Fotografía: Matthew Stone

FKA twigs
MAGDALENE

10

El mejor disco de Tahliah Barnett llega después del fin de una relación sentimental y la superación de seis fibromas uterinos para reconectar la mente de su autora con su propio cuerpo, suponiendo la culminación de un arduo proceso de sanación personal que incluye disciplinas como el pole-dance o el wushu y que pone fin a un período de exposición, dolor y depresión.

En el foco de todas las miradas durante los últimos estertores de su relación con el actor Robert Pattinson y sucumbiendo a la enfermedad, perdiendo el control de su intimidad y de su propio cuerpo, FKA twigs tuvo que encontrarse primero a sí misma, cada terminación nerviosa, y reconstruirse desde ahí como un fénix de amor propio. Ha tenido que verse expuesta, derrotada, débil e incluso humillada para emerger con la potencia de una de las grandes creadoras de su generación, fundiendo lo clásico con lo futurista en un espacio cuántico de infinitas dualidades. Narrando su particular tríptico de Ascenso, Caída y Renacimiento a través de una actualización de la historia de María Magdalena, la mujer más juzgada de la historia, y acometiendo su propio empoderamiento, tanto femenino como personal, frente a las estructuras milenarias del patriarcado.

Fotografía: Press

Fontaines D.C.
Dogrel

9

La banda liderada por Grian Chatten entrega un debut redondo en el que no sobra nada: temas políticos, existenciales y humanos se entremezclan con capas de riffs implacables, directos y rotundos. Por cada uno de sus recovecos emerge la humedad de su Dublín natal, la búsqueda de una razón identitaria de clase frente al Brexit o al auge de los nacionalismos.

Lo personal también es político, de ahí que también canten a los lazos, la amistad o a la incertidumbre y malestar de una juventud en permanente estado de crisis y excitación, expresada a través de una incontenible energía que recuerda a los mejores The Clash, The Fall y a la tradición post-punk.

Fotografía: Hart Leshkina

Clairo
Immunity

8

Sin lugar a dudas, ha sido una de las experiencias más gratificantes del año. No se puede obviar el hecho de haber revolucionado Internet con “Pretty Girl” y “Flaming Hot Cheetos”, bedroom pop clásico con temática queer para convertir sendos temas en fenómeno viral; un hecho que, aunque llamativo, no daba pie a aventurar una propuesta de carrera seria, al menos no tan pronto. Pero la realidad es que Immunity ha resultado ser toda una declaración de intenciones, una carta de presentación brillante, cuadriculada y que aborda los sentimientos con una madurez sorprendente para una persona de veinte años, tratando también temas muy complicados en un entorno tan hostil como el heteronormativo.

Un punto clave esencial en el resultado reside en el trabajo de Rostam, ex-guitarrista de Vampire Weekend, que se puso a los mandos en una producción que ha dado forma al sonido elegante y delicado del álbum. Pese a identificar diferentes géneros a lo largo del disco, el equilibrio entre guitarras y sintetizadores logra una sensación de homogeneidad, relaja y hace que el viaje sea extremadamente placentero. Es difícil aventurar tan pronto hacia qué derroteros le va a llevar esta carrera que inicia, pero no cabe duda de que, mientras se conserve este bendito binomio que forman Clairo y Rostam, muy posiblemente podamos lavarnos el alma con joyas como “Bags”, “Closer to You” o “I Wouldn’t Ask You”.

Fotografía: Press

Purple Mountains
Purple Mountains

7

Cuando hablamos de Purple Mountains lo hacemos de un disco que es un hola y una despedida al mismo tiempo, un debut y el cierre de una destacada carrera musical, nada más y nada menos que el –desgraciadamente– último álbum de David Berman.

