Coldplay

Coldplay –
Everyday Life

En su octavo álbum de estudio, Everyday Life, Coldplay reflexionan sobre los grandes temas contemporáneos a través de un collage de idiomas y estilos musicales, rico en matices, pero cuyo único punto en común es el tono ingenuo con el que ofrece respuestas.

Desde que en 2011 publicaron Mylo Xyloto, la trayectoria de Coldplay se había convertido en un viaje de doble sentido: mientras su vertiginoso ascenso en el mainstream les convertía en un fenómeno de masas, crítica y público menos generalista volvían desesperadamente hacia sus dos primeros discos, incrédulos por el hecho de que un grupo capaz de legar canciones como “Yellow” o “The Scientist” hubiese terminado llenando estadios con colores chillones y electrónica comercial gracias a A Head Full of Dreams (2015).

El nuevo trabajo de los británicos, Everyday Life, supone un punto de inflexión necesario en su discografía que proyecta la actitud de un político de antaño en campaña electoral: intentar quedar bien con todo el mundo.

Un álbum estable después de un vaivén emocional

Después de transmitir de manera explícita y monotemática su capacidad para estar en los dos extremos de la escala emocional, con su nuevo álbum Coldplay toman tierra y reúnen un abanico de canciones más ricas lírica y musicalmente.

Con Ghost Stories (2014), el resto de miembros de la banda le regalaron a Chris Martin la posibilidad de hacer terapia tras su divorcio con millones de personas escuchando. Desde lo más profundo del abismo, la banda resurgió vertiginosamente y plasmó su pomposa recuperación sentimental en el aséptico A Head Full of Dreams. Después de transmitir de manera explícita y monotemática su capacidad para estar en los dos extremos de la escala emocional, con su nuevo álbum los británicos toman tierra y reúnen un abanico de canciones más ricas lírica y musicalmente.

Everyday Life es un disco doble en concepto (dividido en dos partes, Sunrise y Sunset), pero no en duración (apenas cincuenta y tres minutos), que dispara en tantas direcciones que el único hilo conductor apreciable son los grandes temas en boga hoy día (inmigración, racismo, espiritualidad, uso de las armas, ecología, etc.). Para hablar de tanto en tan poco espacio, Coldplay recurren a influencias árabes, orientales y africanas; incluyen versos en lengua igbo (Nigeria), persa, francés y castellano… todo ello bañado, como no podía ser de otra manera, por el multicolor esperanza característico del cuarteto británico.

Fotografía: James Marcus Haney

Más luz en el atardecer

Para hablar de tanto (inmigración, racismo, espiritualidad, uso de armas, ecología…) en tan poco espacio, Coldplay recurren a influencias árabes, orientales y africanas; incluyen versos en lengua igbo, persa, francés y castellano… todo ello bañado por el multicolor esperanza característico del cuarteto británico.

El disco amanece con una breve pieza de corte ambiental a cargo de un cuarteto de cuerda. Seguidamente, “Church”, la primera canción al uso del álbum, transmite la energía que se le supone a primera hora de la mañana a la fuerza de la naturaleza que es Chris Martin. A partir de aquí, el resto de la primera parte se oscurece hasta llegar a la blusera y festiva “Guns”, canción que abre la segunda mitad, Sunset.

En Sunrise, “Trouble in Town” comienza con la versión más íntima de los británicos hasta que, progresivamente, remata en un diálogo racial del protagonista con un policía sobre un fondo instrumental caótico y jazzístico. En esta primera parte también hay lugar para una balada desde la voz de un niño que añora a su padre (“Daddy”) o para temas que parecen grabados con el móvil, con un coro góspel (“BrokEn”, homenaje a Brian Eno) o a guitarra y voz (“WOTW / POTP”). Que una de las bandas con más presupuesto y medios para grabar un disco incluya piezas que parecen maquetas con balbuceos y sonidos de pajarillos puede ser síntoma de, a elección del oyente, autenticidad y cercanía, pseudo-experimentación o pura estafa.

El disco recupera fuerza con la potentísima “Arabesque”, un afro-beat con bombo a negras, guitarras funk, vientos enormes y un solo de saxofón del nigeriano Femi Kuti de casi dos minutos. Tras una primera parte de ambiente generalmente lúgubre, es en el atardecer donde aparece un sol cenital que descubre los himnos de estadio (“Orphans”), la ironía (“Guns”), voces jugueteando (“Cry, Cry Cry”, en la cual una segunda voz parece que ha aspirado helio y hay voces percutidas a lo The Housemartins) y los riffs fáciles de corear (“Champion of the World”).

