Jay Som

Jay Som –
Anak Ko

Jay Som vuelve con un disco más maduro que su anterior publicación, pero que no acaba de conectar con el oyente. A pesar de estar musicalmente muy bien desarrollado y desmarcarse de la etiqueta de bedroom pop, sus ambiguas letras y sus extensas secciones instrumentales nos dejan esperando algo más, haciendo que palidezca un poco en comparación con su predecesor.

Jay Som es Melina Duterte. Más allá de ser su proyecto personal, su implicación a todos los niveles en el proceso musical hacen esta afirmación especialmente literal. Desde su primer álbum, reeditado en 2016 por su discográfica y originalmente publicado en Bandcamp, hasta la actualidad, Duterte se ha encargado de la composición y producción de toda su música. Esto incluye su álbum de 2017 Everybody Works, un ejercicio más que interesante de bedroom pop con influencias variadas, pasando por el shoegaze, el funk o el folk.

De la habitación al desierto

Está claro que bedroom pop es una etiqueta que se le queda corta a Jay Som. Puede estar justificada porque el proyecto está concebido, casi literalmente, en la habitación de Duterte, pero no acaba de encajar del todo en el concepto tradicional del género.

Melina Duterte declaró haber escrito Anak Ko íntegramente en Joshua Tree durante una estancia de siete días, algo que parece reflejarse en algunos temas. Está claro que bedroom pop es una etiqueta que se le queda corta a Jay Som. Puede estar justificada porque el proyecto está concebido, casi literalmente, en la habitación de Duterte, pero no acaba de encajar del todo en el concepto tradicional del género. Esto se debe quizás a los antecedentes musicales de Melina Duterte, como los discos de funk que escuchaba su padre durante su infancia o haber sido trompetista de jazz en la adolescencia. Son tantas y tan bien integradas las influencias de Duterte que, a veces, cuesta identificarlas individualmente. El resultado es una sonoridad peculiar que recuerda a todo y a nada a la vez. Sin embargo, el sonido es cohesivo, más en este álbum que en los anteriores, prueba de un trabajo bien hecho.

A pesar de seguir teniendo el control creativo absoluto de su disco, por primera vez Duterte ha invitado a otros músicos a participar en la grabación. Las colaboraciones incluyen a sus compañeros de gira habituales (Zachary Elasser, Oliver Pinnel y Dylan Allard), Laetitia Tamko (Vagabon), Annie Truscott (Chastity Belt) o Justus Proffit, con quien ya comparte un EP (Nothing’s Changed). 

El título del álbum tiene el emotivo significado de “mi hija” en tagalo, que la propia artista ha definido como la manera que tiene su madre de referirse a ella. Pero, además de tierno, el nombre del disco es toda una declaración de intenciones. En el mundo del indie, todavía mayoritariamente masculino y blanco, Duterte nos recuerda sus raíces filipinas desde el minuto cero.

Fotografía: Lindsey Byrnes

Un cambio en su sonido

Duterte logra un sonido más personal, con esos reflejos de jazz y funk que tan bien le sientan. El repertorio de Jay Som apunta hacia un camino prometedor si es capaz de quedarse con lo mejor de cada uno de sus discos.

La canción de inicio, “If You Want It”, abre con un sonido menos ambiental que de costumbre. Al poco de comenzar, el pie se mueve exclusivamente al ritmo del bajo. Complejidad sonora y coros evocativos desembocan en un solo que parece estar fuera de lugar (pero sólo lo parece); ya hemos visto este tipo de secciones discordantes en temas de su anterior disco. El resultado es una tensión que, si bien no incomoda, tampoco nos permite bajar la guardia del todo.

Superbike”, canción influenciada por Cocteau Twins y The Cure según la propia Melina Duterte y que no se encontraría fuera de lugar en una película de John Hughes, nos habla de una fuga en moto para escapar de un amante al que se siente atada. Mientras que Peace Out va creciendo poco a poco desde el inicio hasta llegar a ese sonido denso, con más capas que una cebolla, al que nos tiene acostumbrados Jay Som, Devotion” vuelve a las influencias ochenteras que mencionábamos anteriormente con una instrumentación diversa y un ritmo de guitarra de aires funk. Algunos pasajes, rítmicamente muy interesantes, hacen sospechar de ese pasado como trompetista de jazz de Duterte.

Nighttime Drive”, otro de los adelantos, contiene una melodía alegre y sencilla con unos arreglos de cuerda hacia el final que asientan el tono brillante de la pieza. A continuación, Tenderness” supone un regreso bastante más claro a lo que se considera bedroom pop. Con la voz amortiguada en el verso y un sonido suave, podría haber salido del reciente álbum de Clairo. La canción habla sobre una relación en la que parece que las cosas no acaban de funcionar, donde la ternura que ella ofrece no es suficiente para la otra persona. El estribillo, pegadizo, gana complejidad con el bajo como hilo conductor, mientras que el puente instrumental vuelve a recurrir a esa mezcla de funk y jazz que tan bien introduce Duterte a lo largo de todo Anak Ko.

Otra dirección, ni acertada ni equivocada

A pesar de ser menos inmediato que su disco anterior, Anak Ko mejora con las escuchas. No obstante, parece que no acaba de calar como sí lo hizo Everything Works.

La homónima “Anak Ko” arranca con una batería a la que se unen voz y bajo, recordando por momentos a Mitski (con quien ha estado de gira a principios de este año). Un tono inestable, que avanza rozando la disonancia sin caer en ella, nos acaba dejando una sensación de ligera incomodidad, aunque no de forma negativa.

El penúltimo corte del disco, “Crown”, vuelve al sonido que ya conocíamos de sus anteriores trabajos. La alternancia de este estilo clásico con otros temas más oscuros y maduros consigue un buen resultado y no desentona. Por último, “Get Well” comienza con una línea de bajo, una vez más, muy cuidada. Una letra sencilla desea a su interlocutor, presumiblemente alcohólico, que se mejore. Quizás la pieza más concreta, y por ello emotiva, de Anak Ko.

A pesar de ser menos inmediato que su disco anterior, Anak Ko mejora con las escuchas. No obstante, parece que no acaba de calar como sí lo hizo Everything Works, quizá por las letras excesivamente vagas o los extensos desarrollos musicales. Con todo, Duterte logra aquí un sonido más personal, con esos reflejos de jazz y funk que tan bien le sientan. El repertorio de Jay Som apunta hacia un camino prometedor si es capaz de quedarse con lo mejor de cada uno de sus discos.

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