Brian Fallon

Brian Fallon –
Local Honey

Pobre Brian Fallon: mal que le pese no dejará nunca de ser el ex-Gaslight Anthem. Sin embargo, él parece cómodo en su papel de trovador atormentado; tan cómodo que en vez de evitar el aura de irrelevancia que irradia todo el conjunto, parece revolcarse en ella.

La Historia juzgará a The Gaslight Anthem por el daño ocasionado al romantizar la imagen del antihéroe post-post-hardcore de alma torturada por dentro, y por fuera cubierto de tatuajes hasta los nudillos, con chaqueta vaquera, gorra de camionero (o gorro de lana en su defecto), Vans o Converse desgastadas y un pitillo eternamente encendido. Y una mirada ausente, como de perrillo abandonado en gasolinera, clavada en el horizonte por donde su amada, normalmente llamada Janie o Maya, se aleja sin mirar atrás.

Una generación de chavales marcados a fuego por ese arquetipo a los que de aquello sólo les quedan unas All Star roñosas y los discos tristes que cada dos años entrega religiosamente Brian Fallon, ahora en solitario. El primero, Painkillers, fue un alivio con respecto a aquella nefasta despedida de la banda que solía liderar. El segundo, Sleepwalkers, una recaída en los errores de aquel Get Hurt y otros nuevos, como intentar abarcar más de lo que podía guiñándole un ojo al mainstream a costa de perder autenticidad.

Expectativas (no muy) grandes

Con esa errática trayectoria llegamos a su tercer trabajo, sin saber qué esperar a estas alturas del señor Fallon. ¿Volverá al redil del post-hardcore emocional de su banda original? ¿O por el contrario seguirá los pasos hacia la irrelevancia pop de su colega Frank Turner? ¿Hay una tercera vía en forma de folk reposado y cimentado en su icónica voz que le pueda redimir? La respuesta hay que buscarla, evidentemente, en sus canciones.

Fotografía: Press

Disparando sin apuntar se falla más que se acierta

Con Painkillers, Fallon demostró que no es necesario sacar discos grises abonados a la tristeza como baza barata para tocar la fibra. Aquí, sin embargo, se tira a la lágrima fácil sin justificación aparente.

La primera, “When You’re Ready”, se la dedica a su hija. El cambio de tema con respecto a su tipiquísima historia de amor romántico nostálgico es casi lo único novedoso del tema, que apenas aporta pistas sobre la nueva dirección de Fallon. Le siguen “21 Days”, que parece apuntar de nuevo hacia el pop radiofónico con poca fortuna y poca alma, y la inane “Vincent”. 

Sube el nivel gracias al tramo formado por “I Don’t Mind (If I’m With You)”, con una sorprendente base minimalista con arreglos más experimentales, casi a lo Bon Iver, y “Lonely for You Only”, que abre las ventanas y airea la habitación. La excepción a la regla de melancolía que rige este disco.

Brian Fallon siempre ha sido un ejemplo perfecto de “intensito”, pero en Painkillers demostró que eso no implica necesariamente sacar discos grises abonados a la tristeza como baza barata para tocar la fibra. En este álbum, no obstante, parece haberse olvidado de aquella lección y se tira a la lágrima fácil sin justificación aparente.

Aunque no lo parezca, lo siguiente lo digo desde el respeto. Pero cuando pienso en Fallon como un meme andante lo digo porque, si no, no se explican letras como “She calls me ‘baby’ like an old romantic” (¿de quién está hablando si no es de él mismo?). Al final, el de New Jersey ha jugado la misma carta de la intensidad toda su vida, pero normalmente no lo hacía acompañando a un material flácido y sin sabor como el que en buena parte compone este álbum. Para terminar, “You Have Stolen my Heart” nos muestra a Fallon en un registro vocal que no le conocíamos, y sirve para engañarnos un poco y mejorar ligeramente la sensación que había dejado Sleepwalkers. Pero no lo suficiente.

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