Kanye West

Kanye West –
Jesus Is King

Kanye West entierra los egos, las ansiedades humanas y divinas, lo político y lo social, lo artístico y lo conceptual para completar su disco-fénix. Un manifiesto religioso de exaltación a Dios que ofrece su nuevo despertar como siervo y revoluciona el góspel desde las entrañas, conectándolo con el hip-hop y con todas las transgresiones sonoras que ha acometido en su carrera.

No hay preludios que valgan ante un nuevo disco de Kanye West. Todos conocemos de sobra su trayectoria y tenemos (más o menos) nuestra opinión formada respecto a su trabajo, su carrera artística y hasta sus comportamientos personales. Así que dan un poco igual los preludios… el listón siempre está demasiado alto y eso a veces nos puede hacer errar el tiro. Más cuando un álbum que lleva anunciándose y cambiando de forma y disposición prácticamente durante dos años termina siendo un disco religioso de poco más de veinte minutos. Las expectativas son altas y las opiniones afiladas. Y el caso es que a este nuevo Kanye le da igual, porque ya no es esclavo de sí mismo, ni del sistema ni de la industria, ni de su público ni de nadie más que Dios. Jesus Is King es para él, nada más y nada menos, y eso lo hace un disco difícil de valorar, pues quizá supone el fin de un Kanye West y el comienzo de otro totalmente diferente. Y hay que aproximarse a los engranajes de esa transición, así que vamos por partes.

El preludio

Jesus Is King ha terminado siendo algo muy parecido a lo que iba a ser en un principio, pero también algo totalmente diferente. Casi un disco accesorio en la trayectoria de su autor, pero igualmente necesario para entender al completo su visión.

Kanye West lleva dos años anunciando este disco, antes incluso de acometer su particular pentáculo en 2018. Eso que al principio parecía que iba a llamarse YANDHI y que iba a funcionar como una especie de segunda parte espiritual de Yeezus (2013), eso que le daría un cierto sentido discursivo a un círculo trazado por el propio Kanye. Pues olvídense de esto. West siempre le da vueltas a su trabajo, ya lo demostró con el lanzamiento non-finito de The Life of Pablo (2016), y finalmente Jesus Is King ha terminado siendo algo muy parecido a eso, a lo que iba a ser en un principio, pero también ha resultado ser algo totalmente diferente. Casi un disco accesorio en la trayectoria de su autor, pero igualmente necesario para entender al completo su visión. Y es ahí donde el disco se hace, de algún modo, trascendente.

Retornemos a la época del descomunal Yeezus. Ahí Kanye diluía su propia personalidad hacia un concepto divino, desnudaba sus propios procesos hasta su versión más cruda y se situaba, de alguna manera, como cabeza de turco para expiar los pecados de una humanidad condenada. Era el Mesías. Pero en algún momento reparó en la idea de que quizá él mismo se estaba convirtiendo en un falso dios, en falso profeta, en un becerro de oro. Y de ese razonamiento surge otra obra maestra más de West, The Life of Pablo, en el que, como el profeta, vemos a un Kanye cegado por la luz de Cristo y dispuesto a reconducir su vida para ponerla al servicio de algo mucho más grande. Formado ya el Kanye “godworker”, quedaba resolver primero una crisis de identidad personal antes de estar listo, de alguna manera, para lanzar el mensaje obtenido de aquellas revelaciones. Aquella cura está representada en el antes mencionado pentáculo de discos del año pasado. Relacionados todos ellos en torno al número 7 (el número de temas que contienen todos excepto el de Teyana Taylor, quizá símbolo de esa imperfección que permitió que la gravedad cuántica empezara a suponer la expansión del universo), pueden representar la purificación de cada uno de los lugares en los que fue herido Kanye, lo que representa en sí misma la figura del pentáculo. Ya sanado y ya “humanizado”, West inicia una nueva etapa en su carrera puesta por completo al servicio del mensaje divino. Ya no es él el rey, sino la Trinidad. El Salvador. Jesús, nuestro Señor.

Fotografía: Rich Fury (Getty Images for Coachella)

El disco

La verdadera transgresión está en lo instrumental. Y no por trasgredir la propia carrera o el propio sonido de West, madurado ya tanto como para marcar el final de una época personal, sino por hacerlo dentro de un género como el góspel y de una forma tan explícita.

Con todo ese background, podríamos casi esperar las tablas de la ley del siglo XXI, un nuevo manifiesto religioso de una religión para el nuevo mundo, pero finalmente Jesus Is King no trasciende ninguna norma discursiva, como sí hacían por ejemplo Arcade Fire en Neon Bible (quizá la mejor aproximación contemporánea a un nuevo decálogo). De hecho, básicamente es una versión grabada –muy espontáneamente– de los Sunday Services que West lleva haciendo más de un año por todo EEUU y que han amanecido hasta en Coachella. Vamos, un servicio dominical de salmos, versículos de salve y góspel elevador.

