The Men

The Men –
Mercy

Ecos de Neil Young y baladas íntimas nutren esta nueva entrega del cuarteto neoyorquino. Mientras que las más reposadas despiertan sentimientos taciturnos perfectamente ensamblados a través de la resquebrajada voz de Chiericozzi y la instrumentación minimalista, las más cañeras sólo pasan por ser un fútil simulacro del rock norteamericano de los años setenta.

Era 1971. Un tipo rubio canadiense con cara de pocos amigos llegaba a Nashville para participar en el mítico programa musical The Johnny Cash Show. Como todos los folkies de su época, apareció con su inseparable guitarra acústica y una vieja armónica. Al acabar su actuación, un productor llamado Elliot Mazer le invitó a cenar. Bebieron vino y fumaron marihuana. Hablaron de la situación política del país y de las sensaciones que le apremiaban al artista al estar de vuelta en aquella remota ciudad del centro de Estados Unidos. Antes de que el reloj diera la medianoche, ambos se subirían a un coche que les llevaría a un destartalado granjero donde había un estudio de grabación. Aquel artesano de canciones, venido de lejanas tierras septentrionales, no era otro que Neil Young, quien estaba destinado a fabricar uno de los mejores álbumes de la historia del rock americano.

Harvest, lanzado en 1972, estaría llamado a ser el mejor disco del canadiense, con el permiso de After the Gold Rush (1970) o Tonight’s the Night (1975). La diferencia con estas dos obras maestras es que, al margen de la tremenda colección de hits que en él figuran (clásicos de la música norteamericana como “Heart of Gold” o “The Needle and the Damage Done”), es su rústico sonido, interpretado del tirón en riguroso directo, con el crujir de las maderas viejas de ese granjero de telón de fondo; todo gracias a que se utilizaron los mínimos recursos para su grabación: los músicos tocaron sin auriculares, por lo que cada micrófono captaba el sonido del resto de instrumentos. Esto, además de la calidad de sus composiciones, es lo que hacen ocupar a Harvest un lugar único en la historia de la música.

De lo más crudo a lo más reposado

The Men regresan con un disco híbrido entre la balada y el rock psicodélico improvisado que nos retrotrae al Harvest de Neil Young.

Casi cincuenta años más tarde, nos llega una nueva entrega de una banda que ha pasado a ser un clásico en la escena underground estadounidense. Se trata de The Men, un conjunto musical poliédrico que comenzó un proyecto salvaje de noise-rock con uno de los mejores álbumes de la pasada década, a juicio de un servidor: Leave Home (2011) es, sin duda, la mejor herencia de grupos como Fugazi, Sonic Youth, Spacemen 3 o The Velvet Underground en el siglo XXI. Ahí figuraba uno de los cortes más brutos y descarnados de la historia, ese “L.A.D.O.C.H.”, un pozo de nihilismo y ultratumba sobre el que Mark Perro aullaba: “The bringer of everything, nothing is here to stay”.

Tan solo un año después, daban un revulsivo cambio a su estilo, transformando esas canciones infernales en virajes hacia el surf y el country-rock. Open Your Heart (2012) les otorgó el respaldo de la crítica, pero su evolución no se vio completada hasta ese fantástico Tomorrow’s Hits (2014) en el que firmaron algunos de los mejores temas de simple y llano rock and roll de los últimos años. Ahora, en este 2020, regresan con un disco híbrido entre la balada y el rock psicodélico improvisado que nos retrotrae al Harvest, del que hablábamos antes. En apenas siete canciones, The Men entregan un álbum continuista pero determinante, que sigue la estela de Drift (2018) pero incluyendo como novedad ese regreso a la música ácida de los primeros setenta de los Crazy Horse, Jefferson Airplane, Crosby, Still & Nash o, incluso, The Doors.

Fotografía: Promo

Un álbum para todos los melómanos del mundo

Mercy sigue la estela de Drift (2018), pero incluyendo como novedad ese regreso a la música ácida de los primeros setenta de los Crazy Horse, Jefferson Airplane, Crosby, Still & Nash o, incluso, The Doors.

