Wilco

Wilco –
Ode to Joy

Con su undécimo álbum de estudio, los de Jeff Tweedy celebran veinticinco años en escena tratando de destilar la esencia alt-folk que los convirtió en los profetas de la melancolía del nuevo siglo. El resultado son once temas que muestran al Tweedy más nostálgico, irónico y reflexivo. Aunque la riqueza instrumental es brillante, debido a la autonomía de guitarra y batería Wilco no siempre consiguen encontrar el equilibrio entre forma y contenido.

2019 ha sido el año en que me he dado cuenta de que muchos de mis álbumes favoritos cumplen veinticinco años a la vez que yo. Llevo todo el año celebrando la absurda importancia del cuarto de siglo saltando entre Parklife y Dookie o dedicando una tarde a escuchar John Henry de los Giants y One Foot on the Grave de Beck, pensando que posiblemente tengo la misma edad que ellos tenían entonces y que toda mi vida arrastra de alguna manera la memoria de estas dos décadas. Un día de estos descubro que también comparto aniversario con Wilco, coincidiendo con el lanzamiento de Ode to Joy, su undécimo álbum. Lo primero que pienso al escucharlo es que la banda de Jeff Tweedy ha envejecido peor que sus primeros álbumes. No es que fuera difícil, pues hablamos de músicos que han sufrido la sádica transición de los veinticinco a los cincuenta, dejando atrás trabajos con una complejidad genérica y una electricidad lírica tan feroz que suenan atemporales. Pero, quizá por eso mismo, porque durante años hemos presenciado el milagro alquímico de su música, recibimos cada último álbum esperando que, al menos, nos guste un poco más que el anterior.

Un esperado y previsible regreso

En la presente década, Wilco parecen haberse estancado en patrones repetitivos y melodías tan equilibradas como machaconas, en busca de una nueva sinceridad en el rock más clásico y el discurso de la autorreflexión. En ese sentido, Ode to Joy no supone ninguna excepción.

Durante años, la voz de Tweedy mantuvo ese timbre como de un eterno veinteañero humilde, ingenioso y continuamente puteado. Ese elemento de eterna y desganada juventud, que brillaba por sí solo en álbumes como Being There (1996), Summerteeth (1999) y Yankee Hotel Foxtrot (2002), se refleja también en la unión entre la honestidad y la expresión de la vulnerabilidad propia del country y la valentía para experimentar entre los límites del pop y el rock en sus múltiples vertientes, optimizando la relación entre voz, instrumental y sintetizadores. Sky Blue Sky (2007), publicado cuando Wilco ya no era un cuarteto joven y ansiosamente talentoso, sino un equipo de seis gigantes con hijos adolescentes y proyectos paralelos, fue quizá su punto de inflexión. Con una sensibilidad folkie más madura y menos arriesgada, el álbum era una apuesta por el rock ‘n’ roll como discurso del desamor, la adicción y la depresión. A lo largo de la presente década, el rumbo de Wilco giró hacia un terreno más sólido, basado en buscar una nueva sinceridad en el rock más clásico y reflexionar acerca de su propia obra, al tiempo que parece haberse estancado en patrones repetitivos y melodías tan equilibradas como machaconas. 

En Ode to Joy, esta sigue siendo, nos guste o no, su idea de tierra firme, y siguiendo con la metáfora, no tienen muchas ganas de salir a navegar. Coincido con varios críticos y colegas en que era algo que se veía venir. Aun así, su regreso, tres años después de Schmilco (2016), ese álbum templado, monocorde e innecesariamente ácido, era uno de más esperados. El anticipo de un primer single, “Love is Everywhere (Beware)”, con una sintonía más ligera y equilibrada, nos dio esperanzas de que traerían parte su energía folk-pop más veraniega. Pero lo cierto es que, por más que uno sepa buscar la magia acústica y liberadora del álbum (adelanto que sí, la tiene), queda claro que los de Chicago siguen viviendo más en el invierno.

