Tame Impala

Tame Impala –
The Slow Rush

Cinco años después de conquistar a la prensa y al público con ese volantazo hacia el pop y el R&B que fue Currents, Kevin Parker continúa desafiando los límites de la neo-psicodelia con su trabajo más accesible y ligero hasta la fecha. The Slow Rush está cargado del funk y el soft-rock de los ochenta, ofreciéndonos un puñado de canciones que, si bien no sorprenden tanto de primeras, están más repletas de detalles y son más adictivas que nunca.

¿Dónde está la línea que separa el fanatismo de (si es que existe) la objetividad? ¿Hasta qué punto nos sigue gustando un artista porque poco a poco nos volvemos más abiertos de mente o, en cambio, porque estamos dispuestos a tragarnos cualquier cosa que nos lance por el cariño y la fidelidad que le profesamos? Son preguntas que seguramente más de uno se plantee cuando se dan casos como el de Tame Impala.

El proyecto personal de Kevin Parker nació con Innerspeaker (2010) como un revival del rock psicodélico sesentero al estilo Cream para acabar derivando en Currents (2015), esa locura neo-psicodélica bañada en sintetizadores e influencias del R&B que espantó a los más puristas y nos hizo cuestionarnos nuestros gustos a los más acérrimos de la banda. Cinco años después, llega The Slow Rush y la historia se repite: Kevin Parker no está dispuesto a dar su brazo a torcer por nadie, y quien todavía tuviera esperanzas de encontrar aquí la lisergia conducida por las guitarras se va a volver a dar el mismo batacazo que se pegó con Currents. Por otro lado, los que hemos ido apreciando cada vez más aquel trabajo volvemos a preguntarnos lo mismo, pero la verdad es que a estas alturas ya no importa lo más mínimo: The Slow Rush es un disco divertidísimo.

Hay una fiesta en mi cabeza y estáis todos invitados

The Slow Rush no dista tanto de Currents, pero, a la vez, es completamente diferente. El pop y los sintetizadores siguen predominando, el sonido sigue siendo tan hortera como actual y las guitarras brillan todavía más por su ausencia, pero The Slow Rush se siente increíblemente ligero.

Kevin Parker es un músico altamente codiciado: desde la salida de Currents ha trabajado con Mark Ronson, Lady Gaga, Kanye West, Travis Scott y un largo etcétera, mientras que artistas como Alex Turner o Dua Lipa han confesado en más de una ocasión sus deseos de colaborar con él. Pero a la hora de elaborar las canciones de Tame Impala, es él quien se lo guisa y se lo come todo en cada uno de los procesos de producción de un álbum: tanto la composición, como la grabación, como la mezcla. Es parte de lo que ha hecho siempre tan interesante la propuesta del australiano: que absolutamente todo lo que escuchamos nace en primera y última instancia de su mente.

Y aunque esto pueda hacer que muchos salgan corriendo, que discos tan opuestos (¿o quizás no tanto?) como Lonerism (2012) y The Slow Rush hayan sido concebidos por la misma mente creativa no puede sino fascinarme a todos los niveles, por mucho que una parte de mí siga echando de menos esos riffs demoledores que se colaban entre las melodías tan pegajosamente dulces de sus primeros álbumes.

En realidad, The Slow Rush es un disco bastante fácil de definir. Hace una década, Kevin cantaba “There’s a party in my head / and no one is invited” en aquella “Solitude Is Bliss” perteneciente a su primer álbum de estudio. Este LP viene a ser un poco la antítesis de aquello. No nos confundamos, el australiano sigue totalmente absorto en su propia burbuja y en esta fiesta él sigue siendo el único anfitrión. Pero en esta ocasión, quien quiera unirse a él está totalmente invitado.

Fotografía: Neil Krug

Yo quiero bailar toda la noche

Las canciones de The Slow Rush fluyen con tanta naturalidad que, si bien quizás en esta ocasión no hay ningún temazo al nivel de “Let It Happen”, consiguen que el disco en su conjunto funcione mejor.