Por supuesto, saber que se suicidó tres semanas y pico después de lanzarlo puede haber cambiado un poco nuestra percepción del disco, pero al final esto es algo inevitable, y creemos que así debe ser. Todo lo que Berman dice en los versos de Purple Mountains, desnudando su alma en cada estrofa, alcanza una dimensión nueva tras la tragedia. Como cuando te cuenta en el primer tema que lleva años en la mierda, o en “All My Happiness Is Gone”, confesándote cómo ha pasado de tener amigos en todos lados a estar solísimo y muerto del asco en su casa y, sobre todo, esa fantástica “Darkness and Cold” que te invita a unirte a él en su estribillo para volver a escuchar esa historia sobre la noche en que vio a la mujer de su vida montarse en el coche de otro y alejarse en la oscuridad.

Purple Mountains nos ofrece un puñado de canciones redondísimas, combinando el indie-rock desgarbado y deudor de la tradición americana de Silver Jews con la instrumentación brillante y amable de Woods, pero, sobre todo, nos regala el disco más valiente y sincero del año.

Fotografía: Ryan Pfluger

Sharon Van Etten
Remind Me Tomorrow

6

Tras una larga etapa de cambios que la alejó de la música para retomar sus estudios de Psicología y que terminó conduciéndola hasta los insospechados terrenos de la actuación cuando un productor de Netflix la conoció teloneando a Nick Cave, Sharon Van Etten vuelve a enfundarse el traje y ahora se sitúa en primer plano, segura de sí misma, afrontando una renovación personal que se traduce musicalmente en un giro copernicano que la aleja del folk-rock de guitarras y potencia su faceta sintética y electrónica gracias a la producción de John Congleton, embarcándose en una aventura de sonidos industriales, texturas noise, paisajes cinematográficos y mucha oscuridad que reivindica de paso una forma de heroína moderna de las que tenemos más a mano: madres trabajadoras que siguen encontrando tiempo para perseguir sus pasiones verdaderas.

Fotografía: Michael Buishas

Big Thief
U.F.O.F.

5

Adrianne Lenker y los suyos siempre tuvieron cierto componente de misticismo, de comunión con lo espiritual, de llegar a acariciar la esencia de las cosas. En U.F.O.F. encontramos de manera más vívida que nunca a un grupo de brujos en pleno ritual, trascendiendo la realidad y entrecruzándola con el mundo de los sueños, el más allá y el mundo de lo desconocido, todo ello a través de canciones que traspasan el alma y que a pesar de toda la magia que desprenden, suenan más humanas que nunca.

Si hasta ahora la banda todavía no se había encontrado del todo, canciones como “Contact” o “Century” demuestran un conocimiento y un respeto mutuo entre sus miembros envidiable, un momento tan dulce que se permiten ir un paso más allá sin ningún temor a equivocarse. Así les salen piezas como la amigable “UFOF”, la aterradora “Jenni” o la ecléctica “Century”. Big Thief son el aquí y el ahora, y sería una lástima que alguien se perdiera a un grupo tan satisfactoriamente auténtico.

Fotografía: Eliot Lee Hazel

Weyes Blood
Titanic Rising

4

En su cuarto disco, el mejor y más ornamental de su carrera, Weyes Blood aprende a surcar las aguas del amor primero desde la superficie y después desde la inmersión profunda para emerger, a partir de una paradoja entre arreglos heredados de la canción sesentera y modernidad sintética, como una de las mejores adaptadoras del repertorio clásico, pero también como una de las grandes voces de su generación.

De paso, se preocupa por el cambio climático y se sumerge a sí misma para hacernos entender lo que podría significar anegar nuestra forma de vida.

