Porches

Porches –
Ricky Music

Aaron Maine firma el cuarto y seguramente mejor álbum de su proyecto personal con dolor y con orgullo. Ricky Music es un relato de desamor synth-pop que mezcla desencanto, nostalgia y un cierto desenfreno con habilidad, demostrando maestría en el manejo de las cadencias, soltura en el contenido lírico y originalidad en la producción y los arreglos sin salirse de un género familiar y controlado.

Pool (2016) fue el segundo elepé de Porches, pero el primero en recibir el reconocimiento de la crítica. Sus parajes sonoros de synth-pop oscuro y minimalista, su carácter introspectivo y personal (fue grabado en el apartamento de Aaron Maine, artífice del proyecto) y los toques de nostalgia ochentera necesarios para dar un empujón a casi cualquier carrera musical en el pop le merecieron a la banda un reconocimiento que se trasladaría a The House (2018). Desmarcándose de la frialdad, crudeza y repetitividad de un Pool que en sus últimos compases hilaba un tema indistinguible tras otro, The House incide más en sus ritmos bailables, sus componentes analógicos (especialmente las guitarras) y la emotividad personal de Maine.

¿Un trabajo meramente continuista?

Las breves canciones del cuarto álbum de Porches (tan sólo un tema sobrepasa la frontera de los tres minutos) son, quizás, las menos bailables de su carrera.

Todos estos elementos perduran en Ricky Music (2020), su álbum más reciente y uno que podría, a primera vista, considerarse continuista con la línea de su predecesor, pero eso supondría quedarse únicamente en la superficie. Las breves canciones del cuarto álbum de Porches (tan sólo un tema sobrepasa la frontera de los tres minutos), quizás las menos bailables de su carrera, son pinceladas sobre el desamor cargadas de pequeños giros, notas inesperadas, arreglos que rompen con las líneas fundamentales de los temas y una mirada con lupa sobre la cotidianidad que no deja de ser, a un tiempo, emotiva, absurda y un tanto trágica.

Fotografía: Max Hirschberger

La danza retro del desamor

Por supuesto que las canciones para bailar a cámara lenta y los ojos cerrados bajo luces de colores no han desaparecido, pero, de nuevo, a costa del constante recordatorio de la ausencia tras la ruptura, de los sentimientos encontrados y confusos.

Por supuesto que las canciones para bailar a cámara lenta y los ojos cerrados bajo luces de colores no han desaparecido, pero, de nuevo, a costa del constante recordatorio de la ausencia tras la ruptura, de los sentimientos encontrados y confusos. Ahí está la estupenda “Madonna”, con su “I know it’s so ugly when I fill up with jealousy / And the moon hangs high with a big ‘fuck you’”, o “Do U Wanna”, con un tempo más reposado y dulce y versos tan extraños como memorables (“I’m so happy I could cry”).

Sin embargo, la mayoría de los temas siguen una línea bien diferente, orbitando pausadamente diminutas realidades como el pintalabios que Maine le regaló a su ex-novia, símbolo de lo que fue y ya no es recogido muy literalmente en la pausada “Lipstick Song”, o todos los sentimientos, vulnerabilidades y memorias que puede despertar algo tan insignificante y olvidable como un cabello ajeno en un cepillo: “Hair”, una confesión dolorosa (“I’m kinda pretty, kinda busted too”) de sintes etéreos, nace precisamente de tan casual encuentro.

Introspección y escapismo

Ricky Music es no sólo un disco sobre una ruptura, sino una suerte de metacomentario sobre las canciones que se escriben después de una ruptura.

Otras veces, los recuerdos amables y los difíciles se entrelazan haciendo imposible distinguirlos. “Patience” descorcha este elepé con teclados, guitarras y versos reconfortantes (“’Cause I’m rooting for you / And I’m rooting for me”) que estallan de forma breve pero intensa en pulsos de sintetizador chirriantes e irregulares, como si vacilaran en sus picos; un poco como el propio Maine en este disco, al fin y al cabo, quien se permite devaneos tontorrones como “PFB”, treinta y cuatro segundos de punk blandito con una única frase como razón de existencia: “It’s looking pretty fucking bad”. Pero si se los permite es, precisamente, porque son justo eso: distracciones.

El verdadero escapismo está en otros lugares, como las progresiones de acordes cambiantes de los teclados de una “I Wanna Ride” ochentera sin rozar la desgana (del autor) o el hartazgo (del público escuchante), a la que cuesta no encontrarle cierto parecido con “Every Breath You Take” de Police, o en los arreglos disonantes pero magnéticos de la críptica e introspectiva “I Can’t Even Think”.

Una victoria personal…

Maine tiene buena mano para pintar a su álbum como si fuese autoconsciente sin que parezca que es del todo obra del propio autor, quien está muy ocupado llegando a conclusiones emocionales importantes como para romper la cuarta pared.

Porque, al fin y al cabo, Ricky Music es no sólo un disco sobre una ruptura, sino una suerte de metacomentario sobre las canciones que se escriben después de una ruptura: Maine tiene buena mano para pintar a su álbum como si fuese autoconsciente sin que parezca que es del todo obra del propio autor, quien está muy ocupado llegando a conclusiones emocionales importantes como para romper la cuarta pared.

Al menos, esa es la impresión que da “Wrote Some Songs”, la breve y autoexplicativa conclusión a la que llega el disco después de reflexionar sobre todo este extraño y doliente camino sonoro. A modo de epílogo, el bonus trackrangerover” (favorito del público que no forma parte oficial del tracklist) da una vuelta de tuerca más sobre estas revelaciones de última hora agudizando la nota ascendente con otro verso que, de nuevo, no necesita comentario alguno: “I wanna live”.

… y otra musical

Ricky Music no pierde el tiempo con circunloquios en lo lírico ni en lo estético, sus canciones esquivan sin problema la repetitividad manteniendo el interés con éxito total y, lo que quizás sea su mayor virtud, abandona por fin el vicio de sus predecesores de alargar sus cortes más de la cuenta.

Si hay un mérito que reconocerle a Porches en este último trabajo es que cuesta sentir que se ha perdido el tiempo tras veinticinco minutos tan concisos. Ricky Music es el álbum más lúcido de Aaron Maine y el más interesante y sorprendente a nivel sonoro (algo que consigue sin arriesgar demasiado, lo cual no deja de ser curioso). No pierde el tiempo con circunloquios en lo lírico ni en lo estético, sus canciones esquivan sin problema la repetitividad manteniendo el interés con éxito total y, lo que quizás sea su mayor virtud, abandona por fin el vicio de sus anteriores álbumes de alargar sus cortes más de la cuenta. Lejos de buscar la reinvención de la rueda, Maine se conforma con haber configurado un sonido reconocible y tener la producción y las dinámicas bajo absoluto control. No son triunfos desdeñables.

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