Richard Dawson

Richard Dawson –
2020

Lejos de parafrasear el estilo folk de su anterior trabajo, Dawson recupera algunas de sus armonías para darles un toque más electrónico, más urbano. Unas letras divertidas, profundas y, por descontado, mucho más comprensibles que el inglés medieval de Peasant (2017). Desde el original título hasta las experimentaciones moderadas de sus temas, el cantautor demuestra una vez más que su característica voz chillona esconde ideas verdaderamente brillantes y evocadoras.

No cabe duda de que la civilización más aislada e individualista de la Historia, frisando en ocasiones los parámetros de la ciencia ficción del siglo pasado, es la nuestra, en la que un año más supone abrumadoras diferencias. No parece ser así en el aspecto cultural, ya que las grandes obras o bien esperan ser rescatadas por la crítica o no han sucedido en absoluto. Algunos artistas intentan, sin embargo, sacar algo de novedad del saco del formato canción. Es el caso de Richard Dawson, quien, en su último LP, regresa tímidamente a una vereda menos disonante, engarza su voz cargada de falsetes y experimenta con acordes y melodías reconocibles dentro de su universo.

Una nueva variante de su estilo

Dawson repara en temas tan cotidianos como salir a correr, sufrir ansiedad o verse superado por el trabajo. En sus manos, estas realidades viajan a un territorio extravagante, recogiendo su estilo característico, pero dando un paso en una dirección más accesible.

La mezcla del folk de autor con las nuevas tendencias no es algo nuevo, desde luego. Con nuevas tendencias podríamos referirnos al glitch, ese género que parece arrancado directamente de la cultura meme e Internet, aunque, en sentido general, hablamos de las nuevas sonoridades computerizadas que se han venido insertando en el hip-hop de la última década. También hay un acercamiento al pop más marcado que en anteriores trabajos.

Si en Peasant (2017) el inglés nos había arrastrado a una villa medieval, en este caso repara en temas tan cotidianos como salir a correr, sufrir ansiedad o verse superado por el trabajo. Estas realidades, en manos de Dawson, viajan a un territorio extravagante, en el que las canciones recogen su estilo característico, pero dan un paso en una dirección más comercial y accesible, sin dejar por ello las incursiones arriesgadas. Existe una fuerte influencia del folk tradicional inglés, pero también del indie, y todo ello designando una mezcla homogénea de la que resulta complejo concretar influencias. Mención aparte merece la portada, tan confusa como reveladora, apariencia de un mundo que no conduce a ninguna parte.

Fotografía: Sally Pilkington

Suficientes dosis de originalidad

A veces desplazándose de puntillas, en breves atmósferas, menos sobrecargado de lo habitual, y otras próximo al rock duro, Dawson establece desde el primer momento un sonido en conexión con Peasant.

A veces desplazándose de puntillas, en breves atmósferas, menos sobrecargado de lo habitual, otras próximo al rock duro, como es el caso del primer sencillo en publicarse, “Jogging”, Dawson establece desde el primer momento un sonido en conexión con Peasant. A éste se oponen cortes más dramáticos y calmados, como “Fresher’s Ball”, en el cual no dejamos de oír algunas estructuras previamente advertidas. Algo parecido sucede con el tercer corte, “The Queen’s Head”, donde entre susurros que parecen sacados de una canción infantil, ofrece nuevas sonoridades para una misteriosa progresión.

Por otra parte, la épica melodía de “Civil Servant” es completamente imprevisible y, sin embargo, parece evocar recuerdos de un tiempo lejano. La mezcla de los teclados con el ya conocido sonido de la guitarra preparada proporciona una tímbrica nueva, y así, por ejemplo, “Heart Emoji” pertenece a la dialéctica dawsoniana, pero al mismo tiempo formula interesantes sonidos generados, sin alcanzar la profesionalización de JPEGMAFIA o FKA twigs. El artista presume de registros, en lo que algunos pueden encontrar un aspecto desacertado, como en el grito que despliega en el último minuto del segundo sencillo (“Two Halves”).

Mientras que los primeros cortes parecen refugiarse en una sintonía reconocible, fácilmente representable en su anterior álbum, a medida que la música avanza va proponiendo ideas accesibles pero a la vez poco comunes en el rock, y ya no digamos en el folk contemporáneo.

Originalidad sin fallarse a uno mismo

La mezcla de este mundo cibernético con el folk, aunque sólo sea superficial, tiene con Dawson una prometedora figura.

Los dos cortes más largos del álbum, “Black Triangle” y “Fulfilment Centre”, atesoran bastantes sorpresas sin volverse repetitivos o pesados. El segundo, por ejemplo, amalgama cuatro notas de la guitarra y sus variaciones con una percusión exótica apoyada por los sonidos informáticos. Va evolucionando hasta encontrarse con un solo de guitarra que hubiera firmado el más atrevido Frank Zappa. Una coda completamente distinta apoya la coyuntura de encontrarnos ante un álbum más que ante un listín de canciones.

La conceptual “No-One” da paso a la cadencia del álbum, representada por un tema muy accesible y con una emocionante subida. “Dead Dog in an Alleyway” resume a la perfección el contenido del álbum y proporciona un agridulce final, como ya hiciera con la pobre mascota del mendigo en “Beggar” del disco previo.

Dawson no hubiera podido sacar este trabajo unos años antes, cuando la era del glitch no estaba más que comenzando y el influjo nerd tenía a Death Grips y a Danny Brown como sus principales representantes. Los frutos del final de la década se han traducido en una creciente ola de sonoridades informatizadas y guiños al mundo cibernético, por lo que la mezcla de este mundo con el folk, aunque sólo sea superficial, tiene con Dawson una prometedora figura. Sin embargo, como ha demostrado el artista desde el principio, su trayectoria resulta impredecible. Este paso es, independientemente de ello, un apoyo a la originalidad sin fallarse a uno mismo, y lo que es más, bastante accesible.

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