Radiohead

Radiohead –
The Bends

Aunque las altísimas cotas alcanzadas por la banda con el tiempo lo han hecho parecer un trabajo algo menos valioso, no hay que dejar de reivindicar The Bends como lo que es: un disco de rock lleno de canciones enormes que sirven como introducción perfecta para los que siempre han tenido miedo de acercarse a Radiohead y que, veinticinco años después, no han perdido un ápice de fuerza, emoción ni frescura.

Creo que Radiohead son el ejemplo perfecto de por qué muchas veces es mejor empezar a escuchar una banda por el principio en lugar de por sus últimos discos o por los más aclamados. Seguramente en este último caso puedas disfrutarlos, pero escuchar el último trabajo de bandas como esta, que nunca dejan de dar pasos de gigante de un álbum a otro, suele ser, como poco, desconcertante.

Fueron bastantes los intentos que di al quinteto de Oxford cuando era adolescente a ver si conseguía engancharme a ellos y entender por qué a algunos amigos les gustaba tanto. Porque sí, admito que, siendo actualmente una de mis tres o cuatro bandas preferidas de todos los tiempos, no fue un amor a primera vista (ni mucho menos). Radiohead de primeras no me entraban. Era joven, venía del rock clásico y meterme en canciones como las de Kid A (2000) o In Rainbows (2007), que ahora escucho como si tal cosa, se me antojaba imposible en aquel momento. Todo era demasiado raro y nuevo para mí, y sencillamente no entendía la magia que hacía tan especial a los Radiocabeza. Hasta que alguien me recomendó que escuchase The Bends (1995). Fue entonces cuando todo hizo click.

Quiero y no puedo (porque no me dejan)

La presión por tener que repetir el éxito de “Creep” y las giras provocaron grandes crisis en el seno de Radiohead, quienes querían tomar otra dirección, madurar su sonido y centrarse en hacer buenas canciones sin importar si podían sonar en la radio.

Todos conocemos de sobra la historia de Thom Yorke y los suyos. Sacan un Pablo Honey en 1993 con canciones correctas y un hitazo muy gordo como “Creep” y su discográfica, EMI, intenta convertirlos a toda costa en el nuevo fenómeno del rock, los nuevos Nirvana. Por desgracia para la compañía, el grupo tenía intenciones muy distintas. La presión del éxito y las giras provocaron grandes crisis en el seno de Radiohead, quienes querían tomar otra dirección, madurar su sonido y centrarse en hacer buenas canciones sin importar si podían colarse en la radio.

A los de EMI esto no les hizo ninguna gracia y cuando iban a las sesiones de grabación con John Leckie (Nigel Godrich ya andaba por ahí de ingeniero de sonido e incluso produjo “Bones”), les preocupaba enormemente no escuchar nada remotamente parecido a “Creep” e intentaban presionar al grupo para que hiciesen algo que pudiese mantenerlos en boga. Tanto es así que la versión del álbum que acabaría viendo la luz no sería la de John Leckie, sino una remezcla hecha por los productores de Pablo Honey con la intención de conseguir un sonido más americano viendo el éxito que habían conseguido allí.

Fotografía: Jay Blakesberg

Doce canciones incontestables

Hoy en día y a pesar de su clara evolución respecto al debut, The Bends es casi más un disco de transición que de confirmación.

Esta es una de las razones por las que, hoy en día y a pesar de su clara evolución respecto al debut, The Bends es casi más un disco de transición que de confirmación. Su grabación fue tan complicada y tan larga que la banda ni siquiera sentía que las canciones representaran ya el momento en el que se encontraban como grupo, teniendo que ceder ante EMI al incluir esa “High And Dry” debido a que era la única con potencial de hit para la radio pese a que ellos no querían meterla por sonar demasiado radio-friendly y ser un tema bastante anterior (se grabó en 1993). De hecho, los de EMI nunca volverían a salirse con la suya y cuando publicaron OK Computer (1997) canciones como “Lift” o “I Promise” se quedaron fuera.

Pero vamos a lo que nos ocupa. Como decía antes, The Bends fue el disco que me hizo conectar y enamorarme de Radiohead, el que después me ayudó a entender por qué son una de las bandas más grandes, únicas y revolucionarias de la historia del rock y, hasta la fecha de hoy, una de mis colecciones de canciones favoritas de todos los tiempos. Y, a pesar de no ser un disco tan rompedor como los que vendrían después y que por desgracia ha hecho que este acabe pareciendo un disco menor o algo menos reivindicado, no miento cuando digo que para mí es un digno candidato como mi trabajo favorito de la banda (creo que todos los fans de Radiohead somos incapaces de elegir uno solo y cambiamos dependiendo del día).

