El caballo de Atila y las abejas de Einstein

Con Totengott como teloneros, Inter Arma se mostraron en directo exactamente como lo que prometen en estudio: una de las bandas más en forma y más interesantes del metal contemporáneo

Dos días después, mientras escribo estas líneas, mi cuello todavía tieso me sirve de souvenir temporal del terremoto que tuvo lugar el jueves 10 de octubre extrañamente focalizado en el madrileño barrio (sic) de Carabanchel. Lo digo como lo siento: a día de hoy, ver en una sala pequeña a una banda como Inter Arma (oxímoron: no hay bandas como ellos) equivale a ver a Black Sabbath en algún tugurio de Birmingham en el ‘71 o a Metallica en el ‘84 en algún antro de la Bay Area. En cuanto a justificar mi respuesta: si no estuviste, no puedo hacerlo. Y si estuviste, no hay necesidad.

Para dar comienzo a una de las veladas más atronadoras que han tenido lugar en la Gruta77 nadie mejor que los asturianos Totengott. Sinceramente, mi poco conocimiento previo de la banda me supuso llegar a su show con los oídos vacíos de prejuicios e ideas preconcebidas. Como mucho, una inmejorable primera impresión si uno se guía por los atuendos de sus miembros: Melvins, Entombed y una misteriosa capucha.

A día de hoy, ver en una sala pequeña a una banda como Inter Arma equivale a ver a Black Sabbath en algún tugurio de Birmingham en el ‘71 o a Metallica en el ‘84 en algún antro de la Bay Area.

En cuanto a lo verdaderamente importante, su sonido, el trío tira según su propia descripción de “occult metal con influencias de death y doom, sin dejar de lado otros géneros como el thrash, el gótico o el ambient”. Según mi propia percepción de los cuarenta y cinco minutos de su concierto, lo suyo es un doom de tomo y lomo en la onda especialmente seca y dura de unos Conan o, mirando más cerca, unos Cabeza de Caballo, con, eso sí, un punto extra de death en los ritmos y las voces. Muy a destacar el último tema que tocaron, que básicamente dedicó sus últimos veinte minutos a sumergirnos en un abismo (así se titulaba, de hecho) de puro metal y mala leche. Notable alto para Totengott, que por algo han firmado su último LP con la escudería del Roadburn. Walter, espabila, que estos tipos merecen una oportunidad en el festival cuanto antes.

Fotografía: Káiron Vinicius (La Habitación 235)

En cuanto a lo de Inter Arma, no por esperado el recital que dieron fue menos impactante. Aunque confiaba en que sabrían solventarlo, ser capaces de trasladar el sonido tan monumental en todos los aspectos de sus discos a un escenario de ocho metros cuadrados en el que apenas cabían esos cinco músicos no resultaba tarea fácil. Sin embargo, los de Richmond dieron una lección magistral de muro de sonido.

T.J. Childers descamisado e inconmensurable a la batería, el bajista Joe Kerkes con la lengua fuera y moviendo el bajo como si fuese su pareja de tango, los dos guitarristas Trey Dalton y Steven Russell arrinconados pero arrancando riffs como si no hubiese un mañana, y luego Mike Paparo. Oh, Paparo. Como un Brendan Fraser en Cabezas Huecas sólo que más cabreado y con ojos de loco, su imponente actuación tanto a nivel vocal como de pura fuerza escénica me vino a demostrar una vez más por qué las bandas con un cantante sólo dedicado a cantar son tan maravillosas de ver en directo.

Contundencia instrumental pero siempre perfectamente controlada, para dejar que por encima de ella sobrevolase la voz polivalente pero siempre agresiva de Paparo. En conclusión, ver a Inter Arma tocar en directo a tres metros de tu cara en su actual momento de forma es una bendición que sólo unos pocos privilegiados tuvimos la suerte de vivir.

A nivel de setlist, el concierto nos ofreció una única pega: la brevedad del mismo. Y es que una hora resulta algo escasa para una banda cuya duración media de sus canciones debe rondar los diez minutos, algo más en directo. Últimamente asistimos a cada vez más conciertos que adoptan este formato express más propio de festivales (Perturbator la semana anterior, Deafheaven dos días más tarde…), y uno no puede evitar pensar que hacerlo es tirarse piedras contra su propio tejado y el del ya de por sí malherido circuito de salas.

Dicho lo cual, tanto las canciones de su último y flamígero disco Sulphur English (sonaron “Citadel”, “The Atavist’s Meridian”) como el par de retazos de sus dos anteriores plásticos sirvieron como perfecta muestra del repertorio de una banda que si hablásemos de saltos de trampolín habría encadenado tres dieces consecutivos. Contundencia instrumental pero siempre perfectamente controlada, para dejar que por encima de ella sobrevolase la voz polivalente pero siempre agresiva de Paparo. En conclusión, ver a Inter Arma tocar en directo a tres metros de tu cara en su actual momento de forma es una bendición que sólo unos pocos privilegiados tuvimos la suerte de vivir. Probablemente sea mentira, pero hay quien dice que Albert Einstein afirmó que la extinción de las abejas arrancaría una cuenta atrás de cuatro años hasta la del ser humano. Yo análogamente digo que, si de aquí a diez años Childers y los suyos no están llenando salas de mayor aforo en nuestro país, será la prueba definitiva de que el heavy metal tiene sus días contados.

Fotografía: Káiron Vinicius (La Habitación 235)

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