Las voces recuperan protagonismo

Everyday Life consigue recuperar el protagonismo para unas voces y armonías que, con líneas igualmente pegadizas, no son tan fáciles de transformar pobremente en “lo lo lo lo”.

Cuando estaban trabajando en Viva La Vida or Death and All His Friends (2008), Chris Martin y compañía le pidieron a Brian Eno que les recomendara un productor con el que dar el siguiente paso en su carrera y que significara para ellos lo mismo que él supuso para U2, David Bowie o Talking Heads. Brian Eno se ofreció él mismo, y les produjo su obra magna en cuanto a equilibrio entre sensibilidad e himnos de estadio. Uno de los aspectos centrales del disco, que ellos mismos destacan, fue la importancia que el productor le dio a las voces y a las dinámicas corales. 

Tras Viva la Vida, la inmensa riqueza melódica y armónica de las líneas vocales que tenían sus canciones parecía enterrada debajo de los coros para hinchadas. Everyday Life consigue recuperar el protagonismo para unas voces y armonías que, con líneas igualmente pegadizas, no son tan fáciles de transformar pobremente en “lo lo lo lo”.

En ningún tema del álbum se aprecia la importancia de las voces con tanta pureza como en “When I Need a Friend”. La primera parte de Everyday Life se cierra con esta pieza coral de tintes gregorianos que cuenta únicamente con voces masculinas. Aunque delicada y con cadencias bien recogidas, la subida de intensidad después de la segunda estrofa es tan exagerada como irreal. Gracias al discurso final sobre el bullying (en castellano), la canción, aunque de corte clásico musicalmente, entronca con el tratamiento inocente de las preocupaciones contemporáneas que impregna todo el disco.

Un disco de autoayuda hijo de su tiempo

Everyday Life tal vez consiga que aquellos que abandonaron el barco de Coldplay en 2011 vuelvan a darles una oportunidad, aunque en conjunto pega palos en demasiadas direcciones como para transmitir un mensaje coherente más allá de un positivismo infantiloide.

Puede parecer que Coldplay se hayan boicoteado a sí mismos el lanzamiento de su disco más interesante en años porque todos los titulares se centran en el hecho de que no van a hacer más giras hasta que éstas sean ecológicamente sostenibles. Pero es que Chris Martin siempre ha sido un auténtico genio del marketing, y lo absurdo (por irreal) de su intención encaja perfectamente con el buenismo que, aunque siempre presente en sus últimos discos, aparece de manera esperpéntica en Everyday Life.

Excepto cuando tratan el racismo, y tal vez porque lo hacen en el mejor corte del disco para los nostálgicos, “Trouble In Town”, el resto de grandes temas que intentan denunciar o que, por complejos, necesitan de matices sutiles y metáforas ingeniosas, caen en el infantilismo. 

Para hablar de los huérfanos de la guerra de Siria utilizan una producción de arcoíris que encajaría perfectamente en su anterior trabajo y que en su punto más álgido grita: “I want to know when I can go / back and get drunk with my friends”. El estribillo del delicado vals que es “Èkó”, a través del que se narran los sueños frustrados de un tal Joseph, consuela con un “In Africa the mothers will sing you to sleep and say / ‘It’s alright, child it’s alright’

El sexto corte del álbum se llama “Wonder of the World, Power of the People”, mientras que “Champion of the World” utiliza metáforas del tipo “Oh, árbitro, no pares esta lucha en la que estoy” para transmitir el mensaje de que todos podemos llegar a ser campeones del mundo. Y los últimos versos del disco, en “Everyday Life”, son una sucesión de Hallelujahs que culminan en un lacónico y esperanzador “Yes”.

Misma purpurina, distinto lugar

Con este disco, Coldplay cambian la purpurina de las pulseras de colores y el himno de hinchada por un buenismo lírico igual de empalagoso.

De entre las grandes bandas del planeta capaces de llenar recintos olímpicos, Coldplay es, con U2, la única que ha conseguido mantener la tensión del público con su nueva música, hayan estado más o menos acertados. Y es que, ¿a quién le han interesado los últimos discos de AC/DC, los Rolling Stones o Bruce Springsteen?

La riqueza musical de Everyday Life tal vez consiga que aquellos que abandonaron el barco de Coldplay en 2011 vuelvan a darles una oportunidad, aunque el álbum en conjunto pegue palos en demasiadas direcciones como para transmitir un mensaje coherente más allá de un positivismo infantiloide.

Porque la realidad es que, en esencia, con este disco, Coldplay cambian la purpurina de las pulseras de colores y el himno de hinchada por un buenismo lírico igual de empalagoso.

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