The Weeknd

The Weeknd –
After Hours

Abel Tesfaye sangra de todas sus heridas en un disco que sigue avanzando por los territorios de electrónica oscura abiertos por Gesaffelstein pero esta vez con un landscape más experimental de la mano de Oneohtrix Point Never, que retiene su accesibilidad pop junto a Max Martin y la pegada de Metro Boomin y que parece incluso recuperar, gracias a Illangelo, las atmósferas de Trilogy.

Bienvenida seas, tristeza. The Weeknd, por fin, empieza a disfrutarte, a saborearte lento. Empieza a relamerse las heridas provocadas por modelos y superestrellas como Bella Hadid y Selena Gomez, por su propia intensidad y por su abusivo consumo de cocaína (acordarse de aquel “I can’t feel my face when I’m with you, but I like it”), que ya no le quita el sueño de gira pero sí para sus noches de desvarío creativo. Empieza a volver a sentirse a gusto en la soledad y a reconocer sus propios errores. De hecho, el álbum va con una declaración de intenciones por delante: “Alone Again”.

Un viaje carpenteriano y retrowave

El canadiense sigue sigue adentrándose en territorios más electrónicos y planteando nuevos escenarios, aunque sin llegar a darnos una verdadera sensación de ruptura con su sonido de raíz.

Tesfaye regresa con plenitud a su estado natural, la tristeza, la angustia romántica kierkegaardiana tras los excesos de brillo de Starboy. Regresa a los territorios oscuros y ominosos que ya había empezado a explorar de la mano de Gesaffelstein en My Dear Melancholy, pero sin darnos la sensación de purga, de expiación. Aquí Tesfaye se siente bien y lo demuestra, por eso esboza esa mueca con superioridad en la portada, pese a la paliza. Se recrea en su soledad y en su amargura. Y, pese a alguna falta de cohesión y de narrativa, vuelve a entregar un trabajo notable, que sigue adentrándose en territorios más electrónicos aunque sin llegar a darnos una verdadera sensación de ruptura con su sonido de raíz y que estira el hilo retrowave abierto con Gesaffelstein, pero que también plantea nuevos escenarios de la mano de Oneohtrix Point Never.

Fotografía: Duncan Loudon

Arrepentimiento y la aceptación

Tesfaye se siente bien y lo demuestra, por eso esboza esa mueca con superioridad en la portada, pese a la paliza. Se recrea en su soledad y en su amargura. Y, pese a alguna falta de cohesión y de narrativa, vuelve a entregar un trabajo notable.

De todo esto podemos percatarnos escuchando el tema de apertura (la mencionada “Alone Again”), que incluso deja una pequeña aproximación lumínica al nuevo pop, o la siguiente “Too Late”, que sigue insistiendo en esos sintetizadores retro à la Carpenter mientras que, por su parte, continúa la línea UK garage, post-dubstep que veíamos, por ejemplo, en “Wasted Times”.

Mientras estos temas sirven más como intro en lo instrumental, “Hardest To Love” llega para marcar el tono lírico del disco: el arrepentimiento, de algún modo, el reconocimiento por parte de Tesfaye de la propia culpa en el tortuoso devenir de una relación. Y, cómo no, su relación con las drogas. En lo sonoro supone un pequeño giro al asentarse sobre una base de liquid drum & bass. Realmente, “Scared To Live” y “Snowchild”, mucho más atmosféricas, con ese landscape electrónico de sintetizadores láser, sirven al mismo propósito lírico. La primera interpola el “Your Song” de Elton John y se construye como uno de esos baladones con sabor a Michael Jackson; la otra coge más la forma de un rap melódico para dar la lata con su estilado de vida y con que ha “dejado” la cocaína (“Cali was the mission but now a nigga leaving”).

Escape From LA” parece venir a clausurar la primera sección del disco entre acusaciones de infidelidad y un tono más condescendiente, a la vez que acentúa la oscuridad carpenteriana (el tema en sí mismo es un homenaje a la película del mismo nombre del mítico director de terror) gracias a la intervención sublime de un Metro Boomin, de nuevo, en estado de gracia. 

La conversión del sonido Gesaffelstein en sonido OPN

Abel Tesfaye ha demostrado que puede seguir dibujando álbumes que son más viajes o experiencias, que puede firmar un disco de synthwave retro ligeramente experimental y seguir sonando al alcance de cualquiera, sin renunciar a su estatus de superestrella.

