Amaral

Amaral –
Salto Al Color

La mejor noticia que se puede extraer de este disco es que Amaral vuelven al ruedo tras cuatro años sin sacar nuevo material. El contenido no mejora lo que ofreció Nocturnal, y eso precisamente no habla bien a su favor. Si uno escarba termina encontrando parte de la esencia que les hizo grandes, pero una electrónica anacrónica y metida con calzador, además de una ausencia general de magia, terminan por hacer que dejemos de lado el disco y nos consolemos con el regreso de un grupo que seguramente levante estas canciones en directo.

Resulta difícil comenzar una reseña, a sabiendas de que va a ser publicada, cuando el disco sobre el que escribes no te ha gustado. Esta vez, además, se trata de un caso especial, ya que muy posiblemente puedo recomponer mi puzle vital utilizando las canciones de Amaral para hacer retrospectiva. En nuestra relación hubo siempre cierta distancia, ya que mientras yo rallaba discos de rock en el discman era mi madre la que se encargaba de ponerlo a todas horas en las fases de concilio familiar, que eran casi todas.

La fórmula, antes infalible, ha dejado de ser suficiente

Salto Al Color nos ha confirmado que la innovación, en este caso, nos remite al viejo refrán de que, a veces, menos es más.

Fue más adelante, ya crecido e independiente, cuando redescubrí a Eva y Juan, durante su época de Hacia Lo Salvaje (2011). En las dos veces que pude verles en concierto comprobé como aquellos temas alojados en mi subconsciente se iluminaban como metales incandescentes. El directo de Amaral es titánico, una cosa digna de ver. Muy pocos grupos pueden presumir de mejorar su sonido sobre el escenario, con una perfección técnica admirable y un magnetismo y virtud genuina como la de Eva, que te toca la armónica, la guitarra o la batería a la vez que sujeta sus versos con una voz privilegiada, y todo sin perder esa humildad que rezuma de forma natural por sus poros. Escuchas porque te habla a ti directamente. 

Iba a hablar de probabilidades, pero creo que a estas alturas es una obviedad que un grupo con estas aptitudes sobre las tablas no tenga ningún problema para mantenerse a flote en primera línea (incluso virando hacia la escena alternativa), pese a que su último trabajo nos dejó un poco fríos, tras una carrera hasta entonces ejemplar. Y en esas estábamos cuando llegó Salto Al Color (2019) y nos confirmó que la innovación, en este caso, nos remite al viejo refrán de que, a veces, menos es más. El jugueteo electrónico no le hace ningún favor a una propuesta como la que defiende Amaral desde años con eficiencia, y en este disco la sensación que dejan muchos de los nuevos temas es que son remixes baratos de las verdaderas canciones.

Fotografía: Promo

Una chirriante amalgama de arreglos electrónicos

El jugueteo electrónico no le hace ningún favor a una propuesta como la que defiende Amaral desde años con eficiencia, y en este disco la sensación que dejan muchos de los nuevos temas es que son remixes baratos de las verdaderas canciones.

Para comenzar, nos encontramos con una intro evocadora, al igual que sucedía en Nocturnal (2015), pero esta vez envolviendo entre el sonido del mar la mítica cantiga de Martín Códax, Ondas Do Mar De Vigo. Tras ella se encuentra la canción que rápidamente se ha convertido en la punta de lanza de este último proyecto. Mares Igual Que Tú posee todo lo necesario para sostenerse sobre las lindes que han transitado Amaral toda la vida: es pegadiza, el estribillo está bien construido y la estructura se hace amena; perfecta para sonar en la radio durante una buena temporada. Ahora bien, el arreglo electrónico, más que un punto favorable chirría con la canción de pop convencional que es.

Lo mismo nos encontramos en Señales, saturada de electrónica que parece traída de los 2000 y muy alejada de texturas más trabajadas como las que ofrecen grupos como MUCHO o Fuel Fandango. Aquí, en vez de una construcción nacida desde su raíz con esos sonidos, da la sensación de haberse acabado de forma orgánica y posteriormente haber añadido el componente electrónico, con un dudoso sentido más allá de un intento (un tanto chapucero) de innovar.

Con Nuestro Tiempo se agradece volver a la senda habitual y escuchar la acústica de Juan Aguirre. La fórmula es tan infalible que parece que ya la habíamos escuchado antes y podría encajar en cualquiera de sus grandes discos tirando de uno de los principales ejes discursivos del grupo, que no es otro que el desamor o, mejor dicho, el amor que no fue. En Bien Alta la Mirada la batería sintética consigue el efecto de sumergirnos en un ritmo latino con importante mensaje feminista: “Quien bien te quiera te querrá bien alta”. “Peces de Colores baja el tono general y, aunque todo va transcurriendo en ascenso, busca la reflexión con ayuda de unos bonitos arreglos de cuerda.

Algo que, ojalá, no perdamos nunca

Pese a estar constituido por trece canciones, Salto Al Color se hace ameno y, obviando ciertos deslices estridentes, mantiene la esencia de un grupo que parece que no volverá a ofrecernos grandes temas como los del pasado, pero que tampoco necesitan.

“Te advertí que mi vida no es fácil, y tú contestaste ‘no lo es la de nadie’. Qué verdad”. Así nos recibe Tambores de la Rebelión, rememorando una conversación que seguro todos hemos tenido más de una vez, y que seguramente sentó precedente en más de uno. El tema fluye gracias al ritmo para ir en encajando cada palabra, como recientemente hemos visto en el último disco de Viva Suecia. Uno de los puntos más interesantes del álbum es Soledad, un potente alegato con origen al otro lado del charco, apoyado esta vez en una guitarra española y al son de unas palmas invisibles. La voz de Eva eleva el tema a otra dimensión.

Y, cuando ya empezábamos a pensar que el pachangueo había sido un pequeño desliz olvidado al inicio del disco, entra en escena Juguetes Rotos. Y eso que el inicio prometía con esa solemnidad coral. No se me ocurre nada qué decir a estas alturas, no lo comprendo. En fin. Menos mal que tras este drama llega Ruido” para rescatar lo que queda del oyente con el mejor estribillo del disco (para un servidor, no olvidarse nunca de esto). Una guitarra como armazón y unos arreglos simples y bien utilizados, no les hace falta más a estas personas para levantar una buena canción.

Lluvia” posee una instrumentación seductora, y también se aprecia una evolución rítmica que, esta vez sí, se agradece. No podía faltar el segmento evocador cantando a la naturaleza, ese que, aunque no diga mucho, cumple una función necesaria donde es más importante la identidad que el mensaje. Tampoco aporta nada nuevo “Entre la Multitud” al acervo temático más superpoblado del pop mundial, salvo acaso empeorarlo con una –otra más– coraza exagerada y agobiante que resta personalidad a la canción.

Cierra el disco “Halconera”, una fina conclusión de poco más de dos minutos a modo de despedida evocadora. Los coros y el sutil sintetizador logran fabricar un ambiente propicio para que flote Eva, libre, amplia y pura. Cabe destacar que, pese a estar constituido por trece canciones, el disco se hace ameno y, obviando ciertos deslices estridentes, mantiene la esencia de un grupo que parece que no volverá a ofrecernos grandes temas como los del pasado, pero que tampoco necesitan. El regalo es tenerles en la carretera, entrando en carteles de festivales, reinventando canciones y acercando su música a un espectro de público cada vez más amplio. Es una suerte no perder eso nunca.

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