Fotografía: Nicholas Hunt (Getty Images)

Tyler, the Creator
IGOR

3

IGOR, el mejor disco de rap del año, puede ser también el que confirma a Tyler, the Creator como el mejor rapero del momento. Pero IGOR no es un disco de rap, o al menos no es un disco de rap al uso. Es un híbrido complejo entre el cosmic jazz urbano de Solange, entre el soul que hereda y al que mima con fervor desde los tiempos de Odd Future, entre el góspel de Kanye West y entre las producciones clásicas de pop-rap de este junto a Pharrell Williams, pero también entre los tiempos de The Neptunes y la propia y mutante evolución de Tyler. Una criatura de Frankenstein y un nuevo personaje para el esquizoide imaginario de Okonma, que asume con confianza, seguridad, rotundidad y riesgo un primer plano hasta en el aspecto melódico, sumergiendo su voz en un mórbido diseños de coros y voces digitalizadas y alejándose de la vulnerabilidad detrás de Flower Boy. Su disco más despampanante y accesible.

Fotografía: Neil Krug

Lana Del Rey
Norman Fucking Rockwell!

2

Los viejos iconos de Lana Del Rey se desvanecen. Su amada América se sume en el caos. Aquello que siempre amó, que fue sólido y firme para ella incluso en sus momentos más convulsos, deja de tener sentido. Obligada a madurar por la fuerza, a formarse una coraza de puro sufrir, Lana Del Rey se rebela en su mayor y más valiente ejercicio de autodeterminación como artista y como persona: reconocerse y reafirmarse en su vulnerabilidad y también en su fortaleza como dos caras de una moneda que ella misma ha decidido acuñar.

Olvidémonos de los chicos malos, los cigarrillos, los coches caros y la Cherry-Cola; de las carreteras interminables y nostalgias de amores de verano; de las barras y estrellas como eterno telón de fondo. Después de aquel Lust For Life que sonaba a transición, que preconizaba el fin de una era, la América de Lana Del Rey necesitaba ser otra bien distinta y ella ya no podía seguir ocupando aquel trono. Ese patriotismo espiritual ya no refleja un sentimiento nacional sino la idealización de unas referencias culturales y personales a las que ahora Lana otorga un aura desmitificadora y subversiva. Esa es solo una de las muchas y valientes virtudes de Norman Fucking Rockwell!: ha llegado la hora de ser valiente y reconocer que todo ha cambiado.

Con la compañía inestimable del productor Jack Antonoff, Lana Del Rey firma el que es, con toda probabilidad, el mejor disco de toda su carrera. En Norman Fucking Rockwell!, Del Rey abandona todo artificio vacío, toda grandilocuencia y atisbo de una gloria que ya no existe, para desnudar su voz y sus letras sin que nada se interponga. En sus quince largas confesiones de placeres y duelos, con el piano como sutil apoyo, Lana Del Rey nos presenta sus letras más lúcidas, complejas, honestas y brillantes. Después de destruir y reformular todos sus símbolos y narrativas, reivindica así su derecho a existir como la mujer que simplemente es: ni muñeca ni ídolo, ni frágil ni indestructible.

Fotografía: Cameron McCool

Angel Olsen
All Mirrors

1

Ay, la Olsen… ¿quién si no?  Después de un discazo como MY WOMAN, con el que terminó de redondear su propuesta folkie con concreción pop y el necesario punch indie-rocker, la norteamericana nos ha vuelto a sorprender.  Éramos muchos los que la pedíamos un MY WOMAN 2.0, pero Angel no nos ha escuchado (afortunadamente) y con este genial All Mirrors ha pegado un verdadero volantazo, pero uno que casa con su personalidad artística y que le da un resultado increíble a todos lo niveles: lírico, estético, musical…

Es cierto, ya la premiamos con el galardón de disco del año hace sólo tres años, y no descartamos volver a hacerlo dentro de otro par de ellos si sigue haciéndolo todo tan maravillosamente bien. Olsen nos lo pone muy difícil para no situarla en lo más alto de esta lista, ¿habéis escuchado esos arreglos? Y qué decir de esos crescendos infinitos, tan simples como efectivos. Haz la prueba, escucha “Lark” y dime si puedes quedarte indiferente ante algo así. Así que, sí, no vamos a escondernos a estas alturas: somos muy de Angel Olsen, pero es que ella es muy de sacar los mejores discos del año.

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