The Strokes

The Strokes –
The New Abnormal

Tratando de achicar toda la morralla generada fruto de la larga espera y en general de las expectativas que suscita siempre una banda de esta talla, podemos afirmar que The Strokes siguen en plena forma. Afrontando, eso sí, las circunstancias que ahora les ocupan, y canalizando todo su potencial hacia un discurso más centrado en todas esas crisis que no se pueden obviar.

Pues nada, ya les tenemos de vuelta. Parece una eternidad cuando mencionamos los siete años que han pasado desde Comedown Machine (2013), pero lo cierto es que los Strokes han continuado estando ahí, demostrando que son artistas de los buenos, no mera comida rápida para un mercado cada vez más intransigente. Eso sí, no es oro todo lo que reluce, y el aura de deidades adquirido se venía abajo al ver a sus principales baluartes creativos retomar sus proyectos al margen de la banda. Albert Hammond hijo dio a luz dos nuevos discos bastante interesantes, y Julian se volcó en la creación y posterior desarrollo de The Voidz al ver que el trabajo como conjunto no carburaba como debía. Sí que llegamos a ver, sin embargo, un EP en 2016 bajo la firma Strokes, muestra de que no estaba todo perdido, aunque las críticas no fueron para nada positivas (joder, ¿y qué pasa con el temazo que es “Oblivius”?).

En esencia, todo parecía un poco cogido con pinzas, alimentado además con las constantes declaraciones de Julian sobre que el grupo nunca había sido su prioridad, al no sentirse pleno a la hora de dar rienda suelta a sus inquietudes. La historia de siempre con las bandas históricas, tarde o temprano les llega el momento en que las propias mentes creativas acaban autodestruyéndose fruto del flujo constante de dramas que necesitan para dar forma a su música. Gracias a Dios, parece que de momento ese no es el caso de los Strokes.

Tras siete largos años, The Strokes están de vuelta

Los neoyorquinos han recuperado su sonido original, que se echó algo en falta en 2013, y además lo han conseguido casar muy bien con la situación actual y la crisis de madurez que atraviesa su líder, el encargado al final de que las canciones cuenten algo.

Pese a que sigan pareciendo estrellas adolescentes cuando uno les ve en fotos promocionales, lo cierto es que estos tíos llevan ya veinte años de carrera, entrados en la cuarentena, y The New Abnormal (2020) es el sexto álbum de estudio de la banda. Y, aunque este reencuentro después de tanto tiempo deje traslucir de todo menos una historia feliz de colegas que se echan unas risas encima del escenario, lo cierto es que han conseguido dar forma a un disco bastante majo.

Lo primero de todo, han recuperado el sonido original de la banda, que se echó algo en falta en 2013, pero es que además lo han conseguido casar muy bien con la situación actual y la crisis de madurez que atraviesa su líder, el encargado al final de que las canciones cuenten algo. Esto se nota en que, por primera vez, no nos encontramos con ningún hitazo, de esos que van directos al remanente colectivo y entran seas quien seas y escuches lo que escuches; más bien lo que se presenta aquí es una densa marea formada por medios tiempos bastante extensos que, eso sí, nos van llevando de la mano por un amplio espectro sonoro. Han tenido el detalle también de reducir semejante tracklist a nueve canciones, para que no nos suponga toda la cuarentena captar el mensaje.

En fin, que a su inconfundible fuzz y los conversadores riffs a dos guitarras característicos se ha sumado la electrónica progresiva y metálica de The Voidz, la notable mejora de la elástica voz de Julian, y un discurso doloroso sobre la soledad y la desromantización. Puede que más plano, pero desde luego más rico. Y sí, creo que si este disco ha salido adelante, es gracias al señor Casablancas.

Fotografía: Jason McDonald

Ya no somos aquellos chavales de hace veinte años

Por primera vez no nos encontramos con ningún hitazo de esos que van directos al remanente colectivo; más bien lo que se presenta aquí es una densa marea formada por medios tiempos bastante extensos que, eso sí, nos van llevando de la mano por un amplio espectro sonoro.

Se podía esperar cualquier cosa del contenido atendiendo a los singles. “At the Door” se trataba de una canción inquietante, con ausencia total de percusión y un potente y marcado sintetizador apuntalando los versos. Por el contrario, en “Bad Decisions” lo único que se oye es la batería, recurriendo a una fórmula más convencional y atractiva de hacer rock. En última instancia, “Brooklyn Bridge to Chorus” nos recordaba un par de días antes del lanzamiento que seguían siendo ellos y que, a día de hoy, hay únicamente dos o tres bandas en el espectro rock capaces de fabricar semejantes temazos. Ahí están los tres puntales del disco, esta gente va al grano.

