Girl Band

Girl Band –
The Talkies

El cuarteto de Dublín regresa cuatro años después de su retirada de los escenarios con un álbum redondo y de gran coherencia sonora basada en balbuceos, progresiones rítmicas imposibles, bajos arrolladores, gritos siniestros y guitarras sobre las que no se pulsa ni una cuerda, sino que sirven para generar texturas de ruido. El disco más inaguantable de todo el año, pero el más disfrutable si te consideras un amante de las emociones fuertes. Un cabaret ambulante de locos. Una caída libre al vacío. Una montaña rusa llena de loopings y, lo mejor de todo: sin arnés de seguridad.

Había una vez un hombre con dos caras. Su nombre era Edward Edward Mordake y, al igual que otros personajes extraordinarios de las leyendas británicas como Jack el Destripador o Dorian Gray, nadie sabe en realidad dónde comienza el mito y dónde la realidad. Este ser humano, tan peculiar como aterrador, fue condenado a ser el centro de burlas durante toda su vida por su extraña condición física, que le llevó al suicidio a los veintitrés años a causa de una profunda depresión. Su segundo rostro, localizado en la parte trasera del cráneo, era disfuncional e incapaz de articular un solo gesto o pronunciar palabras. Pero según narra la historia popular, por las noches le susurraba cosas “salidas del más puro infierno”. También “se burlaba de él cuando estaba feliz” y “se reía a carcajada limpia cuando Edward Mordake lloraba”.

“Como un sombrero para Edward Mordake”

Cada una de las aristas de este nuevo artefacto sonoro de Girl Band desprende irracionalidad, locura, furia, ruido, incomodidad e inconformidad, disgusto, alienación, desprecio, enajenación. La lista de adjetivos podría ser infinita.

Mordake es un símbolo de esa incipiente fascinación por el psicoanálisis propia de finales del siglo XIX y comienzos del XX; sus dos rostros son una de tantas metáforas aplicables para entender el tortuoso mundo de la esquizofrenia. Hoy en día, la leyenda ha sido plasmada en ficciones cinematográficas y series, como American Horror Story. Ahora, también es rescatada por una banda de noise irlandesa que muchos ya no recordaban: Girl Band.  “Es como un sombrero para Ed Mordake”, reza uno de los estribillos presentes en su nuevo disco después de más de cuatro años desde su álbum debut, aquella colección de canciones desquiciadas titulada Holding Hands With Jamie (2015), todo un éxito para crítica y público.

“Paul”, su tema más representativo, deparó grandes esperanzas a los amantes del grunge y del noise de todas partes del mundo. Los gritos de Dara Kiely, claramente influidos por Kurt Cobain en sus momentos más irascibles, junto con el bajo post-punk y los guitarrazos disonantes, asentaron las señas de identidad de este conjunto dublinés nacido en 2011. Pero después de una larga y exhausta gira, anunciaron a los medios su retirada por motivos de salud. Ahora, justo antes de que acabe la década, regresan de forma urgente para hacer saltar todo por los aires con The Talkies.

Fotografía: Rich Gilligan

En busca de la extracción de la piedra de la locura

Se trata de un trabajo mucho más compacto y mejor desarrollado que Holding Hands With Jamie, ya que todas las canciones mantienen una especie de lógica interna que las emparenta entre sí. Como si fuera la misma canción tocada de mil formas distintas.

Cada una de las aristas de este artefacto sonoro desprende irracionalidad, locura, furia, ruido, incomodidad e inconformidad, disgusto, alienación, desprecio, enajenación. La lista de adjetivos podría ser infinita. De aquí en adelante podríamos asegurar que se trata del disco más inaguantable de todo el año, pero no por ello el más disfrutable si te consideras un amante de las emociones fuertes. Temas como “Shoulderblades”, el cual habla del desgraciado Mordake, unifican la esencia del disco: balbuceos, bajos arrolladores, gritos siniestros y guitarras que no efectúan riffs, sino que generan texturas imposibles de ruido. Como un cabaret ambulante de locos, como una larga Edad de Hielo sónica, como Edward Mordake escuchando por las noches las voces emergidas del más puro infierno. Una montaña rusa de emociones fuertes, llena de loopings y, lo mejor de todo: sin arnés de seguridad. 

