Waxahatchee

Waxahatchee –
Saint Cloud

Katie Crutchfield ha iniciado una nueva etapa de su vida. El punto y aparte tiene que ver con encontrar una nueva calma, con aprender a dejar ir las cosas y con valorar el bienestar de uno mismo. El nuevo disco de Waxahatchee es fiel reflejo de esto: positivo pero sin pasarse de optimista, de letras sencillas y mensajes directos, y con un envoltorio country.

La incansable Katie Crutchfield, bajo el seudónimo de Waxahatchee, ha sacado cinco discos desde 2012, el más reciente el que nos ocupa, sin casi parar de girar. Su anterior referencia es Great Thunder, un crudo EP de 2018 compuesto de regrabaciones de música de 2012. Si nos vamos a la larga duración, hay que retroceder hasta 2017 para encontrar Out in the Storm, rockero, enfadado y despechado, después del final de una relación tóxica para ella. Lo cierto es que las cosas han cambiado mucho para Crutchfield desde entonces, y parece haber encontrado (al menos parcialmente) paz interior. Para la grabación del disco ha contado con la ayuda de Bonny Doon, grupo de Detroit que ya tocaba con ella en directo y que ha tenido una participación directa, influyendo y aportando al sonido del disco.

Un punto de inflexión

De la reconciliación con su tierra natal y consigo misma nace Saint Cloud, lleno de referencias a su familia y a su infancia, pero también a amistades con problemas de abuso de sustancias que no lograron superar.

Es inevitable hablar aquí de lo que la artista ha comentado muchas veces durante la promoción de su nuevo disco: hace algo menos de dos años, después de su actuación en la edición del Primavera Sound de 2018, la de Alabama decidió que iba a dejar el alcohol. Por otro lado, Crutchfield reconoce haber pasado la fase de “rebeldía” de luchar contra sus raíces sureñas. Desde la adolescencia, en vez del country con el que se crió, Katie y su hermana gemela Allison empezaron un grupo de pop-punk, rechazando la música de sus padres (¿acaso no hemos pasado todos por ahí?). Su sonido ha ido evolucionando, bailando entre el punk y el indie más underground, hasta llegar al presente.

De la reconciliación con su tierra natal y consigo misma nace Saint Cloud, lleno de referencias a su familia y a su infancia, pero también a amistades con problemas de abuso de sustancias que no lograron superar. A pesar de ser consciente de que una situación como la actual iba a afectar a la recepción de su álbum y la gira que lo acompaña, Crutchfield decidió seguir adelante y publicar el disco que había preparado, y por ello le tenemos que estar agradecidos.

Fotografía: Molly Matalon

Sin excesos ni adornos

A pesar de las partes más trágicas, que las hay, Saint Cloud deja un poso positivo tras escucharlo, de regeneración y de catarsis personal.

La primera canción, “Oxbow”, habla de ese momento lúcido en Barcelona en el que decidió que iba a cambiar su vida. La canción acaba con los repetidos y cargados de sentimiento “I want it all”, queriendo ser artista y tener estabilidad y salud, sin caer en los clichés de la vida de las estrellas del rock. La propia Crutchfield habla del momento de composición de esta canción como un punto de inflexión que da comienzo a un nuevo ciclo en su vida.

La aproximación de sencillez en este álbum se refleja también en cómo habla del amor, que sin ser la temática principal sobrevuela varias de las canciones. “Can’t Do Much” es la excepción, una canción abiertamente romántica pero también realista, con los pies en la tierra. Es un reflejo del amor maduro, de cuando pasa esa época de las mariposas en el estómago y en su lugar queda una relación mucho más sólida en la que no idealizas al otro. Suponemos que habla de Kevin Morby, con quien está en una relación desde 2017.

Fire”, que fue el primero de los singles de presentación del álbum, empieza tras una breve introducción con una nota inestable, como a mitad de frase, lanzándote directamente al centro de la canción. Se convierte rápidamente en uno de los momentos más destacados de Saint Cloud, con fuerza y creciente confianza, además de una estructura peculiar sin un estribillo claro.

Le sigue “Lilacs”, otro de los adelantos del disco. En ella, Katie se muestra despreocupada, con una voz sin impostar, a punto de quebrarse en algunos momentos. La canción habla de reflexionar sobre uno mismo, cómo cuidarse es una tarea que nunca acaba y lo importante de no caer en la autocomplacencia.

Lidiando con los traumas

Algunas de las grandes figuras que sirven como inspiración para Katie en este disco son Lucinda Williams o la reina indiscutible del country, Dolly Parton, dejándose llevar por la pasión sin preocuparse por que la gente piense que es demasiado intensa.

The Eye”, “Hell” y “Witches” recurren todas a una imaginería pagana, pero hablan en realidad de la música como musa del artista y de su aquelarre de mejores amigas (una de ellas Lindsey Jordan, de Snail Mail). Algunas de las grandes figuras que sirven como inspiración para Katie en este disco son Lucinda Williams o la reina indiscutible del country, Dolly Parton, dejándose llevar por la pasión sin preocuparse por que la gente piense que es demasiado intensa.

Las siguientes tres canciones toman un cariz mucho más sombrío y la temática pasa a ser la de problemas de adicción y codependencia. En “War”, Katie literalmente se declara la guerra a sí misma, mientras que en “Arkadelphia” (un lugar real en su ciudad de nacimiento: Birmingham, Alabama) y “Ruby Falls” habla de amigos cuyos problemas con las drogas fueron mucho más lejos que en su propio caso. La última de las tres recupera la narración de la muerte por sobredosis de un amigo cercano, de la que ya había hablado en uno de sus trabajos anteriores, Cerulean Salt, y al que la artista piensa que jamás podrá hacer justicia.

Finalmente, el álbum concluye con la homónima “St. Cloud”. En ella, Katie regresa a su época en Nueva York para, en el estribillo, transportarse al lugar de nacimiento de su padre, una pequeña ciudad en Florida, contrastando las etapas de su turbulenta vida y reflejando el cambio de sonido y actitud que ha tenido lugar en este disco.

Una nueva etapa

La maestría con la que Crutchfield habla de momentos delicados y devastadores y cómo conjura la imaginería de su juventud, sin dejar de sonar a sí misma y sin desencajar con sus trabajos anteriores, es loable.

El camino de Waxahatchee no ha sido fácil. Empezó con sólo quince años, llena de rabia y deseosa de transgredir (un poco como todos los adolescentes). Finalmente, una década más tarde, parece haber encontrado su lugar y haber hecho las paces con algunos de los demonios que la atormentaban. En su anterior disco Crutchfield cantaba “I was shaking like a leaf”, sí, pero eso quedó atrás. Ahora se mantiene en pie con firmeza.

A pesar de las partes más trágicas, el disco deja un poso positivo tras escucharlo, de regeneración y de catarsis. La maestría con la que Crutchfield habla de momentos delicados y devastadores y cómo conjura la imaginería de su juventud, sin dejar de sonar a sí misma y sin desencajar con sus trabajos anteriores, es loable.

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