Lady Gaga

Lady Gaga –
Chromatica

Luego de ahondar en la música country durante media década, la supuesta Reina del Pop vuelve con un disco enfocado, exitoso, pero con un núcleo vacío y no del todo confiable.

Aunque a veces no la queramos, la señora Gaga merece algo de nuestro respeto. Pocas celebridades han influido tanto en el estado de la música pop como Stefani Germanotta, una mujer que, en su pico, parecía poder abrir decenas de puertas con cada sencillo que lanzaba. No tenía miedo en mostrar sus inclinaciones paranoicas y tensas en sus primeros cortes como “Just Dance” y “Poker Face”, temas que no podrían haber sido hechos por nadie más, y cuando decidió convertirse en… bueno, en lo que se terminó convirtiendo, inspiró a millones. No le daba miedo incorporar motifs oscuros y atormentados a su música, que aunque nunca fue tan “experimental” como muchos han dicho, era valiosa en su descaro tecnológico que claramente resonó con mucha gente. Y eso era algo que hacía a Gaga tan entrañable: todos sus movimientos bizarros, los parecía hacer con convicción y determinación; uno creía lo que hacía porque ella lo creía.

O, al menos… hasta que salió Joanne en 2016, su pasaje hacia un tipo de música folk/country que ella misma vendió como la versión “auténtica” de ella; ahora estaba haciendo música “en serio”. Dos años después, la vimos en A Star Is Born con Bradley Cooper, donde su personaje era una mujer que componía música profunda y real hasta que es “corrompida” por la industria, y la convierten en un producto plástico y desagradable. ¿Empezamos a ver una narrativa en cuanto a su carrera? Específicamente, una en la que casi se denigra todos los avances que había hecho a la música pop para hacer un folk mediocre y mal producido pero con una noción equivocada de ser música menos falsa. De repente, todos sus varios logros parecían un poco más vacíos, menos agradables, más desdeñosos. Ya no sabíamos en qué Gaga confiar.

Volver es mirar hacia atrás

En Chromatica, Gaga promete volver a sus raíces como estrella del pop y se obsesiona con darle a la gente lo que quiere.

Y ahora, porque hacer música casi-country no vende tanto, tenemos esta masiva corrección de rumbo que es Chromatica, en la que vuelve directamente al pop (de nuevo, la música que ella parecía no querer hacer) sin mirar atrás. No se encuentra aquí ningún instrumento acústico excepto en los tres interludios, no hay baladas, no hay nada que la distraiga de querer complacer a su base de fans que por alguna razón no la ha abandonado. En particular, parecemos haber ido directamente al sonido de música house de principios de los noventa vistos a través de los ojos del dance-pop de principios de los 2010, los momentos en los que Gaga fue más exitosa. Gaga parece haber vuelto a la fórmula de traer productores de música EDM y hacerlos crear canciones pop (tenemos a productores como Skrillex, Madeon, Axwell, Sebastian Ingrosso, Tchami, y su aliado del disco pasado, BloodPop).

Y ciertamente, el disco suena muy bien. Abundan los bajos que generan grooves poderosos superpuestos con mucho color en los sintetizadores. Hay una atmósfera constante en el disco de condensación de los sonidos, como si la música sudara. Evoca la sensación de estar en una discoteca repleta donde las frecuencias resuenan y hacen eco entre sí mismas. Abrir el álbum con una canción tan predecible pero imponente como “Alice” es un movimiento poderoso, establece las melodías agudas y el énfasis en la producción como pocos temas podrían haberlo hecho. Ayuda también que muchas de las canciones son relativamente cortas, durando alrededor de tres minutos y medio; hace que el disco funcione como una unión y pueda ser pasado de principio a fin sin que haya que sacar ningún tema — excepto tal vez los mini interludios.

Linda y vacía como fuegos artificiales

Hay una tendencia subyacente de menospreciar las estéticas anteriores que la hicieron una estrella. Lo cual es un problema cuando quiere que nos interese la música.

El problema con todo eso no es la monotonía, ya que, dentro de todo, hay suficientes texturas muy bien realizadas que hacen que este disco sea una escucha divertida y no agobiante. Lo que parece suceder es que Gaga aquí parece sobrecompensar y subestimar a su audiencia al mismo tiempo.

Sobrecompensar porque no da vueltas sobre el sonido que está persiguiendo. Deja bien claro que sabe lo que sus fans quieren: la Gaga estridente, extravagante, liberada, diva, y todo lo que viene con sus días de gloria. Y decide hacer eso y nada más; el disco quiere asegurar al oyente todo el tiempo que no va a cambiar de rumbo, al menos durante estos cuarenta y tres minutos. Y subestimar porque Gaga parece creer que sus fans no tienen estándares; pianos y violines house, un drop electrónico, letras sobre autoestima, y nada más. Como si eso fuese lo único que definía a Gaga en sus mejores momentos. Le da una visión muy simplificadora a su música. Esto no es ni un refrito ni una caricatura de Gaga; esto es un bosquejo.

Fotografía: Promo

Estamos bien cerca de la superficie ahora

Palabras más, palabras menos, este disco podría haber consistido de palabras sin sentido y hubiese resonado tanto como termina haciéndolo.

Se nota por ejemplo en un tema como el primer sencillo, “Stupid Love”, que tiene una instrumentación bárbara, con teclados a lo Giorgio Moroder y un arreglo juguetón, y en particular un pre-estribillo hermoso, con sintetizadores glaseados color rosa que colorean las montañas… hasta que son interrumpidos por un estribillo soso y bobo basado en una no-melodía de samples vocales. Es asqueroso. Y todo en base a letras sobre como Gaga quiere estar con alguien pero debe tener fe en sí misma para que suceda. ¿Qué es esto? A Gaga le gustaba apretar botones duros, incluso cuando no terminaba diciendo nada; aquí, ni siquiera está la ilusión de que va a decir algo.

