Un eco en la noche madrileña

Carolina Durante cierran una etapa con dos llenos consecutivos en La Riviera, dejando tras de sí dos rodadas paralelas y humeantes en la carretera y una veintena de himnos generacionales de identificación obligada para el millennial de a pie

Meteórico es un término que se queda corto para definir el ascenso del grupo madrileño; lo suyo más que un meteoro sería una supernova o un estallido de rayos gamma. En cosa de un año y medio, Carolina Durante han pasado de tocar gratis en movidas organizadas por y para gente de la escena underground madrileña a agotar con una antelación insultante las entradas para dos noches seguidas en la sala de conciertos más grande de Madrid. Hasta el punto, de hecho, de anunciar la misma semana un concierto en el WiZink Center para diciembre de 2020. Es mucho suponer que todos sigamos vivos para entonces, pero de estarlo y a tenor de lo presenciado en La Riviera, cómo para perdérselo.

Uno no puede evitar darle vueltas a las razones concretas de por qué ellos sí y otros muchos no. Quizá la clave del éxito de la música de Diego, Mario, Martín y Juan es que ha convencido a ricos y pobres, cayetanos y modernos (a menudo coinciden), fachas y perroflautas, críticos musicales y civiles que no van a conciertos. Las dos Españas, aún separadas, son igualmente seducidas si se les habla fuerte y claro sobre amor y desamor, que es a lo que se reduce todo.

Carolina Durante son los que mejor han sabido condensar un hastío, a la vez generacional y de toda la vida. El de una juventud que no sabe a qué juega porque le han cambiado las reglas en mitad de la partida, y ya no sabe si mandarle un directo, masturbarse, prenderle fuego a un contenedor o beber hasta olvidarse de que no se va a poder independizar este año tampoco.

Antes, Bestia Bebé habían congregado a una audiencia ya numerosa y sorprendentemente involucrada con la banda, que calentó las gargantas desde el pitido inicial con temas como “El Más Grande de Todos”, “Yo Me La Aguanto” o la aclamadísima “Lo Quiero Mucho a Ese Muchacho”. Lo suyo es un rock similar al de los carolingios, con cortes rápidos y precisos como de pescadería de barrio, que quitan la raspa y dejan únicamente estribillos para vocear calle abajo en noches de borrachera.

Barrio, fútbol, amigos. De Boedo a Chamberí: temas hasta cierto punto intercambiables con los protagonistas del día, aunque con un punto más naif en la línea de Él Mató A Un Policía Motorizado, sin el barniz desgastado de las canciones de los madrileños y de factura más cruda. Una banda que enamora más cuando se ensucian y se ponen el mono de Hüsker Dü que cuando limpian su sonido à la Built to Spill.

El sudor, sangre y lágrimas literales de Diego Ibáñez encima del escenario como símbolos materiales de las movidas internas y los desequilibrios emocionales de una generación vacía, sin mucho a lo que agarrarse y menos aún que perder.

Volviendo a los Carolina Durante, decía que han convencido a propios y extraños. Esto lo han hecho con un único arma, afilada eso sí por un armazón melódico sencillo pero sólido, que juega con todas las referencias clásicas del pop-rock español de calidad de los últimos treinta años. Ese arma no es otra que sus letras. Sin ser las más brillantes (ejem, Biznaga), ni las más ingeniosas (Los Punsetes), ni las más contundentes (Juventud Juché, seguimos extrañándoos). Pero sí las que, sin lugar a dudas, mejor han sabido condensar un hastío, a la vez generacional y de toda la vida. El de una juventud que no sabe a qué juega porque le han cambiado las reglas en mitad de la partida, y ya no sabe si mandarle un directo, masturbarse, prenderle fuego a un contenedor o beber hasta olvidarse de que no se va a poder independizar este año tampoco.

Volviendo a lo estrictamente musical, pese a lo que digan, Carolina Durante no suenan mejor que ayer porque hay que recordar que estos cuatro nacieron con la insufriblemente insuperable “La Noche de los Muertos Vivientes” bajo el brazo. Sin embargo, han sabido crecer como banda adaptándose al ritmo al que ha crecido su fama. Por eso se defienden igual en un escenario de cien metros cuadrados como el de La Riviera que en los seis de la Wurli o la Siroco. Por eso y porque, lentas (“300 Golpes”, “El Perro de tu Señorío”), contundentes (“Hace Falta Sentimiento”, “Necromántico”) o totémicas (“Cayetano”, o la recién estrenada “No Tan Jóvenes”), todas sus canciones hacen mella y se graban a fuego, fáciles de defender sobre cualquier tamaño de tarima.

Carolina Durante han convencido a propios y extraños con un único arma, afilada eso sí por un armazón melódico sencillo pero sólido, que juega con todas las referencias clásicas del pop-rock español de calidad de los últimos treinta años. Ese arma no es otra que sus letras.

Ignatius Farray cantó “Cayetano” el sábado (con referencia a VOX incluida) y Martín Barreiro hizo lo propio con “El Año” el domingo, pero más allá de esas anécdotas los únicos protagonistas fueron ellos, que no es poco. Quitando, por supuesto, a Marcelo Criminal, no invitado pero presente en forma de la única versión de ambas veladas: “Perdona (Ahora Sí Que Sí)”, que extrañamente resume el sentimiento de todos los himnos de los carolinos casi mejor que ninguna de sus canciones por separado. Penúltima bala de la noche, reservando el último clavo del ataúd millennial para “Joder, No Sé”.

El sudor, sangre y lágrimas literales de Diego Ibáñez encima del escenario como símbolos materiales de las movidas internas y los desequilibrios emocionales de una generación vacía, sin mucho a lo que agarrarse y menos aún que perder. No es para tanto, al fin y al cabo y como dice “Minuto 93” (no tocada, lástima): el tiempo pasa, y lo de Carolina Durante igual. Pero hasta entonces dejad que suene el eco en la noche.

Fotografía: Javier Frade González

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