Desde ese excelente comienzo con una “Planet Telex” escrita una noche en la que la banda se emborrachó tanto que Thom Yorke grabó las voces tirado en el suelo, y que ya adelantaba sutilmente el sonido expansivo y electrónico que explotarían en OK Computer, hasta el cierre aparentemente descorazonador de “Street Spirit (Fade Out)”, que encuentra la respuesta al sinsentido de la vida en el amor con sus versos finales (“Immerse your soul in love”), no hay ni un solo momento en este álbum que no merezca la pena.

El disco idóneo para introducirse en su vasto universo

The Bends no es revolucionario en ningún sentido, pero sus melodías son tan buenas, sus clímax están tan bien construidos y sus guitarras son tan potentes que es imposible no amarlo.

Incluso las canciones que menos lucen en comparación con las demás, como esa “Sulk” escrita en respuesta a la masacre de Hungerford de 1987, o “Bullet Proof… I Wish I Was”, un canto al deseo de ser emocionalmente impenetrable, podrían ser los mejores singles que muchas bandas desearían haber tenido. Y, sin embargo, aquí son las que menos destacan al lado de momentos tan increíbles como la todavía fuertemente influida por el grunge de su debut “Bones”, esa “(Nice Dream)” que te mece suavemente y que te induce en un sueño donde alguien te ama y te cuida, o la desesperanzada “Black Star”, que con sus reminiscencias a grupos como R.E.M. habla sobre lo dura que es la presencia de una enfermedad mental en una relación de pareja no sólo para quien la padece, sino para quien tiene que cuidar de esa persona. No nos olvidemos tampoco de la mencionada “High And Dry”, realmente odiada por Thom Yorke y que muchos han considerado el germen de grupos como Coldplay o Muse debido a ese estribillo en falsete con las sílabas muy alargadas y melódicas, lo que la convirtieron en el single perfecto.

Pero si hay un puñado de canciones que para mí sobresalen por encima de todas las demás y que se encuentran entre mis favoritas de la banda (dejando a un lado las de intro y cierre que ya hemos mencionado), esas son, en orden de aparición, “The Bends”, “Fake Plastic Trees”, “Just” y “My Iron Lung”. La primera de ellas es un tema que ironiza sobre quiénes son tus verdaderos amigos y quiénes están ahí simplemente por la fama, mientras que “Just” habla de cómo a veces somos nosotros mismos los que nos herimos y nos ponemos barreras y de la frustración que añade el hecho de ser conscientes de ello.

My Iron Lung”, por su parte, es una metáfora de cómo “Creep” se convirtió en la canción que sostuvo financieramente a Radiohead y que los llevó al éxito, pero también de la presión que supuso en todos los sentidos. Estas tres siguen muy bien la típica secuencia loud-quiet-loud que tanto éxito tenía en los noventa y ofrecen momentos de verdadera embriagadez eléctrica, con guitarras mucho más trabajadas que en Pablo Honey y una conciencia mucho mayor por parte de los músicos de la banda, entre los que Thom adoptó el papel de guitarra rítmica, Jonny el de solista y Ed O’Brien se centró en efectos y arreglos.

La transición hacia la revolución

Da mucha ternura escuchar ahora The Bends y pensar que los que lo vivieron en el momento probablemente creyeron que esta era la cumbre del quinteto de Oxford. Qué equivocados estaban (afortunadamente).

Dejo “Fake Plastic Trees” para el final puesto que, en este caso, hablamos de una balada de esas que van de menos a  más hasta que explotan y te aplastan el corazón, acompañada además de un trío de cuerdas que le da ese carácter de canción de estadio. La letra en sí vuelve a uno de los temas más recurrentes de la banda, el sentirse fuera de lugar en un mundo alienado en el que todo parece carecer de alma o sentido alguno: “A green plastic watering can / for a fake Chinese rubber plant/ in a fake plastic earth”. Todo da un giro, por sorpresa, al final de la canción, cuando Thom declara que preferiría ser también un ente falso de plástico para así poder ser correspondido por la persona que le gusta y cumplir sus expectativas: “And if I could be who you wanted / if I could be who you wanted/ all te time/ all the time”. Destaca también por ser, según el propio Thom, la canción donde por fin encontró su propia voz y en la que perdió el miedo a cantar en falsete gracias a un concierto de Jeff Buckley que le provocó la necesidad de grabarla justo después debido al impacto y a la emoción que supuso ver al californiano.

Es innegable que The Bends no es revolucionario en ningún aspecto, que simplemente es un disco de rock con un puñado de canciones muy buenas, y que al lado de lo que la banda haría después se queda un par de peldaños por debajo, pero sus melodías son tan buenas, sus clímax están tan bien construidos y sus guitarras son tan potentes que es imposible no amarlo (mención aparte para su icónica portada y la multitud de memes que nos ha proporcionado a lo largo de los años).

Además de servir como una introducción perfecta para empezar a escuchar a Radiohead, es un disco al que da mucha ternura mirar y pensar que los que lo vivieron en el momento probablemente creyeron que esta era la cumbre del quinteto de Oxford. Qué equivocados estaban (afortunadamente).

error: ¡Contenido protegido!