, al lado de los de Jimmy Reed o Woody Guthrie. 

La única diferencia es que, desde los años noventa hasta el presente, el tiempo parece haberse acelerado. Los sesenta minutos que tardabas aproximadamente en acudir a la tienda para comprarte el nuevo LP de Dylan ahora quedan reducidos a un microsegundo si dispones de una buena conexión wi-fi. Y esto también se ve reflejado en la percepción que tenemos del pasado; de alguna forma, la época en la que Dylan alcanzaba la cumbre de su carrera queda tan lejos de la memoria colectiva como todos aquellos nombres y escenarios que menciona en esta nueva obra, como fantasmas de un tren que, de haberse acelerado tanto, ha descarrilado. ¿Qué significa para una generación como la nuestra John Fitzgerald Kennedy o Jimmy Reed? No es que haya que estar a favor del olvido de la historia reciente, pero, ¿qué podríamos hablar de ellos ahora cuando en estos momentos un tipo como Donald Trump ocupa la Casa Blanca o el autotune es la nueva distorsión de guitarra que en su día patentaron los iconos del rhythm and blues? 

Dylan: el mejor y más fiel fan de Bob Dylan

La época en la que Dylan alcanzaba la cumbre de su carrera queda tan lejos de la memoria colectiva como todos aquellos nombres y escenarios que menciona en esta nueva obra, como fantasmas de un tren que, de haberse acelerado tanto, ha descarrilado.

No obstante, la generación de Dylan sigue estando muy viva. Tampoco ha pasado tanto tiempo. O tal vez sí. El caso es que ya no tiene ni de lejos la misma voz ni las canciones son tan buenas como lo eran antes. Además, la egolatría que desfila en cada uno de sus versos (el uso del pronombre “yo” continuamente, en cada una de las canciones) convierten a Dylan en el mejor y más fiel fan del mismo Bob Dylan. Atrás quedan los lamentos amorosos que dejaba desfilar en canciones tan sublimes como “Don’t Think Twice It’s Alright” o elegías por víctimas de la discriminación racista como “The Ballad of Hollis Brown”. Hemos llegado al punto en el que recuerda a viejos mitos de la música popular (“Goodbye Jimmy Reed”) como concediendo pasaportes a diestro y siniestro para que esta serie de nombres sean considerados como genios tanto o más que él.

El blues pegajoso, trepidante y vitalista que inundaba las canciones eléctricas del Highway 61 Revisted o del Bringing It All Back Home (1965) en esta nueva entrega dan una somera pereza (“False Prophet” o “Crossing the Rubicon”). Tanto es así que sientes las ganas de tirar todos los (putos) discos del blues más purista que tienes almacenados en tu cuarto de adolescente cuando decidiste aprender a tocar la guitarra. Por no hablar de los simulacros de balada en “I’ve Made Up My Mind to Give Myself to You (ecos de la grandeza de obras como Time Out of Mind o Love & Theft que ya no está por ninguna parte). En Black Rider” decide tratar de tú a tú a la mismísima muerte. Los versos están cargados de sentencias de un mesianismo impostado. Nada que ver con la inmortal “It’s All Over Now, Baby Blue”, en la cual parecía tratar a la Parca con cariño gracias a sus versos modernistas inspirados en poetas como T. S. Eliot o Ezra Pound.

¿Hay algo que Robert Allen Zimmerman no sepa/pueda hacer?

Las ganas de querer abarcarlo todo y ser el mejor, aun cuando ya todo el mundo te lo reconoce, hacen de este disco uno de los peores de su carrera.

Pero no, ahora ya solo queda ese gorgorito que no hace más que repetir “yo, yo y más yo” más de doscientas veces, presente sobre todo en la primera “I Contain Multitudes” o en la cruel y sarcástica “My Own Version of You, donde se permite versos tan pretenciosos como: “I can see the history of the whole human race”. ¿Hay algo que no puedas hacer, querido Robert Allen Zimmerman? Al final, el disco parece un intento de epitafio musical que otros intentaron antes que él con mayor éxito, como Nick Cave como en su Ghosteen (2019) o David Bowie en su Blackstar (2016).

¿Dylan es un hombre, el mismo Dios que interpela a sus sordos fieles o tal vez el murmullo fúnebre que teme desaparecer de la memoria junto con todos los personajes de esa Gran Novela Americana musical que siempre ha estado empeñado en componer? En los diecisiete minutos de Murder Must Foul parece afirmar reiteradamente, en un acto de inseguridad o de temeridad ante el día en que ya no saque más discos, que sigue ahí, que no le olviden, como tampoco olviden a Kennedy ni toda esa gran época de cambio para el país que ahora ya parece tan lejana. Y es precisamente en este tema donde la arquitectura musical se vuelve gris y tibia, como una mera música de fondo ejecutada por los mejores profesionales de un programa nocturno de televisión. 

El único momento en el que podemos caer rendidos ante la archiconocida genialidad compositiva de Dylan es en el penúltimo corte del álbum, “Key West (Philosopher Pirate)”, un dibujo de impresionismo musical del paraíso servido en nueve minutos. Inevitable no acordarse de “Highlands”, otro de los grandes temas de su carrera. Bien puede valer para salvar a un álbum que adolece de ritmo, fuerza y expresión. Las ganas de querer abarcarlo todo y ser el mejor, aun cuando ya todo el mundo te lo reconoce, hacen de este disco uno de los peores de su carrera. ¿Qué pensarán las jóvenes promesas del country y de la música folk estadounidense o, incluso, del rap (si se admite la comparación)? Probablemente: “esto ya me lo sé, yo lo hago mejor”.

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