El caso de este álbum es curioso porque, en realidad, no dista tanto de Currents y a la vez es completamente diferente. El pop y los sintetizadores siguen predominando, el sonido sigue siendo tan hortera como actual y las guitarras brillan todavía más por su ausencia, pero al contrario que canciones tan pesadas como “Love/Paranoia” o “Eventually”, The Slow Rush se siente increíblemente ligero.

Las canciones de este trabajo se desenvuelven y se suceden casi sin que nos demos cuenta, a pesar de estar hablando de un disco que llega casi a la hora de duración y de piezas que en muchas ocasiones superan los cinco minutos, y que, al contrario que en Currents, rara vez tienen cambios tan bruscos o estructuras tan marcianas. Pero fluyen con tanta naturalidad que, si bien quizás en esta ocasión no hay ningún temazo al nivel de “Let It Happen”, consiguen que el disco en su conjunto funcione mejor.

Esto se debe en parte al excelente orden del tracklist: los momentos más pesados y duros están lo suficientemente espaciados como para que el disco no se haga bola en ningún momento, consiguiendo resaltar aún más sobre el resto de canciones, que esta vez se centran más en la melodía y en el groove que en la progresión. Ahí tenemos esa “Posthumous Forgiveness” en la que Kevin rinde homenaje a su padre, la balada ochentera “On Track” y esa deconstrucción de “New Person, Same Old Mistakes” que supone “One More Hour”, situada justo al final y que cierra el círculo planteado por un álbum muy centrado en el paso del tiempo y en la carga que el pasado pone sobre nuestros hombros.

De Supertramp a los Daft Punk de Discovery

Si en el anterior álbum las influencias venían del R&B, el synth-pop y el pop mainstream de las últimas décadas, aquí tenemos que irnos más lejos. Concretamente, hasta la música disco y el soft-rock de grupos como Fleetwood Mac o Supertramp, además de Daft Punk.

Esta manera de afrontar el álbum hace que cueste más percibir la evolución, las influencias y las novedades que el artista australiano ha fraguado durante estos años, puesto que si bien el cambio esta vez no es tan diametralmente opuesto como lo fue entre Lonerism y Currents, hay muchos más detalles de los que pueda parecer a simple vista.

Si en el anterior álbum las influencias venían del R&B, el synth-pop y el pop mainstream de las últimas décadas, aquí tenemos que irnos todavía más atrás. Concretamente, hasta la música disco y el soft-rock de grupos como Fleetwood Mac o Supertramp, además de unos Daft Punk que en ocasiones se hacen tan explícitos que resulta hasta gracioso (es imposible que “Instant Destiny” no te recuerde a “One More Time”, que a su vez casi comparte título con “One More Year” y “One More Hour”). Incluso canciones como “Is It True” tienen un toque world music inimaginable hace ocho años.

A los instrumentos habituales hay que sumar pianos, congas, maracas, teclados y todos los sonidos de sintetizadores que a uno se le ocurran, además de vocoders más exagerados, guitarras que ahora pasan por completo a un segundo plano pero que aún así son indispensables, y un uso de la reverb tan exagerado que casi parece descontrolado (la producción en general en este trabajo es para volverse loco, y más aún pudiendo comparar cosas como esa versión primigenia de “Borderline”, que ya era alucinante, con esta versión renovada y más acorde con la tónica general del disco).

Alcanzando la perfección como productor

Puede que Kevin Parker haya dejado atrás los riffs, la lisergia y la improvisación más marciana, que su música se haya vuelto masiva y algo más accesible, pero sus canciones jamás se habían sentido tan libres y volátiles. ¿Acaso no es eso psicodelia?

Pero por encima de todo ello, destaca la percusión. Ya no tenemos el ritmo funky del que Currents abusaba en demasía. Aquí hay baterías enormemente trabajadas, ya no sólo en los ritmos, que aportan mucha frescura y variedad a la vez que mantienen el toque funky característico, sino en la producción, pudiendo encontrar desde platos pasados por un efecto flanger hasta bombos y cajas tan procesados que a veces llega a costar distinguirlos.

