Angie McMahon

Angie McMahon –
Salt

Tras conocer el éxito en su país natal y tocar junto a Bon Jovi o The Shins, la cantautora australiana debuta con Salt, un álbum donde la sonoridad metálica de la guitarra acústica iguala a la potencia de la voz mientras nos cuenta historias sobre desamor, ansiedad y aislamiento desde distintas tradiciones, subgéneros y actitudes.

Es difícil hablar de algunos artistas sin empezar situandolos en un contexto, generación o tribu. Pienso esto mientras escucho a Angie McMahon, ya que me cuesta verla fuera del diagrama de Venn donde se juntan el nu-folk, la sensibilidad millennial y la nueva generación de músicos australianos, un espacio pequeño pero cada vez más explorado que engloba el deseo de privacidad, la ansiedad social, la nostalgia enfermiza, los planes de fuga y otras tantas emociones opuestas que uno puede experimentar cuando apenas ha cumplido los veinte y vive a medio camino entre una ciudad inmensa y una carretera. Esto y más es lo que encontramos en su debut Salt, en el que la de Melbourne ejecuta con precisión un repertorio que la ha convertido en una apuesta segura para la triple J (algo así como la Radio 3 de Australia), con las líneas ocurrentes y el fervor dogmático de medios anglosajones. 

El folk como sensación de espera

Cuesta ver a Angie McMahon fuera del diagrama de Venn donde se juntan el nu-folk, la sensibilidad millennial y la nueva generación de músicos australianos, un espacio pequeño pero cada vez más explorado que engloba el deseo de privacidad, la ansiedad social, la nostalgia enfermiza, los planes de fuga y otras tantas emociones opuestas.

Partimos de un songbook algo intensito, aunque escrito desde la distancia irónica que dan algunos años de experiencia (los justos para que se pueda conjurar el dolor de los golpes). Por si no lo se veía venir, Salt es, en su mayor parte, un álbum sobre el fracaso amoroso o, más bien, sobre lo que ocurre en tanto que la herida se cierra y la idea de besar a extraños en fiestas ya no parece una huida desesperada. Hay una sensación constante de espera a lo largo del álbum, a veces es más como la aceptación de que al final todos morimos solos mientras fumamos un cigarrillo tras otro en el porche de la casa familiar.

Fotografía: Paige Clark

Rock femenino intergeneracional

Entre Florence Welch y Patti Smith, la australiana explota ese tándem entre una voz poderosa propia de una mujer madura que ha aprendido a base de prueba y error y una línea instrumental lo-fi que rinde culto a la inocencia de las letras que sólo escribes con diecinueve años.

Es el caso de “Play the Game”, una especie de intro tristona que conjuga un ritmo lento con una melodía low-key y una base instrumental con un acabado metálico que brilla al mismo tiempo que las notas más agudas en la voz de McMahon, quien va construyendo poco a poco una tensión anímica que se repite a lo largo del álbum. Le sigue “Soon”, que arranca con un juego simple y equilibrado de guitarra y se acelera demasiado rápido. El dramatismo pop que crece entre estrofa y estribillo rompe con la armonía que mantenía la canción más cerca de la tradición neoromántica y experimental de Laura Marling que del folk dulzón y autocompasivo que escuchas en el anónimo hilo musical de algunas cafeterías del centro:

“You’ve watched me shift my shape and fall into this mess
Well maybe you could wait for me I’ll do my best
To get out of this dreary place”

En muchas de las canciones que siguen, esa espera paciente evoluciona hacia la expectación y la certeza de que una merece algo mejor (I want someone who’s funny looking when they dance / I wanna dance with them, I wanna dance with them”). “Keeping Time”, quizá el tema que más evoca la garra vocal de Florence, salta de una intro irresistible propia de la música garage a un estribillo más indie-rock apto para cualquier lista de reproducción compuesta sólo por artistas femeninas.

