Fiona Apple

Fiona Apple –
Fetch the Bolt Cutters

Después de casi una década trabajando desde casa, Fiona Apple vuelve con su álbum más orgánico y comprometido. Con su habitual lirismo desconcertante y una orquestación sin precedentes, Fetch the Bolt Cutters es un relato sobre el trauma, la violencia y el desengaño, a la vez que una llamada a crear alianzas y a ocupar el lugar que te corresponde.

Era arriesgado hacerse expectativas cuando Fiona Apple dejó caer, a finales del año pasado, que estaba a punto de terminar el que sería su quinto álbum. Ante a una artista tan respetada y a la vez tan peculiar, a veces lo más justo es esperarse cualquier cosa y, al final, valorar su música sobre la marcha, dejando atrás criterios establecidos. Pues bien, sorpresa: Fetch the Bolt Cutters nos ha pillado de imprevisto en mitad de una pandemia, y en cierto modo nuestras primeras impresiones dicen mucho de nuestra nueva obsesión con la idea de vivir confinados, sin saber lo que nos espera fuera. Y es que Fiona ha pasado mucho tiempo sin salir de su casa de Venice Beach trabajando en este álbum, y con él ha demostrado que este distanciamiento voluntario ha sido, después de todo, muy liberador.

¿Qué fue de la mujer difícil?

En el fondo Fiona Apple siempre ha sabido aguantar bajo el mito de la mujer difícil sin dejar que su música se viera afectada, pese a haber comenzado su carrera con dieciocho años en medio de una escena dominada por hombres.

A estas alturas, poco le importaba haberse convertido en la loca de la casa, la artista excéntrica que vive sola con sus perros y huye de referentes, escenas y redes sociales, mientras pudiera seguir trabajando bajo sus reglas. En el fondo Fiona siempre ha sabido aguantar bajo el mito de la mujer difícil (llorosa, irascible, promiscua, alcohólica, problemática) sin dejar que su música se viera afectada. Parece la única opción segura para alguien que empieza su carrera con dieciocho años, en medio de una escena dominada por hombres, donde esa fragilidad que transmitía en sus letras, reflejo de varios traumas y una conducta ansiosa y depresiva, se convirtió pronto en un producto tan rentable como mediático.

Parte de esa oscuridad estaba presente también en su exitoso debut, Tidal (1996), un compendio devastador de baladas pop cuyas letras venían directamente de sus primeras anotaciones sobre el desamor, los trastornos mentales y la violación que sufrió con doce años. Pero junto a esa visión del mundo como un lugar donde el dolor acecha en de cada persona, había también un mensaje de autonomía y resistencia que Fiona tradujo en una batalla sin tregua entre su voz y el piano y en la improvisación a partir de un ritmo oscilante entre el jazz y el hip-hop.

Transición y equilibrio

Fetch the Bolt Cutters empezó como un proyecto conceptual dedicado al espacio doméstico, pero evolucionó hacia un trabajo a medio camino entre lo personal y lo público, donde no es fácil distinguir entre cuando Fiona está triste o está enfadada, o está sola o está con alguien, o cuando habla por ella misma o por otras mujeres.

Tres años después, con When the Pawn… (1999), Fiona consolidó un sonido alt-pop mucho más personal y sólido, alejándose de la languidez de su debut hacia una vulnerabilidad más adulta. Se la nota mucho más segura a la hora experimentar con ritmos más irregulares, ceder protagonismo a la batería y las guitarras, y permitirse de vez en cuando momentos más melódicos como el inesperado puente de “Fast as you Can” o el estribillo agridulce de “Paper Bag”. Pasada la resaca de los noventa, Fiona decidió bajar el ritmo y aprendió a sintetizar esa energía viciada que se había generado a su alrededor en sus primeros años. Aunque con Extraordinary Machine (2005), comparable con una dramedia indie de tres horas, parecía haberse quedado estancada en una fórmula aguachinada de ese sonido jazz-rock de su anterior trabajo, Fiona sorprendió seis años más tarde con The Idler Wheel… (2012), uno de sus álbumes más valorados, donde empezó a explorar las sinergias entre la percusión tribal, el piano de jazz bar y la voz casi desnuda a lo largo de temas art-pop tan íntimos como “Left Alone” o “Hot Knife”. 

Fiona empezó a trabajar en Fetch the Bolt Cutters al poco de terminar este último álbum. El proyecto, no obstante, no se puso en marcha hasta 2015, cuando juntó a su banda en su casa de Venice Beach y les propuso experimentar con las posibilidades sonoras del espacio doméstico, con sus paredes, muebles y animales, para lo que en principio iba a ser un álbum conceptual titulado House Music. Pero fueron pasando los años, las rupturas, los días de abstinencia, y más tarde todas esas portadas con Donald Trump y Harvey Weinstein, entre otros. Fiona empezó a enfocar el álbum más como un proyecto entre lo personal y lo público, donde no es fácil distinguir entre cuando está triste o está enfadada, o está sola o está con alguien, o cuando habla por ella misma o por otras mujeres.