El máximo exponente de esto es “It Might Be Time” (en mi opinión, el mejor single del álbum), en el que Kevin lleva todo tan al extremo que los sonidos a veces llegan ser distintos ya no de una parte a otra, sino de un compás a otro. Son detalles como estos los que muestran hasta qué punto llega la obsesión de Kevin Parker por tenerlo todo milimetricamente calculado.

En cuanto a los elementos habituales, no podemos olvidar el bajo, que si antes ya tenía protagonismo, en esta ocasión Parker directamente nos lo tira a la cara. Temas como “Breathe Deeper”, “Lost In Yesterday” o “Is It True” se cimentan sobre las cuatro cuerdas e incluso llega a contarnos su secreto en ese interludio que es “Glimmer(“You know how to make the bass better? Crank the bass up!”). Por otro lado, aquí las voces también acompañan enormemente y Kevin se siente más cómodo que nunca cantando, entregándonos melodías enormemente pegadizas para que las canciones se nos queden grabadas con apenas un par de escuchas.

Aprender a vivir con nuestro pasado

Las letras esta vez se centran menos en los cambios y más en el paso del tiempo, en aceptar que somos la consecuencia de nuestros actos y en reflexionar sobre lo que nos ha llevado hasta aquí.

Las letras esta vez se centran menos en los cambios y más en el paso del tiempo, en aceptar que somos la consecuencia de nuestros actos y en reflexionar sobre lo que nos ha llevado hasta aquí. “One More Year”, por ejemplo, habla del miedo al compromiso: “I never wanted any other day to spend our lives/ I know we promised we’d be doing this until we die/ and now I fear we might”.

Por otro lado, “Tomorrow’s Dust” (la más guitarrera y otra de las más destacables) habla de cómo las vivencias del presente se acaban convirtiendo, tarde o temprano, en tan sólo recuerdos: “And in the air of today is tomorrow’s dust”. Por su parte, “It Might Be Time” afronta directamente el hecho de no ser tan joven ni tan guay como antes. 

A pesar de la melancolía característica de Tame Impala, en The Slow Rush todo se toma desde una perspectiva más positiva y calmada, más de dejarse llevar: “Is It True” muestra cierto miedo a la incertidumbre de cuánto puede durar el amor, pero al final da igual, porque lo importante es el ahora. Esa forma de quitar hierro al paso del tiempo y a nuestro pasado también contribuye a la ligereza que transmite el conjunto.

Redefiniendo la psicodelia una vez más

Aunque las canciones fluyen con total naturalidad, a veces pecan de ser demasiado lineales y de no terminar de construir una progresión que podría dar un poco más de sí.

No todo son bondades en este trabajo: a veces se echan en falta un par de buenos guitarrazos, así como algún que otro momento más marciano de esos que te dejan descolocado (apenas hay un par de outros locas en este disco). Y, aunque las canciones fluyen con total naturalidad, a veces pecan de ser demasiado lineales y de no terminar de construir una progresión que podría dar un poco más de sí (el fragmento central de “Posthumous Forgiveness” o algunas partes de “One More Hour”, por ejemplo).

Aun así, y a pesar de que probablemente tampoco enganche a nuevos adeptos, es difícil no querer volver a darle al play una vez finalizado el álbum, y no deja de ser un logro haber conseguido un trabajo tan accesible y tan adictivo.

Siempre se ha hablado de la psicodelia (especialmente de la nueva ola surgida en este siglo) como música para vibrar y flotar, canciones con las que dejarse llevar y perderse, separar el alma y la mente del cuerpo y, sencillamente, sentir por encima de lo tangible. Puede que Kevin Parker haya dejado atrás los riffs, la lisergia y la improvisación más marciana, que su música se haya vuelto masiva y algo más accesible, pero sus canciones jamás se habían sentido tan libres y volátiles como en The Slow Rush. ¿Acaso no es eso psicodelia?

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