Hasta aquí, lo único que había desvelado The Weeknd de After Hours había sido la versión en directo de “Scared To Live” en Saturday Night Live, con Oneohtrix Point Never a los mandos. Ni un solo single en prácticamente toda la primera mitad del disco. Sólo la paulatina conversión del sonido Gesaffelstein en el sonido OPN, un OPN minimizado, adaptadísimo a los términos musicales del mainstream, de un The Weeknd que haga lo que haga seguirá dominando el mundo masculino del streaming con permiso de Bieber y Sheeran. Aunque Daniel Lopatin sólo aparezca en los créditos como uno de los compositores de “Scared To Live” y en la producción de un par de temas del último tramo (el interludio final “Repeat After Me” y la clausura “Until I Bleed Out”), hay algo de él y de su forma de configurar los sintes por todo After Hours.

De hecho, era difícil imaginarse el sonido que finalmente presenta el disco atendiendo a los adelantos desvelados. “Heartless”, con la mano de gracia de nuevo de Metro Boomin diseñando una espectacular, tenebrosa y amenazadora base de trap fractal, es a todas luces una continuación de la coma de My Dear Melancholy,. Y la descomunal “Blinding Lights”, seguramente la canción más memorable del disco y su buque insignia indiscutible, con su riffazo de teclado y su estribillo inmaculado, con sus referencias a Sin City y su beat recreando el “Take On Me” de a-ha (y hasta con su gallo sin cortar; en el 2:35), traduce el synth-pop de Starboy al retrowave de aquel EP y de este nuevo trabajo, sin olvidarse del italo de los setenta o del nu-disco ochentero (no es raro que en la versión deluxe de After Hours aparezca un remix del tema junto a Chromatics).

Entre ellas se sitúa otro de los trallazos, “Faith”, también producida junto a Metro y con una de las bases sintéticas más secas y oscuras, con ese insistente bajo trémulo e inversivo, su guiñito a R.E.M. y su colisión final en forma de outro para, de alguna manera, invitar a la segunda mitad del largo. 

Experimentación sintética y accesibilidad pop

Tras un viaje emocionante y pulsante, sólo queda desear que el mensaje no se quede en metáfora y amplíe la narrativa, y que lo que veamos renacer tras After Hours sea el The Weeknd original, el de la accesible tristeza experimental de Trilogy, lejos de la supernova lumínica de Starboy.

In Your Eyes”, después, sigue de algún modo la vía de “Blinding Lights” con ese fuerte gusto al italodisco y a Chromatics y la vocación de single pop, trazándolo de alguna manera con el sonido de Starboy (“I Feel It Coming” especialmente) y agregándole una outro de saxo que no puede ser más ochentera. Y la misma línea recorre “Save Your Tears”, también muy Chromatics pero también muy hit de club pop escondido, con una base entre ochentas duros, EDM 2010 y los últimos Tame Impala y hasta vocoders à la Daft Punk. Es curioso, porque Kevin Parker no participa en modo alguno en esta canción pero sí lo hace en la que la sucede, el interludio “Repeat After Me”, confeccionado junto a Oneohtrix Point Never con ese vibe de abstracción pop-soul piscodélica que tanto le gusta y que le podría haber encajado hasta a Rihanna.

Supone la preparación para la epopéyica “After Hours”, que parte de un beat post-club que recuerda muchísimo al “Territory” de The Blaze (y en general a su sonido signatura; tampoco es raro aquí que en la versión deluxe aparezca remezclada por los propios The Blaze) y que se traslada a los territorios de electrónica oscura de Gesaffelstein gracias a interpolar también las bases tenebrosas de “OPR” e incluso se acerca a guiñar a Justin Bieber y Skrillex en “Where Are Ü Now”. 

Después de un disco entero sangrando excusas, The Weeknd se queda sin sangre y desfallece en la oscura “Until I Bleed Out” mientras OPN hace colisionar sintetizadores en el cielo y narra su tormento y su muerte. Tras un viaje emocionante y pulsante, sólo queda desear que el mensaje no se quede en metáfora y amplíe la narrativa, y que lo que veamos renacer tras After Hours sea el The Weeknd original, el de la accesible tristeza experimental de Trilogy, lejos de la supernova lumínica de Starboy. Esta vez, aún sin la deconstrucción, Abel Tesfaye ha demostrado que puede seguir dibujando álbumes que son más viajes o experiencias, que puede firmar un disco de synthwave retro ligeramente experimental y seguir sonando al alcance de cualquiera, sin renunciar a su estatus de superestrella.

Bienvenida seas, tristeza. The Weeknd, por fin, empieza a disfrutarte.

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