“Parcialmente desnudo, empalmado en una sauna”, recita Kiely en Couch Combover”, una de las canciones más directas de todo el conjunto. El final, en el que el ruido cesa y se sumerge en un lamento ahogado acompañado de una simple línea de guitarra, es uno de los mejores momentos del álbum. Como los platos de “Going Norway”, que prosiguen hacia un estribillo de infarto. De nuevo, el lado más atormentado de Kurt Cobain emerge en la piel de Kiely. ¿A nadie le recuerda esta clase de agudo a “Territorial Pissings” o “Milk It”? Poseído por una locura indefinible, arremete versos absurdos a la par que la instrumentación gana intensidad y revienta.

Prolix”, el brevísimo tema que precede a todo el caos, funciona como un preludio digno de mención, pero nada recomendable si padeces ansiedad, pues traslada a las pistas exhalaciones desasosegantes que ponen los pelos de punta. 

Lógica interna emergida de la barbarie y del caos

The Talkies recoge la tradición del hardcore punk de corte industrial, cercana al sonido de bandas como Daughters, pero también de clásicos del underground como Butthole Surfers.

De alguna forma, se trata de un trabajo mucho más compacto y mejor desarrollado que Holding Hands With Jamie, ya que todas las canciones mantienen una especie de lógica interna que las emparenta entre sí. Como si fuera la misma canción tocada de mil formas distintas, un detalle que a muchos les sonará repetitivo, pero que en realidad es un reflejo de la madurez que ha alcanzado la banda. Así lo demuestra también “Salmon of Knowledge”, con un desarrollo muy parecido a “Shoulderblades” o “Going Norway”.

El clima asfixiante lo rompe “Aibophobia”, cuya letra construida a partir de palíndromos (“Acrobats stab orcas / do geese see god?”) nos devuelve a una melodía más o menos estructurada, haciendo de ella la canción más escuchable del conjunto. A pesar de esto, el ritmo opaco que mantiene la batería la convierte en la perfecta banda sonora de una paliza callejera. “Caveat” también resulta una de las más digeribles debido a su adictiva melodía que añade un punto gracioso y divertido a este torbellino de música neurótica emergida de las profundidades del averno.

The Talkies recoge la tradición del hardcore punk de corte industrial, cercana al sonido de bandas como Daughters, claros triunfadores de las listas del año pasado con You Won’t Get What You Want, pero también de clásicos del underground como Butthole Surfers. Así lo demuestran en “Laggard”, una de las más furiosas de toda la colección, con un imparable avance de space-rock deconstruido que prosigue hacia un nuevo ataque psicótico vocal. “Prefab Castle” quizás es la más pretenciosa a tenor de ser la más larga. Una ensoñación mística que parece ensuciada por el abyecto mundo de William S. Burroughs o por las terroríficas narraciones de H. P. Lovecraft. De nuevo, lo más notable de esta nueva entrega es la cohesión que mantienen sus temas, el estrecho vínculo que existe entre ellos, haciendo uso de los mismos recursos.

Esta intención queda refrendada también por la inclusión de los temas más cortos, que bien pueden funcionar como prólogo (la anteriormente mencionada “Prolix”) o interludios (es el caso de “Amygdala” y “Akineton”, dos piezas cortas que lo único que hacen es aplazar la sacudida de los temas mayores del álbum). Así finaliza este viaje psicótico, con “Ereignis”, basada en una retroalimentación indescifrable que deja en suspense la hazaña, a la espera de un nuevo regreso.

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