Ezra Furman

Ezra Furman –
Twelve Nudes

Tan sólo un año después de publicar uno de los discos más importantes de 2018, Ezra Furman demuestra que sigue siendo ante todo una artista disidente. En su nuevo álbum, la de Chicago apuesta por un sonido punk-rock más clásico y con más carga política. Pese a cierta inconsistencia entre sus temas y sus ritmos repetitivos, la variedad de registros y el efecto trágico de sus rimas hace de este un trabajo imprescindible para punkies, activistas y fans del buen rock ‘n’ roll.

Cuando me enteré de que Ezra Furman publicaba nuevo disco este año, pensé que sería seguramente uno de esos álbumes de versiones de uno mismo o una lista de demos descartadas en el álbum anterior. Como fan de Furman desde sus inicios, me había costado recuperarme de la crudeza y el expansivo imaginario de Transangelic Exodus (2018). Pero si hay algo que ha demostrado la cantautora de Chicago es su talento para no vérsela venir. Aunque en sus últimos trabajos desde The Day of the Dog (2013), Furman se había acomodado en una onda punk con una fuerte influencia retro desde el rockabilly al boogie-woogie, cada uno de sus temas tiene una sonoridad propia que cruza a través de varios estilos y épocas y se edifica en torno a una historia. Toda su obra es una serie de idas y venidas, movimientos sísmicos guiados por su percepción de la propia música, de la sociedad, de su identidad y por un deseo de asomarse al mismo tiempo al horrendo futuro y al interior de su ansioso ser en dos minutos de canción.

Culto a la tradición del rock

Furman lleva más de quince años experimentando dentro de la tradición del rock americano a través de múltiples influencias y un instinto y rebeldía muy propios.

A pesar de sus muchísimos referentes, cada álbum de Furman es, a su manera, puro e insólito. Su etapa al frente de Ezra Furman & the Harpoons, su banda de la universidad, entre 2006 y 2011, está llena de temas sobre el primer amor, el desarraigo y el miedo al fracaso con un aura brillante folk-rock con ecos al Dylan de los sesenta, a Springsteen y a Green Day, escritos con una mezcla de buen rollo, sentimentalismo e ironía. Su primer álbum en solitario, The Year of No Returning (2012), supuso un paso firme hacia un sonido más adulto, con una fuerza vocal consolidada y una ambición de revivir el art-rock de The Velvet Underground (en 2018 publicaría Transformer, una biografía de Lou Reed).

El punto de inflexión en su carrera fue probablemente el álbum The Year of the Dog (2013), en el que Furman introdujo el cross dressing y el tema de la enfermedad mental como lenguaje propio de una identidad bisexual continuamente a la deriva. Desde entonces, su giro hacia el punk-rock ha sido progresivo e intermitente, sobre todo después de Perpetual Motion People (2015), donde alterna energía glam-pop con una nostalgia por la canción de autor y el country blues. Después de un EP de transición, Big Fugitive Life (2016), donde volvía al indie-rock con aires sesenteros y bases acústicas, Furman trabajó durante más de un año en esa proeza espiritual, afónica, descarnada y redentora que fue Transangelic Exodus (2018), una inteligente y profunda revisión del pop-rock desde los cincuenta a los setenta con un filo post-punk muy particular y un fondo narrativo entre la fantasía apocalíptica, la nueva poesía queer y la road movie.

Fotografía: Jessica Lehrman

Un mundo por destruir

Anunciado como “su álbum punk”, Twelve Nudes es un troleo continuo al pensamiento binario que divide absurdamente el mundo en base a la religión, la política y el sexo.

Era difícil imaginar lo que vendría después de un álbum semi-conceptual tan introspectivo como político, tan fiel a los clásicos como radicalmente anti-clasicista. La pregunta era “¿qué le queda por reventar a Ezra Furman?”, lo que en su caso es más o menos lo mismo que decir “¿qué le queda por reinventar?”. La respuesta, después de escuchar varias veces Twelve Nudes, su nuevo álbum, me parece más que obvia: básicamente, cualquier cosa. Empezando por él mismo, que ha pasado a verse finalmente como transgénero. Aunque lo cierto es que elegir uno entre dos pronombres le importa bien poco. Anunciado como “su álbum punk”, Twelve Nudes es un troleo continuo al pensamiento binario que divide absurdamente el mundo en base a la religión, la política y el sexo. Además de contar con los dibujos de la artista catalana Cristina Daura para la portada y animaciones, Furman ha hablado de la influencia del malogrado músico punk Jay Reatard y la poetisa Anne Carson, a quien debe la idea de “nudes” como reflexiones sobre el dolor y la vulnerabilidad. 

Es en esa idea de desnudez donde Furman trata de encontrar su fortaleza para rebelarse, pero también en su conocimiento casi instintivo de la historia del rock. El disco arranca con “Calm Down aka I Should not be Alone”, tema garajero con ecos al Buddy Holly más agresivamente tierno, introduciendo el mood furioso e insistente del álbum, que nos sitúa en un estado contrario a la calma. “Evening Prayer aka Justice”, más nítida y melódica, regresa a la claridad del pop-rock protesta de álbumes anteriores. Aunque puede resultar un tema simplón y acomodado en una armonía en clave country, la letra es su gran valor, expresando su relación con la fe como una forma de intentar cambiar el mundo a través de un sonido punk inestable y catártico.