Fotografía: Press

Desde la raíz

Aunque el ritmo siempre ha sido un punto de partida en su música, tan marcada por los golpes, en Fetch the Bolt Cutters tiene mucha más independencia de los patrones regulares.

Esta sensación de fluidez entre realidades, cuerpos y voces es el resultado de la integración de todo el instrumental en una producción prácticamente casera (con ese Garageband que tanto le gusta, incluyendo pistas inicialmente descartadas y notas de voz grabadas en el móvil). Como comentaba su guitarrista David Garza para el New Yorker, la idea de Fiona era empezar desde la raíz, lo que para ella significa el ritmo. Aunque este siempre ha sido un punto de partida en su música, tan marcada por los golpes, en Fetch the Bolt Cutters muestra mucha más independencia de los patrones regulares. Esta idea forma parte de la paradoja del álbum: un proyecto doméstico, que nace de un confinamiento y va hacia la liberación, como si esta dependiera de volver a lo más profundo y caótico de uno mismo y una vez allí, buscar la salida, o siguiendo la metáfora del título, el cortacadenas. 

Como era de esperar, “Fetch the Bolt Cuters” es el punto de fuga del álbum, el lugar donde convergen el espacio político y el personal sobre una base jazz-pop calmada que equilibra la energía de la pista vocal y cierra con los perros ladrando sobre el outro. En un tono desganado pero seguro, casi a veces rapeando, Fiona habla a ratos desde su yo de hace veinte años y observa con una mezcla de cansancio y decepción lo poco que ha cambiado la industria, en particular en cuanto a la poca solidaridad entre artistas femeninas:

“Those it girls hit the ground
Comparing the way I was to the way she was
Sayin’ I’m not stylish enough and I cry too much
And I listened because I hadn’t found my own voice yet
So all I could hear was the noise that
People make when they don’t know shit”

Componer después del #MeToo

Aunque sigue presente la crónica de la inestabilidad de su vida privada, estamos ante es un álbum escrito desde su conciencia como mujer en un mundo que no ha cambiado tanto después del #MeToo.

Sigue destacando la vertiente autobiográfica y la crónica de su inestabilidad, como en la breve pero densa “Heavy Baloon”, un tema jazz de bajo y percusión que describe la dinámica de la depresión con deliciosas escenas de animación surrealista (“I spread like strawberries / I climb like peas and beans”). No obstante, estamos ante un álbum escrito desde su conciencia como mujer en un mundo que no ha cambiado tanto después del #MeToo. Sin duda, una de sus líneas más crudas está en el puente de “For Her”: “You raped me in the same bed your daughter was born in”. Se trata de un tema que sorprende por el contraste entre una historia tan impactante como la de las víctimas del círculo de poder de Brett Kavanaugh, y una melodía muy fluida, que arranca con un ritmo de palmas que se acaba rompiendo en una percusión inconstante. La voz, grabada en multipista, evoluciona de un corrillo del patio a un coro de góspel, una transición sublime que apela a la necesidad de hacerse más fuerte cuando una está sola.

Para Fiona la sororidad es un acto radical, imprescindible aunque no siempre fácil. En “Shameika”, Fiona vuelve a su infancia en los ochenta con sus arranques de piano de Broadway y recuerda cuando una compañera se fijó en su potencial, cuando ella no sabía muy bien lo que significaba esa palabra. Entre trances de batería y efectos, el estribillo se repite como un mantra, una revelación de que ya no le hacía falta gustar a todo el mundo. Y es que a veces la complicidad va antes que la amistad.

En “Newspaper”, un tema basado en una percusión descontrolada y de una energía vocal casi litúrgica, apoyada en los coros de su hermana Amber, Fiona denuncia cómo a menudo son los hombres con poder en la industria los que alimentan la rivalidad entre las mujeres para encubrir una historia de abusos.

I wonder what lies he’s telling you about me
To make sure that we’ll never be friends
And it’s a shame because you and I didn’t get a witness
We’re the only ones who know
We were cursed the moment that he kissed us
From then on, it was his big show”

En un tono más amable, “Ladies” traslada esa llamada al hermanamiento al espacio privado, en concreto a todas las futuras parejas de su actual pareja, con una base de piano y guitarras más clásica como de cuarteto jazz neoyorquino. De este tema destaca ese outro con voz y batería en el que se repite una línea anterior, en un tono entre la decepción y el cinismo, como reconociendo su parte de culpa en una cultura heterosexual que promueve en la competición entre mujeres: “Yet another woman to whom I won’t get through”.

Bang it, bite it, bruise it 

Sus temas más personales expresan la toxicidad de las relaciones heterosexuales y la inestabilidad de los compromisos pasados los cuarenta; pero más allá de esa mezcla de fragilidad e ironía, Fiona es mucho más dura y directa.

