High Reeper

High Reeper –
High Reeper

Una mezcla bien aliñada de proto metal y hard-rock de la vieja escuela capaz de espabilar a un muerto. Nada más y nada menos que eso es lo que nos ofrecen High Reeper en su segundo álbum de estudio.

El ritmo al que el muy recomendable sello independiente Heavy Psych Sounds publica nuevos álbumes, siendo la mayor parte de ellos merecedores del nombre del sello, es demasiado rápido como para que lo podamos seguir como deberíamos. Sin embargo, casi todos merecen la escucha por parte de cualquier fan del stoner o el doom que se precie. Ese es el caso del segundo disco de High Reeper, titulado no demasiado imaginativamente Higher Reeper.

Desde Philadelphia con gasolina

En términos generales, High Reeper apunta directamente a los clásicos del heavy metal (quizá especialmente Judas Priest) y al hard-rock motero, tanto en estética como en temática y en sonido (grumoso y grabado analógicamente).

Así, si algo demuestra este álbum es que a veces no necesitas ser el más listo de la clase, ni el capitán del equipo de fútbol, ni la jefa de animadoras. A veces lo único que necesitas es una vieja chupa de cuero, una cajeta de cigarrillos y unas gafas de sol para demostrar quién manda en tu instituto. High Reeper son exactamente esos tipos.

Lo de High Reeper es un rock and roll lento, duro y más crudo que el steak tartar. Menos hooligans que sus colegas de R.I.P., más ligeros que Forming the Void, sin el aire ocultista de Dead Witches o Salem’s Pot, High Reeper podrían correr el riesgo de acabar en tierra de nadie en una escena tan saturada de buenas bandas. Podrían, si su actitud de no importarles nada una mierda no fuese precisamente lo que les convierte en una banda de rock tan cojonuda.

Fotografía: Drew Wiedemann

La misma segadora, con una marcha más

El quinteto de Philadelphia parece consciente de que no están reinventando la rueda, con lo cual dejan la experimentación y la ambición a otros. Lo suyo es alto octanaje y simplicidad.

Entrando ya en materia, Eternal Leviathanarranca las hostilidades como una descarga eléctrica. No será eterna, pero sí es definitivamente un monstruo de canción, sentando además las bases del sonido general del álbum. El quinteto de Philadelphia parece consciente de que no están reinventando la rueda, con lo cual dejan la experimentación y la ambición a otros. Lo suyo es alto octanaje y simplicidad, que a veces funciona mejor (Obsidian Peaks) y otras peor (Foggy Drag), pero no se puede decir que engañen a nadie.

Sin lugar a dudas, Bring the Dead es la mejor canción de las ocho que conforman Higher Reeper. No por ser especialmente diferente al resto, sino simplemente por ser la más inspirada de ellas: una sección rítmica que es puro doom y un estribillo más pegadizo que la media la hacen destacar entre la bruma. Por otro lado, la ominosa Apocalypse Hymn recuerda a Kadavar en modo lento, al estilo de “Reich der Traume” y añadiendo una necesaria pizca de variedad a la mezcla final. Y es que si algo se le puede achacar a este disco es que juega demasiado cerca de lo que ya conocimos de Zach Tomas y los suyos en su debut homónimo.

En términos generales, el disco apunta directamente a los clásicos del heavy metal (quizá especialmente Judas Priest) y al hard-rock motero, tanto en estética como en temática y en sonido (grumoso y grabado analógicamente). Tal vez precisamente por ello y pese a que no se convertirá en una referencia especialmente relevante en el futuro, seguro que será bien recibido por cualquier fan de estos sonidos. Y lo que es más importante: ejemplifica a la perfección ese sonido revival protometalero tan asociado a nuestros días y popularizado por sellos como HPS o Riding Easy. Por tanto, si para cuando acabe la postrera Barbarianno estás soñando con dejarte melena y convertirte en Dennis Hopper o Peter Fonda en Easy Rider, cambia de auriculares. O de crítico musical de confianza.

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