La primera escucha deja una sensación un poco fría, pero a partir de la segunda va ganando peso. En general, Mercy enamora en sus partes acústicas mientras que en su vertiente más eléctrica llega a resultar un mero simulacro de todo lo que hicieron esos tótems sagrados del rock and roll de los primeros setenta. Esto se comprueba en su canción más larga, de tintes edípicos: “Wading in Dirty Water”, con un riff que perfectamente podrían haber robado a Neil Young y sus Locos Caballos. La ecualización de la guitarra en el solo también nos retrotraen a Psychedelic Pill (2012), una de las últimas obras del canadiense. Diez minutos para un tema que ni comienza ni acaba, y que parece salir de la más pura improvisación del estudio.

En la misma línea, “Children All Over the World” dibuja esquemas similares, pero esta vez tomando el enfoque más de Pink Floyd, con esa ecualización de guitarra a lo Waters. De ahí que nos cree la impresión de haberla oído doscientas veces en las radiofórmulas y que parezca que no aporta nada nuevo dentro del disco.

Pero antes se encuentra “Cool Water”, escogida para abrir el álbum, en la cual se podrían quedar a vivir para siempre todos los melómanos del mundo a causa de su embrujo pastoril y aire taciturno. En cierta medida, el sonido recuerda a los discos de Dylan del fin del milenio, como Time Out of Mind (1997). Una delicia para degustar con un buen vino al filo del anochecer.

Delicadeza para estados taciturnos de conciencia

No hay nada que haga tanto ruido dentro de nosotros mismos que unos acordes de piano o guitarra acompañados de una voz resquebrajada como la de Chiericozzi.

Como Fallin’ Thru”, una minimalista pieza de piano compuesta a partir de tan sólo cuatro acordes de extrema delicadeza que arrebata el corazón con simplemente oír los primeros segundos de la voz resquebrajada y rasgada de Nick Chiericozzi. Ideal para una noche romántica en la que bailar al son de la luz de unas velas, o bien para pensar en la fugacidad del amor y la vida, cualquier pensamiento profundo es bienvenido. Hay que ver cómo nos ponen de intensos Los Hombres, cuando hace apenas una década desbordaban caos y destrucción por los cuatro costados; algo que se puede comprobar nada más poner una oreja en Hated (2008-2011), el álbum recopilatorio lanzado el año pasado que recoge sus cruentos inicios, con una actitud tan flageladora y autodestructiva que ni el mismísimo G. G. Allin.

Algo de ese pasado queda recogido en “Breeze”, la canción más punk-rock de todo el conjunto, donde esta vez parecen mirar hacia Thurston Moore y sus frenéticos riffs en los Sonic Youth de Sister (1987) o Daydream Nation (1988). Quizás para demostrar que, a pesar de que están más serenos (y sobrios) que nunca, todavía sienten esa pulsión por el vértigo y la velocidad. “Call the Dr.”, por su parte, es un country en pura esencia que conecta con el bluegrass. Más nostalgia por el sur que a estas alturas solo puede generar sensación de conformismo.

El cierre del álbum, sin embargo, no podía ser mejor: Chiericozzi vuelve al micrófono para entregarnos una arrebatadora balada que da nombre al disco. “Mercy” llega a lo más profundo del alma al hablarnos desde la más tibia intimidad, casi susurrándonos al oído, sobre ese momento final que nos espera a todos los seres humanos.

“Give me peace in my death
Mercy breathing in my last breah
I’m afraid I’m just like all the rest
I need Mercy at the hour of my death”

En definitiva, Mercy captura una atmósfera lánguida y nostálgica que, de no ser por las pretensiones de querer sonar como los grupos de hace cincuenta años, habría sido una obra maestra enmarcada en todos esos grandes discos acústicos de baladas susurrantes sobre las que meditar acerca de nuestro pasado y porvenir, y que reflejan un hondo sentimiento de soledad. De ahí que la apuesta en sus partes más taciturnas sea la de una instrumentación simple y minimalista, mostrando el aislamiento de la voz, pues no hay nada que haga tanto ruido ahí dentro que unos acordes de piano o guitarra acompañados de una voz resquebrajada como la de Chiericozzi.

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