Siguiendo con línea sus temas más personales, los casi ocho años de gestación de este álbum han dado para unas cuantas relaciones y sentimientos encontrados ante la idea del amor después de los cuarenta. El tema de entrada, “I Want You to Love Me” suena como una recapitulación de sus mejores trucos con el piano, con esa escalada rápida de la energía con la incorporación de la batería y esa ruptura total en el puente, donde Fiona expresa su definición del amor ajeno y propio:

“And I know that you know that you got
The potential to pick me up
And I want you to use it, blast the music
Bang it, bite it, bruise it”

No falta tampoco ese sentimiento de decepción ante el abandono, como en “Rack of His”, con esa sintonía pop cabaretera que guarda ese difícil momento de equilibrio y fortaleza para el puente (“And I’ve been used so many times / I’ve learned to use myself in kind”). “Drumset” continúa en la línea de número musical con un ritmo góspel marcado, llevando su frustración con desapego y autonomía:

“Now I understand you’re a human
And you’ve got to lie, you’re a man
And you’ve got to get what you want
How you want it but so do I
And I wanted to try”

Por su parte, “Cosmonauts” tantea esa zona gris entre la persistencia y el desencanto en una relación larga, una balada pop donde destaca el elegante descenso de la voz hacia el estribillo y esos repuntes metálicos, que se elevan, como es tradición, en el puente:

“When you resist me, hon’, I cease to exist
Because I only like the way I look when looking through your eyes
And when you come back
You commemorate the penetration of the sun into the deep, dark sky”

A través estos dos ejes temáticos, encontramos esa habitual vulnerabilidad que se refugia en la poesía y el humor, pero esta vez la actitud es mucho más dura y directa. Tres canciones del álbum destacan especialmente por la simplicidad del contenido y la inmediatez de sus letras. Las tres líneas que se repiten en el estribillo de “Relay” (“Evil is a relay sport/When the one who’s burned / Turns to pass the torch”) vienen de sus cuadernos de la adolescencia, pero entonadas sobre este ritmo tribal con inmersiones en el rock clásico, suenan más bien como una reflexión amarga de la madurez. No obstante, Fiona ya no tiembla ante esta sistematización del odio. Tal y como canta a lo largo de “Under the Table”, un tema que alterna una diatriba jazz con una marcha militar:

“I would beg to disagree
But begging disagrees with me
I would beg to disagree
But begging disagrees with me”

De dentro afuera

Fetch the Bolt Cutters quizá no sea un disco perfecto ni un manifiesto político, pero Fiona consigue un trabajo admirable guiándose por un estilo propio hacia la experimentación con el ritmo y el lenguaje, a la vez que construye un discurso vibrante y comprometido.

Sin perder un ápice de energía, el álbum termina por el principio: “On I Go”, la primera canción que Fiona compuso en 2015, no se escucha con la misma entrega que las anteriores, quizá por su ritmo rápido y el exasperante número de repeticiones del estribillo. Por otra parte, tal vez una de las claves del álbum esté en el momento en el que deja caer ese “ah fuck shit” cuando su voz pierde el compás; porque eso es el ritmo para Fiona, toda esa vida que a veces se escapa mientras intentas hacerte a ella, y que sólo a veces puedes intentar seguir más de cerca, como de dentro afuera.

No es fácil valorar un álbum cuando este recibe, el mismo día que se publica, un 10 de Pitchfork, junto con una flamante bandera feminista. En este sentido, no creo que Fetch the Bolt Cutters sea un trabajo perfecto ni que Fiona asuma otra responsabilidad que la de ser consciente de su posición y su experiencia dentro de todas las mujeres. No sabría decir si todo lo que incluye es imprescindible, tantos cambios de ritmo bruscos, tantos puentes abruptos, o esos outros que surgen de repente cuando creías que la canción había terminado, pero admiro esa síntesis del jazz-rock que ya dominaba y su fabricación desde cero de un ritmo propio mucho más ágil; y, como siempre, admiro la experimentación con imágenes y ruido en sus letras, cómo su voz fluye y se atasca pero continua, atreviéndose a dejar atrás el intimismo y se abre hacia la crítica constructiva y hacia otro tipo de relaciones y alianzas.

Dicho esto, tampoco creo que valorar un álbum deba basarse en rastrear sus idas de olla y analizarlas según lo que transmitan en función de lo que se lleva en “la escena”, o de lo que ha hecho antes el artista, o de lo cómo le ha ido en la vida — algo que nunca queda al margen de la obra, sobre todo en el caso de las artistas femeninas. De lo que estoy segura es que Fiona ha visto venir de lejos toda esta maquinaria crítica y ha sabido escapar haciendo lo que ha querido y sin duda, una vez más, diciendo lo que tenía que decir.

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