La transgresión no está en lo lírico, aunque West haya tenido que darle muchas vueltas a este apartado y haya contado finalmente con la inestimable ayuda del hermano desaparecido de Clipse, No Malice, para darle forma a toda la parte religiosa. Está en lo instrumental. Y no por trasgredir la propia carrera o el propio sonido de West, madurado ya tanto como para marcar el final de una época personal, sino por hacerlo dentro de un género como el góspel. Algo que de algún modo ya llevan haciendo Solange, Frank Ocean, Tyler, The Creator, Earl Sweatshirt o Blood Orange, pero que nunca se había acometido de una forma tan explícita. 

El sonido

Jesus Is King apuesta por la concreción pero de una forma quizá demasiado de brocha gorda, con muy poca unidad interna salvo por el monotema cristiano. Con canciones que no terminan de desarrollar las geniales ideas que en muchos casos presentan y que en su mayoría terminan en coitus interruptus.

Decía antes que lo instrumental en Jesus Is King no transgredía el sonido de la carrera de West, pero, ¿es eso acaso posible? A día de hoy, es la transgresión precisamente lo que marca su firma, y en este disco no podemos encontrar sino un compilado de prácticamente todas las identidades de Kanye, filtradas esta vez con la pátina espiritual. Y tratadas con una sensación extraña de espontaneidad, de prisa, de poca definición o detalle en los trazos, lo que podríamos quizá relacionar conceptualmente con la crudeza de Yeezus (en este caso en una versión mucho más hi/sci-fi) o con el non-finito miguelangelesco de The Life of Pablo

El resultado es un disco de apenas veinte minutos que apuesta por la concreción pero de una forma quizá demasiado de brocha gorda, con muy poca unidad interna salvo por el monotema cristiano y opuesto en todo a lo que West conseguía por ejemplo en dos discos tan diferentes pero con tantas particularidades en común como KIDS SEE GHOSTS y DAYTONA. Con canciones que no terminan de desarrollar las geniales ideas que en muchos casos presentan y que en su mayoría terminan en coitus interruptus.

Fotografía: Rich Fury (Getty Images for Coachella)

Las canciones

Jesus Is King es Kanye en la crisálida, protegido de la debacle que nos asola, meditando las necesidades de un nuevo estado de las cosas.

Pero no olvidemos esas ideas porque ahí están y siguen demostrando que West está en otro nivel. Los tambores que simulan disparos en “Selah” y la cesión de toda la intensidad final al coro para corporeizar la morbidez alienígena de Yeezus. Ese sample del “Can You Lose By Following God” de Whole Truth (1974) tratado a la ácida manera de DAYTONA. La fantasía sintética que es “On God”, en la que Pi’erre Bourne se lleva la etapa 808s & Heartbreak y toda la imaginería sonora de Kid Cudi a su propio y futurista territorio sobre un sample del “Oh My God” de A Tribe Called Quest. El desafinado de “God Is”, con esa especie de aura aperturista y todo ese espacio por abordar que también destacaba en el modesto ye. Cómo Timbaland es capaz de hacer balance entre el primer Kanye, el más soul, el de College Dropout y Late Registration, y el último en temas como “Hands On” o la más Tyler “Water”.

El retorno de Clipse en la brutal “Use This Gospel”, rematada por un solazo de saxo de Kenny G, y cómo No Malice ha participado mano a mano con West en la composición de todas las letras, acercando el trap y la forma de componer del hip-hop a un discurso eclesiástico, espiritual. Un compendio quizá olvidable, sí, pero también un glosario de lo que ha supuesto West a lo largo de esta década en la que ha reinado de forma sólo discutible por Beyoncé o Kendrick Lamar y puede que hasta un parón para coger un aire necesario y adentrarse en los inhóspitos territorios de una nueva década y de una nueva etapa artística, adaptada a los nuevos lenguajes que exige un mundo vertiginosamente cambiante. Eso se puede atisbar en “Closed on Sunday”, la mejor canción del disco y la que más se aleja de un modo u otro de todo el corpus de West, entre las bases de sintetizador gravísimas y ese dibujo de guitarra acústica menor y pantanoso, el break casi EDM muy Channel ORANGE y la intensidad de la performance vocal acompañada por el coro.

Jesus Is King es Kanye en la crisálida, protegido de la debacle que nos asola, meditando las necesidades de un nuevo estado de las cosas, a lo mejor incluso más que un disco religioso. Es la prueba de que los genios también necesitan tomarse su tiempo para pensar, de que a veces hay que parar y esperar a que te caiga una manzana en la cabeza.

error: ¡Contenido protegido!