Orville Peck

Orville Peck –
Pony

Hay un nuevo sheriff en la ciudad: un forastero enmascarado llega para darle otra patada más a los ya moribundos clichés del country y para convertir a oyentes en principio no fans del género (como servidora). Un debut de lo más prometedor, pulido, increíblemente personal y con una estética cuidada hasta el último detalle.

Precedido sólo por tres adelantos, en marzo del año pasado llegaba a nosotros Pony, un debut clasificado como country, auto producido por el propio Orville Peck y distribuido por Sub Pop. Con una estética camp muy acentuada (ojalá le hubiesen invitado a la MET gala de 2019), videoclips que son comparados con la obra de David Lynch y una puesta en escena teatral, Orville Peck ha sido acusado de pastiche; pero el propio músico se defiende diciendo que todas sus referencias y su interés por el género son genuinas. Cuando uno se adentra en su álbum, cargado de letras sinceras, entiende que es en realidad un homenaje, elaborado desde el respeto y el conocimiento de la historia del country.

Las reglas del rodeo han cambiado

Aunque es frecuentemente comparado con Johnny Cash, Roy Orbison o Chris Isaak, el músico cita como inspiración a Dolly Parton, Whitney Houston y Patti Smith.

El country ha sido acusado de ser uno de los géneros más herméticos y heteropatriarcales, con alguno de sus grandes festivales llegando a no incluir a ninguna mujer en años recientes. Pero algo está cambiando, porque estamos en 2020 y porque las minorías se han cansado de ser excluidas. Así, Orville Peck se suma a Lil Nas X en la lista de vaqueros abiertamente gays que están revolucionando el género. Sin embargo, un misterio envuelve a nuestro protagonista de hoy: ¿quién es Orville Peck y por qué se esconde tras una máscara que sólo permite entrever unos impresionantes ojos azules?

Jude Law, encarnando a Pío XIII en la serie The Young Pope, hacía una reflexión sobre cómo el anonimato es una herramienta poderosa para alcanzar la fama, pues la curiosidad de la gente resulta ser más poderosa que cualquier estrategia de marketing. Pone como ejemplos de su teoría a Banksy, Daft Punk o J.D. Salinger, todos muy preocupados por mantener su privacidad y su identidad secreta. Aunque Orville Peck asegura que su característica máscara con flecos no tiene este propósito, sino que es una herramienta que le permite ser honesto y dejar de lado las apariencias para concentrarse en su música, es inevitable pensar en la fascinación que esta ha ocasionado. 

Es esta misma fascinación la que ha llevado a sus fans a hacer una investigación a fondo de los tatuajes del artista para revelar su alter ego, que es ya un secreto a voces. La identidad real de Orville Peck es Daniel Pitout, batería de la banda punk Nü Sensae de Vancouver, aunque el músico nunca ha confirmado los rumores.

Fotografía: Carlos Santolalla

Influencias inesperadas

Orville Peck habla con sinceridad y emotividad sobre amor y desamor, sentirse alienado y otra miríada de emociones con las que los jóvenes que crecieron sintiéndose bichos raros se podrán identificar.

Tras el álbum se adivinan influencias variadas y ecos de su pasado musical. Aunque es frecuentemente comparado con Johnny Cash, Roy Orbison o Chris Isaak (cuya voz resulta innegablemente similar), el músico cita como inspiración a Dolly Parton, Whitney Houston (se ha atrevido con un cover de “I Will Always Love You”) o Patti Smith, diciendo incluso que, tal vez, el título de Pony está inconscientemente tomado prestado de Horses.

El disco abre con “Dead of Night”, una canción que habla de ser dejado atrás por un amante en una ciudad donde no pasa nada. El tono sienta el precedente para el resto del álbum, profundamente nostálgico y cargado de referencias clásicas, nombrando lugares como Kansas o Nevada (parte del imaginario colectivo del country). Durante las siguientes once pistas, Orville Peck habla con sinceridad y emotividad sobre amor y desamor, sentirse alienado y otra miríada de emociones con las que los jóvenes que crecieron sintiéndose bichos raros se podrán identificar.

El último de los adelantos del disco, “Turn to Hate” (con referencia a El guardián entre el centeno incluida), habla de sentirse solo y aislado, pero no deja que ese resentimiento se convierta en odio, recurriendo así a una temática que no es frecuente en el mundo de los vaqueros. En la siguiente pista, “Buffalo Run”, se intuye su pasado como miembro de la escena punk gracias a esas guitarras aceleradas y esa batería imposiblemente veloz.

El efectismo como estrategia

Forzando las fronteras del género y mezclando referencias magistralmente, Orville Peck nos trae un disco que respeta la tradición pero que, además, rompe con todo lo que no le gusta.

Queen of the Rodeo” es, quizá, la canción más pegadiza del disco, la cual bebe directamente de la afición por el pop de Peck. Igualmente, “Hope to Die” es un claro ejemplo de cómo el músico toma prestados y hace suyos los recursos de las grandes divas, con ese salto de tono sin una modulación previa, tan representativo de las baladas de Céline Dion o Whitney Houston.

Kansas (Remembers Me Now)” acaba con un fundido de radio que se desintoniza, jugando con esa estética retro que impregna todo el álbum. Esa utilización de un recurso casi cómico se ve también en “Roses Are Falling”, un tema que contiene un verso hablado y que camina, una vez más, al borde de la parodia.

Con una nota triste, pero adecuadamente conclusiva, “Nothing Fades Like the Light” clausura el disco lanzando una crítica a esa masculinidad tóxica de la que tan cargada ha estado siempre el country.

“Some say I should learn to cry
But I only learned how to fight”

La persona y el personaje

Orville Peck se ha encargado de elaborar un contexto completo para su álbum, con videoclips en los que demuestra su talento como bailarín y un directo que casa a la perfección con la experiencia de escuchar el disco.

Aunque sabemos que en última instancia lo importante de un artista es su propia música, Orville Peck se ha encargado de elaborar un contexto completo para su álbum, con videoclips en los que demuestra su talento como bailarín y un directo que casa a la perfección con la experiencia de escuchar el disco. Orville no está sino creando un personaje, al igual que hicieron otros tantos antes que él, sin que eso afecte a su credibilidad. Dolly Parton o Johnny Cash, ya citados anteriormente, son ejemplos de esto, pero también la encarnación del sueño americano, Lana Del Rey, criticada hasta la saciedad por su imagen impostada.

Forzando las fronteras del género y mezclando referencias magistralmente, Orville Peck nos trae un disco que respeta la tradición pero que, además, rompe con todo lo que no le gusta. Lo que podría acabar siendo un batiburrillo es hilado con habilidad para conseguir cohesión. 

Si tienes algo personal en contra del country, este disco probablemente no sea para ti, pero si eres capaz de escucharlo sin prejuicios, te espera una pequeña joya. Personalmente, podréis encontrarme comprando un sombrero y unas botas de vaquera: Orville Peck me ha convertido.

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