King Princess

King Princess –
Cheap Queen

En su ambicioso debut, la cantautora e icono queer neoyorquina explora el lado más personal y divertido del pop a través de melodías que combinan bases acústicas y arreglos sintéticos, con su particular intuición, nostalgia y descaro. El resultado es un proyecto valiente, imperfecto pero equilibrado y que continúa creciendo.

Como es cada vez más típico entre los músicos pop de la generación Z, a Mikaela Straus a.k.a. King Princess el éxito la alcanzó como una flecha. Sus primeros singles, con una producción sencilla y una sintonía clásica y equilibrada, vieron la luz en 2018, seguidos de un EP algo más atrevido, Make my Bed. Un día Harry Styles la bendijo con unos cuantos miles de fans al tuitear un verso de “1950”, una balada pop sobre una noche de juerga neoyorquina que es, a la vez, la historia de amor secreto entre dos mujeres y sexo en moteles de carretera.

En menos de un año, Straus pasó de las emisoras de radio independientes a salas de medio mundo, volviendo a casa convertida en icono queer y artista de culto para algunos críticos. El pasado mes de octubre, la de Brooklyn debutó con Cheap Queen, un álbum amparado por Zelig Records, el sello de Mark Ronson, y al poco tiempo, también por las listas internacionales. Hace sólo una semana, Straus lanzó una versión deluxe con cinco canciones nuevas que expanden las fronteras de su imaginario personal hacia nuevas historias y géneros.

Fotografía: Vince Aung

Pop de autoexploración

El álbum fluye en una especie de laberinto emocional, adentrándose cada vez más en una sinergia entre la psicodelia y el pop acústico.

El trabajo de Straus oscila continuamente entre la fragilidad de una balada improvisada y la fuerza contenida de un single bedroom minimalista, desenfadado y furiosamente moderno. La apertura con “Tough on Myself” es una espontánea pero intensa declaración de principios con una energía bien repartida gracias la magia de los sintetizadores, el autotune, los coros y unas letras que consiguen sin esfuerzo sublimar lo cotidiano:

“You want that young love
Like passing me notes, hon’
That shit that you dream of
I’m just sitting at home
Smoking joints like it’s my job
‘Cause that’s what my dream was”

Desde el principio, el álbum fluye en una especie de laberinto emocional, adentrándose cada vez más en una sinergia entre la psicodelia y el pop acústico. En este viaje de autoexploración, Straus encuentra atajos en interludios que no siempre llegan a buen puerto, como la divertida pero cortante “Useless Phrases” o la elaborada pero fútil “Do You Wanna See me Crying?”.

La excepción es “Isabel’s Moment”, de apenas dos minutos de duración y cuya letra podría haber escrito en el trayecto de vuelta a casa, en ese estado emocional entre la culpabilidad y la autocompasión (“Maybe I’m dumb / But you can’t choose your love like a phone number / And I’m still trying to draw all the lines / Through my friends and my lovers”). El tema conmueve sin llegar a pesar, con esa actitud de desapego millennial, un control total de la pista vocal y un giro progresivo hacia el dream-pop en el outro con los coros de Tobias Jesso Jr. 

Las nuevas sinergias del pop

La fórmula de King Princess combina bases acústicas y sintetizadores, con una energía que evoca la subcultura queer, el soul-pop de los noventa y el grove urbano de los dos mil.

A medida que avanza, Straus complica a el juego entre las pistas acústicas y las sintéticas, así como el desarrollo de su voz. En “Cheap Queen” comienza cantando con un timbre desganado y sarcástico que oscila hacia un estribillo pop muy marcado, detrás de un efecto de piano y voces enlatadas que se repite en bucle. Inicialmente pensado como interludio y tributo al arte drag, este tema es ante todo un ejercicio de síntesis en el que explora a la vez todos sus recursos.

Como contrapunto, “Ain’t Together” propone una melodía de guitarras que se desvía a ratos hacia el folk para regresar a un pop más clásico a través de los puentes, mientras la voz de Straus se mantiene fuerte y serena. Otra canción sobre el dilema de no saber hasta qué punto estás o quieres estar con alguien, que supone un respiro acústico y que, sin duda, gusta más cuando descubres que Josh Tillman (a.k.a. Father John Misty) la acompaña a la batería.

También en clave acústica, “Homegirl” suena a ratos como uno de esos audios que sólo envías cuando estás borracho. La simplicidad de la melodía lleva nuestra atención a la voz de Straus, con esa aura atemporal de fragilidad y fortaleza inseparables, como un cruce entre Jeff Buckley y Judy Garland:

“Oh, I stare when you walk in the room
Like I’m scared to forget you
If you’re thinking that I’m gonna
Act like those boys, I would never”

Un brusco cambio de dirección

Con cinco nuevos temas, la versión deluxe de Cheap Queen parece un trabajo más adulto y ecléctico, pero no queda claro por qué la artista ha decidido alterar la estructura del álbum original.

Hacia el final del álbum, donde destacan temas como “Watching My Phone” y “Hit the Back”, Straus parece haber hecho suya una fórmula que combina una base acústica con una síntesis progresiva, un tono fluido, evocador y, sobre todo, una energía que invoca no sólo la subcultura musical queer, desde Rufus Wainwright a Hayley Kiyoko, sino también el soul pop de los noventa y el grove urbano de los dos mil.

Los cinco temas añadidos en la versión deluxe dan un nuevo giro álbum. En ella, Straus abraza de forma de forma definitiva la psicodelia y la sonoridad retro, explorando el terreno del hip-hop con “Back of a Cab” y “Forget About It”, y conquistando sin rodeos el del rock con sus delirantes solos de guitarra y amplificador en la ya clásica “Ohio”.

Bajo esta nueva atmósfera, Cheap Queen parece un trabajo más adulto, aunque no está claro si esta alteración en la estructura del álbum original se debe a una decisión artística o comercial. En cualquier caso, no hay duda de que la neoyorquina sigue creciendo rápido a base de un trabajo constante basado en el ensayo y error. Y ese es un juego en el que el coraje y la intuición siempre ganan.

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