La juventud imperecedera de Vampire Weekend nos contagia su amor por la música

Durante casi dos horas y media, Ezra Koenig y compañía parecieron detener el tiempo y convirtieron su concierto de Barcelona en un recuerdo inolvidable para todos los allí presentes

Siendo uno de mis grupos favoritos y habiendo publicado dos de los discos que más he escuchado en esta década (el último está demasiado reciente aún), siempre tuve cierta cautela a la hora de ver a Vampire Weekend en directo. Tampoco es que se me hubiera presentado el momento más ideal, pero, al menos hasta la etapa del Modern Vampires of the City (2013), era común leer por Internet que eran más “un grupo de estudio que de directo”. Sea como fuere, la oportunidad de verlos de cerca, dentro de una sala en lugar de a cien metros y detrás de una valla en el festival de turno, era demasiado jugosa como para dejarla escapar, y tampoco pensaba que la cosa pudiera salir tan mal en el peor de los casos como para no disfrutar de esos himnos generacionales que me llevan acompañando desde el bachillerato. El caso es que no sé cómo sonarían hace seis o siete años, pero lo que Vampire Weekend hicieron en la sala Razzmatazz de Barcelona el 24 de noviembre no fue sino confirmar que son una banda imprescindible tanto dentro como fuera del estudio, demostrando una elegancia, una maestría y una delicadeza sólo al alcance de los más experimentados.

No quisiera comenzar a relatar el recital de Ezra y compañía sin mencionar a los daneses Liss, un puñado de chavales que, a pesar de los nervios, defendieron con valentía y bastante desparpajo una propuesta a medio camino entre la boyband noventera traída a la actualidad y el indie-pop con tintes de R&B, valiéndose de sus dos EPs ya publicados y presentando en exclusiva parte de su nuevo media duración (todavía inédito).

Como decía más arriba, lo de Vampire Weekend fue un concierto ejemplar desde la simple puntualidad (con la banda saliendo al escenario nada más dar las nueve en punto). Y es que a pesar de no contar con Rostam, a quien siempre echaremos de menos, Ezra, Baio y Tomson se han apoyado en un puñado de músicos enormes (Brian Robert Jones a la guitarra, la multinstrumentista Greta Morgan, Will Canzoneri al teclado y Garrett Ray como segundo batería y percusionista) que han convertido sus pequeñas píldoras de pop millennial en auténticos trallazos que corear como si estuviéramos en un concierto de Foo Fighters.

Vampire Weekend confirmaron que son una banda imprescindible tanto dentro como fuera del estudio, demostrando una elegancia, una maestría y una delicadeza sólo al alcance de los más experimentados.

Me gustan mucho las bandas que saben qué cosas se pueden hacer en el estudio y qué otras se pueden hacer en directo, y Vampire Weekend parecen haberlo aprendido a la perfección. Todas esas pequeñas piezas –casi a modo de interludios– de Father of the Bride (2019) como “2021”, “Big Blue” o “Sunflower” se convirtieron la noche del domingo en auténticas suites de pop progresivo, con unas instrumentales para quedarte atónito contemplando la enorme química que se respiraba entre todos los músicos y un Ezra que, consciente del talento de sus acompañantes, se quedaba en segundo plano en más de una ocasión para dejarles todo el protagonismo. Abrir con “Flower Moon” fue toda una declaración de intenciones en un concierto que intercaló momentos de virtuosismo y recreación con otros tramos llenos de temazos más breves y más clásicos del grupo (“Cape Cod Kwassa Kwassa”, “Holiday” o la favorita de un servidor, “Unbelievers”), consiguiendo así un equilibrio muy bien medido y logrando que el concierto no decayera ni se hiciera pesado en ningún momento.

Tanto es así que, incluso cuando caía algún tema algo más flojete como “Rich Man”, todo sonaba tan bien que se hacía igualmente disfrutable, gracias también a un Ezra interactivo con el público (muy entusiasmado y entregado, por otro lado). Pero si algo quedó claro es que la banda tiene grandísimas canciones, para dar y tomar: cuando no sorprendían por su selección (cayeron cosas tan originales como “Sympathy” y “Bambina”, de su último disco, así como “California English” de Contra (2010)), lo hacían por su capacidad para enamorarnos con versiones tan maravillosas como esa “Late in the Evening” de Paul Simon, o para dejarnos sin respiración enlazando “Diane Young”, “Cousins” y “A-Punk”.

Una de las cosas que más me ha gustado siempre de Vampire Weekend y que resulta especialmente notable en Father of the Bride es su carácter de grupo que, ante todo, siente la música como una celebración. Y, en resumen, eso fue el concierto en la Razzmatazz, algo que se notó sobre todo en temas como “This Life” o “Harmony Hall” (las más aclamadas de su última referencia). Lo cual tampoco significa que no hubiera momentos para el intimismo: ahí quedaron una “Jerusalem, New York, Berlin” con Ezra despojado de su guitarra para cerrar antes del bis o unas “Step” y “Hannah Hunt” en las que consiguieron trasladar a la perfección la atmósfera tan única de un disco como Modern Vampires of the City (2013).

Uno de los aspectos más destacables de Vampire Weekend y que resulta especialmente notable en Father of the Bride es su carácter de grupo que, ante todo, siente la música como una celebración. Y, en resumen, eso fue su concierto en Barcelona.

Llegaron los bises y el grupo le dio el gusto y el placer al público de elegir bastantes canciones: primero una “Oxford Comma” que no podía faltar y, luego, las sorpresas: esas versiones del “I’m Goin’ Down” de Bruce Springsteen y del “Son of a Preacher Man” de Dusty Springfield que Ezra agradeció, y por último una “Giving Up the Gun” que personalmente siempre ha figurado entre mis favoritas pero que ni de casualidad esperaba poder ver en directo. “Sólo una pregunta… ¿por qué coincidís tanto con esta?” decía un Ezra sorprendido ante la cantidad de móviles en cuyas pantallas se podía leer el título de la canción. “No lo hacemos muy a menudo, pero vamos a hacer una versión un poco especial que nos gusta tocar de vez en cuando” comentaba antes de arrancarse con una revisión menos electrónica que la original y más cercana al sunshine-pop de su último disco.

Cuando Ezra anunció el final del concierto diciendo “sólo tenemos tiempo para una más, vamos a tocar Walcott” costaba creer que ya lleváramos más de dos horas sin parar apenas un segundo. “Ha sido el concierto más largo que hemos dado nunca en España”, dijo en un momento de la noche. Y, así, con toda la pena del mundo, dijimos adiós de la mejor forma posible: escapando de Cape Cod una vez más e intentando mantenernos jóvenes para siempre.

Fotografía: Christian Bertrand

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