Y por fin, tras esperar los últimos minutos antes de la medianoche del diez de abril, le damos al disco en Spotify y lo primero que nos encontramos es “The Adults Are Talking”. Alguno que otro ya la habíamos escuchado de aquella manera a través de los vídeos grabados en algún directo donde la tocaron el año pasado a modo de sorpresa, pero no es lo mismo que disfrutarla con todo detalle. Es una canción al uso de estos chavales, con riffs inquisitivos y una gran sección rítmica, pero con la novedad de que todo suena de un modo minimalista, lejano. El resultado parece querer decir que la crítica social que aborda, sobre la falsa madurez de ciertos sectores adultos, puede que haya empapado a todos, y que al final nuestro egoísmo nos priva a todos de la capacidad de pensar o escuchar al prójimo.

Selfless” es el primer medio tiempo del disco, apoyado en una batería esquiva por donde surfean los punteos de guitarra y cuya letra despide un olor a viejo, desgastado. Curioso que un canto a la imperfección y la resignación a la búsqueda de sentido sea entonado con tal virtuosismo; Julian hace lo que quiere con la voz en este corte.

En cada rincón podemos encontrar la esencia de Julian

A su inconfundible fuzz y los conversadores riffs a dos guitarras característicos se ha sumado la electrónica progresiva y metálica de The Voidz, la notable mejora de la elástica voz de Julian, y un discurso doloroso sobre la soledad y la desromantización.

Les llega el turno a los dos singles con más gancho, situados al principio con toda probabilidad para levantar los ánimos y recargar las pilas lo suficiente como para llegar hasta el final. “Brooklyn Bridge to Chorus”, al margen de lo que ya dijimos antes, se erige sin lugar a dudas como el hit absoluto del disco. Al omnipresente órgano ochentero se le suma el epicentro del sentimiento de soledad y resignación del que hace gala el álbum. Un Julian que toma los mandos para reconocer que nadie le busca, y que “cuánto más profundo se vuelve, menos sabe”. En esencia, que hay algo que no cuadra entre uno mismo y los demás. Entrando también en materia sonora y formal, la canción nos remite directamente a la joya de disco en solitario que Julian sacó en 2009 (escuchad “11th Dimension” o “Left & Right In The Dark”), y llama la atención la estructura, donde el puente entra de manera intercalada, antes o después del estribillo, dependiendo del momento.

Por otro lado, “Bad Decisions” se apoya en la percusión y en una cadencia vocal tomada del “Dancing With Myself” de Billy Idol (convenientemente citados en los créditos) para caldear un poco los ánimos y amenizar a los que vinieron aquí con prisas.

Abordando la madurez sin renunciar a la marca personal

Guiados por un Julian Casablancas en estado de gracia, los Strokes han regresado para ofrecernos un disco maduro, más denso de lo habitual, pero manteniendo la esencia que un día les convirtió en profetas del nuevo rock.

En “Eternal Summer” nos topamos con la pista más larga del disco, justo en su ecuador. El inicio, de cariz tropical, pronto deviene en un punteo seco y un tinte ochentero que invita al hedonismo despreocupado en estos tiempos de mierda. Ojo al muro noise final. Y tras la ya comentada “At The Door”, llega el denso pero no poco interesante final. “Why Are Sunday’s So Depressing” fluye con la fórmula The Strokes reposada al máximo y un empaste perfecto de elementos. Se oye el bajo por primera vez y continúa la riqueza vocal de Julian, que sigue adoleciendo la falta de amigos, pareja y gente estimada en general (no olvidemos que se divorció de su mujer el pasado año).

Y, rompiendo de una forma algo menos habitual, nos cuelan una balada crooner como “Not The Same Anymore”, bastante apropiada para la tesitura que nos ocupa. Nada de florituras típicas del género, se apañan con lo suyo. Ahora, por fin, admite el cambio en uno mismo, la incomprensión y la imposibilidad de encajar siempre con todo porque sí (le dice a su receptor que funciona mejor como ventana que como puerta: sólo muestra las cosas, pero nunca da paso a otro estado).

Y, por fin, llegamos al epílogo, de nombre “Ode to the Mets”. Los Mets, sí, son el equipo de baseball de New York; del que Julian es fan acérrimo y que, haciendo paralelismos, sería una especie de Deportivo de La Coruña, un grande venido a menos. Es, efectivamente, una última reflexión sobre los tiempos vividos, la erosión a la que somete el paso de los años, y lo que queda, esas circunstancias con las que ahora hemos de lidiar. Un asunto que nos deja un tanto fríos, resignados, pero que cuanto antes aceptemos, mejor nos veremos preparados para afrontar y seguir adelante en la siempre penosa, aunque en ocasiones maravillosa, existencia.

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