Fotografía: Anton Coene

Folk íntimo y político

Más que otros anteriores, este es un álbum esencialmente doméstico, en la manera que la banda ha entendido siempre este concepto: como una típica casa con jardín en llamas, lo que se traduce en una concepción amplia y personal, pero, a fin de cuentas clásica, de la canción americana.

El tema de apertura, “Bright Leaves”, cansino donde los haya, arranca con una melodía dominada casi en todo momento por la batería impecable de Glenn Kotche, a veces deslizándose a través de breves destellos de bajo y guitarra que iluminan el tema desde el fondo, perfilando los contornos de una relación que lleva tiempo suspendida en caída libre. Pese a estos momentos de equilibrio imposible y la energía que Tweedy pone en los vibratos al tiempo que nos guía a través de estrofas irregulares, es difícil emocionarse con la monotonía del I never change / You never change” que se repite continuamente en el estribillo y nos vence definitivamente en el outro.

No es el mejor comienzo para un álbum que dice ser una oda a la alegría, pero nos vale como intro para un songbook con leves matices y variaciones, donde la banda experimenta a una escala microscópica y cuyo discurso sobre la vida adulta sugiere que el cambio no es algo que está en nuestras manos, sino algo que nos pasa por encima irremediablemente. Esa es tal vez la reflexión latente en “Before Us”, una balada country donde el monólogo cansino de Tweedy se proyecta sobre el espíritu burlón de Woody Guthrie entonando “This Land is Your Land” desde ultratumba. Su simplicidad acústica se equilibra con continuos efectos metálicos y un coro de voces que parece agrandarse de un estribillo a otro. Se trata de un tema que explota la dualidad anímica de la americana: una melodía amable pero melancólica, donde la nostalgia es casi un acto de resistencia ante un presente distópica.

“I remember when wars would end
Remember when wars would end?
Now‚ when something’s dead
Now‚ when something’s dead
We try to kill it again”

Algo que siempre me ha gustado de Wilco (o en particular de Tweedy como compositor) es su forma de reflejar su tragedia personal como un episodio de la gran tragedia humana, destilando la tristeza hasta convertirla en un bálsamo que nos protege temporalmente. Ode to Joy es una exhibición de la lírica apaciguadora y extrañamente tierna del Tweedy de los últimos años, que inspira la lucha del individuo contra la tristeza ante la certeza de la muerte y la corrupción moral en una nación que ama pero que se ha convertido en el epicentro del terremoto universal. Más que otros anteriores, este es un álbum esencialmente doméstico, en la manera que la banda ha entendido siempre este concepto: como una típica casa con jardín en llamas, lo que se traduce en una concepción amplia y personal, pero, a fin de cuentas clásica, de la canción americana.

Unión de fuerzas

Aunque la línea vocal de Tweedy se descuelga varias veces de la melodía instrumental, el álbum ofrece muestras de una banda que conoce bien las posibilidades de cada instrumento, oscilando entre sonidos metálicos en la batería y solos eléctricos que refuerzan la estrofa.

El álbum termina de asentarse en el mood melancólico y reflexivo con “One and a Half Stars” y “Quiet Amplifier”, dos temas consecutivos que, en una primera escucha, es difícil distinguir de alguno de los de Tweedy en solitario, pero cuya progresión es la muestra de una creciente unión de fuerzas: desde el sobrio y agridulce monólogo de guitarra, sobre un eco de batería y teclado, al diálogo in crescendo entre esa espléndida percusión, guitarras y sintetizadores que funden una clásica melodía country con un blues metálico y lejano. No obstante, al mismo tiempo, la voz se va descolgando de la melodía. Sobre página, la poesía de Tweedy podría ser cualquier cosa entre cínica y desesperada, pero grabada sobre esta instrumental resulta tan fría que, mira por dónde, acaba siendo simplemente un metacomentario bastante acertado.