En la misma línea están “Missing Me” y “Push”, cuyas melodías y variaciones en tono y volumen remiten a la herencia rockera, rebelde y trágica de Patti Smith. La fuerza de McMahon en estos dos temas se basa en mantenerse fiel a un ritmo constante y amortizar ese tándem entre una voz poderosa propia de una mujer madura que ha aprendido a base de prueba y error y una línea instrumental lo-fi que rinde culto a la inocencia de las letras que sólo escribes con diecinueve años.

Indie-folk de la nueva generación

Salt es, en su mayor parte, un álbum sobre el fracaso amoroso o, más bien, sobre lo que ocurre en tanto que la herida se cierra y la idea de besar a extraños en fiestas ya no parece una huida desesperada.

En un plano aparte del binomio ‘heartbroken / heartbreaker’ destaca “Slow Mover”, tema representativo del nuevo sonido indie-folk lleno de buen rollo, cadencia pop, estribillos repetitivos y letras dedicadas a la autoparodia y la ambigüedad intencionada, en especial a la hora de delimitar toda las zonas grises entre el amor y la lujuria:

“And he thinks we could make it work
But only when he’s drunk
You think you could help me swim
But I’ve already sunk”

Con una tónica similar, “Pasta” reproduce la progresión clásica de una balada indie-pop, cuya intensidad rítmica es especialmente efectiva desde que McMahon se confiesa a lo largo del estribillo: I’ve been lost, I’ve been lost, I’ve been lost for a while”. Los acordes más graves, en contraste con los vibratos, iluminan el discurso sobre la ansiedad y el desarraigo millennial con una actitud mucho más activa y responsable que lo que acostumbramos a ver en las crónicas del nuevo mal de siglo. 

Reinterpretación contra autenticidad

Pese a su habilidad para adaptar el folk y el rock a las preocupaciones de la nueva generación, Angie McMahon podría haber aprovechado mejor su álbum debut para llevar el folk a su propio terreno.

En definitiva, la progresión del álbum es una partida inacabada entre la desgana, el sarcasmo educado y el drama en las letras, paralelo a la energía electrificante del folk-rock buenrollero contra la bajona dulce de una canción de ruptura con silbidos y aullidos hacia el final. Se trata de un álbum que no termina de encontrar el equilibrio, aunque McMahon tiene momentos de lucidez al salir airosa del pastiche nostálgico hacia la reinterpretación transgeneracional del folk y el rock. Había ganas de escuchar el primer trabajo de la artista indie-folk que dejó de grabar covers de Angus & Julia para abrazar el pop acústico de Florence + The Machine y, al poco tiempo, telonear a Bon Jovi, Alanis Morissette o The Shins. Supongo que también habría cierta pereza. Por mi parte, desde el principio he tenido sentimientos encontrados con este álbum. Aun ahora, tengo la sensación de que después de todas las veces que lo he escuchado, no termino de conectar con él, más allá de su sonido acústico ambicioso y bien trabajado y esa voz tan potente como versátil. 

Un amigo nativo de Brisbane, que ha visto varias veces a McMahon en directo, me dijo que teme que el logrado “efecto Florence” (+ la maquinaria de críticos y fans que adoran dicho efecto) se acabe apropiando del talento y la fiereza creativa de la cantautora. Tal vez sea un error juzgar a un artista basándote en tus propias obsesiones musicales, pero cuando pienso, por ejemplo, en el cancionero feminista, tierno e incendiario de Stella Donnelly, o en el manifiesto punk lleno de riffs metaleros y mitología nórdica de Kiran Leonard, no puedo evitar sentir que los nuevos cantautores tienen una cierta responsabilidad de explorar un lenguaje que es a la vez personal y político, y, en definitiva, ha de ser suyo propio.

Que la “princesa folk de triple J” (en palabras de mi amigo, no mías) fiche por una productora que intensifique, adapte en base a las últimas listas de éxitos y comercialice de forma masiva su sonido no me parece en sí misma una condena artística. Lo que me da rabia es que McMahon no aproveche mejor el momento sin duda irrepetible de un álbum debut para llevar el folk a su propio terreno y así poder, en la medida de lo posible, jugar siempre bajo sus reglas.

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