Volviendo al primer tema, “Alice”, será poderoso musicalmente pero queda al servicio de letras como “Mi nombre no es Alice / Pero seguiré buscando el País de la Maravillas / Llévame a casa / Llévame al País de las Maravillas”, como si no pudiese escribir otra cosa.

Así tenemos temas como el éxito “Rain on Me”, en el que Ariana Grande está por estar, sin añadir nada. “Preferiría estar seca, pero al menos estoy viva / Llueve sobre mí” es una frase tan insegura para un tema que debe comunicar confianza en uno mismo (tampoco ayuda que su drop sea flácido y sin melodía distinguible). Igualmente superficial es el corte que le sigue, “Free Woman”, una canción que se queda con la versión blanca liberal del feminismo que se basa en eslóganes sin contenido, y que contiene un drop que se podría sacar de una biblioteca de tracks libre de regalías para YouTube — los drops débiles son evidentemente un problema recurrente en el disco.

Menos ambición, más éxito

Con la cantidad de gente trabajando en esto, y el talento innegable de Gaga, se pueden encontrar bastantes joyas que no contradicen los problemas generales del disco.

Todo esto no significa que no haya momentos bien logrados en este disco. La parte del medio es fascinantemente buena, posiblemente porque es la que menos apunta a hacer. Llama a los estribillos cantables y breakdowns a pesar de todo gentiles y que no llaman demasiado la atención sobre su existencia. “911” se contonea como un robot que recuerda a las colaboraciones de Space Cowboy bien temprano en su carrera, y le sale de una manera bastante natural.

Uno de sus mejores temas en mucho tiempo se encuentra en la forma de “Plastic Doll”, cortesía de las dinámicas palpables de Skrillex, que sabe cómo manejar las voces de Gaga en la mezcla. Y ella misma logra no caer demasiado en su propia teatralidad en un estribillo digno de Taylor Swift en lo abierto y directo que es. Tal vez se cree demasiado sus propias melodías en un tema como “Enigma”, donde va por un estribillo que su voz no puede del todo hacer bien, pero la composición es bastante poderosa.

Un momento que funcionó mejor de lo que indicaba que iba a suceder es su colaboración con el grupo K-pop, BLACKPINK, en la canción “Sour Candy”. Como pocos temas en el disco, logra explorar los aspectos más siniestros de la discoteca, en los que la humedad se apodera de todo, y las cinco intérpretes logran entender ese ambiente; vuelve la sensualidad fría de Gaga (“Te mostraré lo que soy yo / Cierra tus ojos, no mires / Ahora me estoy desvistiendo”) que nunca fue uno de sus mejores atributos como artista, pero la pieza es lo suficientemente breve como para que no sea un problema.

Filtrándose a través de las grietas

No se puede condicionar la sinceridad, siempre debe ser en sus propios términos. Dicho eso, algunas de las ideas más dudosas terminan siendo justamente lo que el disco necesita.

Y, sin embargo, hay dos momentos en los que Gaga logra parecer sincerarse con su audiencia de maneras ampliamente distintas. El primero es la midtempo “Fun Tonight”, una canción entristecida en la que Gaga parece haberse perdido a sí misma y no puede continuar siendo algo que no puede ser; la línea principal del tema es “No me estoy divirtiendo esta noche”. Haciendo referencias a sus éxitos anteriores, trata de cerrar las heridas que le han traído la fama encima de una instrumental contenida que parece querer entender lo que está pasando.

Y el segundo es posiblemente el momento más raro de todo el disco, la inentendible “Sine from Above”. El contenido es bastante estándar, sobre cómo encontrar su camino en la vida a través de la música… pero hay un dramatismo catatónico. La música poco a poco entra en tensión aparentemente de la nada, y toma tonos del trance más fino y ambiguo, mientras que las letras son melodramáticas (“Antes del amor, había silencio”). Y luego entra Elton John, con su voz frágil y temblorosa, que debe ser procesada y contrapuesta con la instrumentación rígida pero húmeda, como vidrio en medio de una tormenta. Cuando Gaga y Elton hablan de la señal que sanó sus corazones, no queda del todo claro si fue para bien o para mal; hay una desesperación que no parece irse, y el hecho de que Elton John comparta las palabras de Gaga, como si él tampoco ha encontrado paz…

La vida es una fiesta

Chromatica termina siendo un disco con muchos fallos y que uno nunca termina creyendo del todo, pero que sabe cómo manipular a su audiencia lo suficiente como para ser servicial y bien logrado.

El disco termina con la decente “Babylon”, en la que entra un coro para añadir un poco de melodía a un estribillo estático y logra tener éxito. Gaga sigue encontrando maneras de sacar ideas y estéticas de los antecesores de la comunidad LGBT+ que la acompaña. Es un final bastante casual, sin hacer una declaración súper creída, lo cual es bastante relajante; bueno saber que, a veces, puede dejar que otros tomen control de su música y ella los siga.

Es un disco extraño, Chromatica. Simultáneamente, quiere apaciguar a sus fans para que no la dejen, y los termina condescendiendo al mismo tiempo. Es una escucha bastante insincera, y si sigue por este camino, Gaga solamente se va a terminar restringiendo a medida que siga su carrera. Sin embargo, los últimos tres discos de la neoyorquina han sido discos transicionales hacia una etapa que nunca vino, por lo cual, nada está fuera de la mesa. Lo cual es preocupante, y está muy lejos de poder eliminar su fase anti-pop… pero en sus mejores momentos se construye algo efímero, pero que vale la pena tener en cuenta.

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