“I have a quiet amplifier
Silence seems more true
Every guitar is denied
I’ve tried, in my way, to love you” 

En el quinto tema, “Everyone Hides”, el álbum ofrece un pequeño respiro con una melodía veraniega que recuerda un al optimismo pop de “Summerteeth” (tanto tema como parte del álbum), donde la batería vuelve a jugar en primera línea. Una vez más, no está claro si el tema trata sobre lo personal o lo político, quizá la traición de un amigo íntimo o la crisis del troleo y las fake news, o si uno es la excusa para hablar del otro.

Tweedy explora el motivo de la mentira, piadosa, cruel, privada o pública, en los dos siguientes temas: “White Wooden Cross” ofrece una sintonía instrumental ligera con agudos acordes de piano que potencian el estribillo y un breve pero potente solo de guitarra de Nels Cline. “Citizens”, por su parte, nos devuelve al tempo calmado y tenso de un western, pero aunque la resonancia metálica de la batería la salva del efecto depresivo, termina ganando la somnolencia en la repetitiva línea white lies”, de nuevo arrastrando el tema hacia un outro demasiado largo.

Una grandiosa banda tributo de ellos mismos

Es una lástima que este álbum no consiga una cohesión entre una interpretación virtuosa y se quede en ese bonito canto al amor, al conformismo y a la nostalgia.

La esperanza que, a pesar de todo, siempre ha acompañado a los héroes se da por hecha, pero se percibe una nota constante de escepticismo que acaba convirtiéndose, no obstante, en su zona de confort. “We Were Lucky”, probablemente mi tema favorito del álbum, tiene una entrada eléctrica tan potente como fúnebre, un primer golpe que nos hace abrazar la ambigüedad emocional de un sonido grave y metálico, para deshacerse al final de la estrofa, donde la voz se suaviza y equilibra con la certeza de que el amor permanece, de una manera o de otra, como la experiencia más próxima al hogar (We were lucky, that’s for sure / I was yours / And you didn’t mind / Being mine”). De nuevo, dos delirantes solos de Cline en los intermedios, esta vez más largos (quizá no lo bastante), reaniman el tema y quizá hagan que el álbum, después de todo, merezca la pena.

Tras este intenso contrapunto, el álbum regresa a la serenidad acústica y al canto al amor incondicional, honesto y arriesgado con “Love is Everywhere (Beware)” y “Hold Me Anyway”, la primera un himno folk con ecos a los Beatles y la segunda una amable sintonía indie que incluye una fiel imitación del ukelele por medio de guitarra y batería y un pegadizo estribillo ochentero que defiende bien el soliloquio de turno. Nos falta (o más bien, nos sobra) el último tema, “An Empty Corner”, un conciso y costumbrista retrato del artista de mediana edad (Eight tiny lines of cocaine / Left on a copy machine / In an empty corner of a dream / My sleep could not complete”) que cierra el álbum con una nota grave y un tono esperanzado que después de todo el sufrimiento y el conflicto interno de temas anteriores. Alivia, pero no convence del todo.

Como afirmaba el escritor George Saunders en su comentario de WARM (2018), el álbum de Tweedy en solitario: “Jeff es nuestro grande y burlón poeta de la consolación”. Tras escuchar este álbum durante más de una semana, tengo la impresión de que apenas queda más que el poso pacificador y el apunte metanarrativo que dibuja la figura de un artista que se esfuerza por construir algo a partir del vacío mientras es capaz de reírse en el centro del agujero. Me quedo con eso y con el recuerdo de haber escuchado a seis músicos increíbles haciendo cosas que llevaban años sin hacer. En general nos gusta más que el anterior, y aun así es una lástima que este álbum se quede en ese canto al conformismo y a la nostalgia por los viejos álbumes, los viejos presidentes y los primeros felices veinticinco. Dicho así, suenan como un grandioso tributo a ellos mismos.

error: ¡Contenido protegido!