Transition from Nowhere to Nowhere” eleva esta nota pop del álbum desde una intro de ritmo sesentero hacia un estribillo que incorpora un aullido ahogado dentro una melodía glam con algún eco a los Beatles. Siguiendo con la estructura narrativa similar a la del álbum anterior, el narrador de este tema conduce a lo largo de varios estados mientras improvisa un solemne monólogo sobre la absurdez de la lucha y la voluntad individual: “Ambition leads nowhere / I dream of going right back to bed/Nobody cares if you’re dying ‘til you’re dead”.

El motivo del viaje por carretera se mantiene en “Rated R Crusades”, donde Furman canta con una voz distorsionada y enterrada bajo capas simultáneas de percusión, guitarra y sintetizadores, reproduciendo el eco embotado del punk más sucio y underground. Esa idea como de huida desesperada y continuo combate, reflejada en los jadeos hacia la mitad del tema, aborda su percepción del conflicto entre Israel y Palestina y su crítica de la narrativa divisiva difundida por el discurso mediático.

Giros inesperados

El álbum está compuesto por himnos revolucionarios y queer power que van desde el folk-punk al soul pasando por el ska.

Furman tampoco abandona la pista del rock más clásico y queda claro en “Trauma”, tema cuya intro pasa en apenas diez segundos de una melodía folk-rock a un solo vibrante y metálico que se mantiene hasta el final. En la línea clásica del folk-punk o del anarchopunk, el tema recorre varias escenas de la vida americana de los últimos años, donde la clase obrera es sistemáticamente marginada y las mujeres cargan con el eterno castigo de un cuerpo. El puente entre la segunda estrofa y estribillo, donde la voz de Furman compite contra la furiosa sincronía del instrumental, es otro gran momento de llamada desesperada y fantasía revolucionaria: “And I know how hard you’ve been working / We all know somebody who’s been killed / We hold power, though it’s only for the hour / Let the ivory tower know the power we wield”.

Thermometer”, por su parte, añade un giro ska al álbum con una base simple, festiva y pegadiza, además de varios vibratos desafinados para denunciar el exceso de fiebre propagada por un sistema alienante y agresivo. Quizá el giro más brusco está en uno de los adelantos de este álbum, “I Wanna Be Your Girlfriend”, donde Furman deja a un lado el fervor punkarra para abrazar una pista soul melancólica que evoluciona hacia una balada rock ‘n’ roll furiosa. La voz aguda y raspada de Ezra guía esta transición sobre el eco de una guitarra que ilumina el deje retro del tema, situándonos en un plano íntimo y confesional sobre su propia transformación en una sociedad materialista que castiga una sexualidad fluida.

En el otro extremo, “Blown” es uno de los momentos de ruptura en el álbum, un tema más breve que parece grabado en directo desde el sótano de un local gay de San Francisco (recuperando los acordes lo-fi de Transangelic Exodus) y cuya letra es prácticamente incomprensible. Pero la agonía no dura mucho, ya que a continuación entra “My Teeth Hurt” retomando el rollo ska con más intensidad punk y aún más carga simbólica, en la que el tema de la enfermedad, física y mental se traduce en ansiedad ante la opresión sexual y política del protagonista.

Nostalgia e instinto

Pese a lo complicado que puede ser encontrar una moraleja en las letras de Ezra Furman, su música siempre tiene una dimensión ética, un efecto catártico que es a la vez doloroso y liberador.

El álbum termina con dos pistas que resumen las dos caras de la artista: la de cantautora folk y la de poetisa punkarra, con una pista de guitarras brillante, un gusto desmedido por el rock ‘n’ roll y una continua narrativa que gira entre lo privado y lo público. “In America” es quizá el tema que más nos recuerdo al country-pop típico de los primeros discos de Furman sin los Harpoons, donde expresa una actitud al mismo tiempo romántica y crítica hacia su país muy propia del folk-punk. Se trata de una especie de nostalgia por la tierra prometida soñada por Woody Guthrie sacudida por la energía retórica antisistema y caricaturesca de los Mountain Goats.

Finalmente, “What Can You Do but Rock ‘n’ Roll” muestra una unión casi homogénea entre el punk y el rockabilly, con un patrón instrumental que imprime un ritmo urgente y dos puentes diferentes, uno vocal y casi ansiosamente low-key (“And I told you the first time / I’ve been having the worst time / City’s broken and cold”) y otro instrumental y puramente garajero propio del punk DIY de los ochenta. Este cierre dice mucho del instinto compositivo de Furman y de su enrevesada red de referentes, pero además prueba la imposibilidad de separar lo poético y lo político en su obra.

Pese a lo complicado que puede ser encontrar una moraleja en las letras de Ezra Furman, su música siempre tiene una dimensión ética, un efecto catártico que es a la vez doloroso y liberador. Quizá a Twelve Nudes le falte algo de ambición a la hora de experimentar y le sobre ruido blanco entre dos estrofas, pero logra convencernos de que el punk-rock es siempre una mejor alternativa a la calma.

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