Nick Cave & The Bad Seeds

Nick Cave & The Bad Seeds –
Ghosteen

El músico australiano nos deja a todos sin palabras con un álbum ingrávido, místico y profundamente abismal que parece estar edificado en el aire o más allá de la muerte. Una obra maestra que sólo el tiempo podrá digerir y que sumerge al oyente en una suerte de paz espiritual que contrasta con el hondo dramatismo que desprenden sus líneas. El trabajo más íntimo de Nick Cave, que sin duda se alza como el legado musical, vital y artístico que ha querido dejar al mundo, y, con él, alcanzar el más ansiado de los dones: la posteridad.

Nicholas Edward Cave no sería jamás el mismo después del 14 de julio de 2015. El australiano, hacedor de obras musicales inmortales, se enfrentaba a uno de los mayores dramas humanos que le pueden ocurrir a una persona: la muerte repentina de su hijo, en este caso de tan sólo quince años y tras haberse arrojado a un acantilado mientras estaba en un viaje de LSD. Se trata de un hecho terrible que ya todos sus seguidores conocen, y cuyas heridas se plasman de forma contundente y al rojo vivo en la última referencia de la banda, titulada Skeleton Tree (2016), pero también en Push the Sky Away (2013). Ambos discos supusieron el comienzo de una nueva etapa vital y artística para el compositor, en la que abandonaba el carácter salvaje de sus anteriores obras con los Bad Seeds para sumir al oyente en una paz trascendental basada en sintetizadores, coros celestiales, ritmos lentos y arpegios de guitarra suaves y nítidos.

Esta nueva sensibilidad se plasma a la perfección en la última canción homónima, “Push the Sky Away”. Ahora, en pleno 2019, parece que el artista nacido en Warracknabeal ha decidido profundizar en este concepto de música etérea y, por fin, firmar la paz consigo mismo tras cuatro años de duelo. El resultado es Ghosteen, un monolito musical ingrávido, celestial, muchísimo más pretencioso que sus predecesores, no apto para todos los públicos, en el que ahonda más que nunca en el lado más espiritual del ser humano.

Alcanzar la posteridad

Ghosteen es un monolito musical ingrávido, celestial, muchísimo más pretencioso que sus predecesores, no apto para todos los públicos, en el que ahonda más que nunca en el lado más espiritual del ser humano.

Antes de profundizar en los recovecos de la obra, merece la pena situar a Cave como un artista que siempre ha estado en tierra de nadie y que ha sabido labrar una andadura musical independiente y pionera. Nunca encasillado, siempre fiel a sus principios. Con el paso de los años, el australiano se ha ganado una plaza dentro de los clásicos del rock norteamericano y sus crooners. Es decir, entre personalidades tan importantes como pueden ser Bob Dylan, Johnny Cash, Tom Waits o Leonard Cohen, teniendo en cuenta el enorme mérito de no pertenecer a su generación y de reinventar el género a cada nuevo lanzamiento discográfico. ¿Cuál es su mejor obra? Algunos se decantarán por el furibundo Let Love In (1994), otros preferirán su vertiente más de cantautor con The Boatmen’s Call (1997), y algunos irán hasta sus comienzos más fúnebres y oscuros con The Birthday Party. Sin duda, ninguno de sus trabajos anteriores toma el pulso a Ghosteen

La razón por la que este disco es único y huele a definitivo es bastante intuitiva. A decir verdad, este es el momento en el que bien podría dejar de cantar para siempre, pues después de la solemnidad que desprende esta nueva obra dividida en dos partes, cualquier palabra que podría articular a posteriori sería en vano. Sobre todo, teniendo en cuenta el fuerte arraigo místico, bíblico, que ha caracterizado a sus composiciones desde siempre, y que parece alcanzar su culmen en esta nueva entrega. Este es el disco con el que bien podría despedirse definitivamente de la música. Pero imagino que, como los clásicos anteriormente mencionados, no se dará jamás por vencido. Así, a priori, encuentro bastante familiaridad con, por ejemplo, el disco póstumo que lanzó Leonard Cohen, You Want It Darker (2016), o bien con Lulu (2011), la dulce aberración con la que Lou Reed se despidió antes de partir. Lo que sucede es que a Cave todavía le queda mucha vida por delante para seguir cantando y agradar a sus millones de fans esparcidos por todo el globo.

Fotografía: Matt Thorne

Un arraigo místico, bíblico

En Ghosteen impera el intento de fundirse, tanto la voz del artista como su alma, en un solo espíritu con el de su hijo, de una forma muy similar a la de San Juan de la Cruz con Dios. Ese es el concepto del álbum, el cual además se materializa en la exquisita producción de ambientes que fluyen hasta crear una masa homogénea de sonido.

La noticia sorprendió a todos. Ya por su bíblica portada (que recuerda a históricas bandas de neo-folk como Current 93 o Death in June) o por su lúgubre título, supimos a tientas lo que iríamos a encontrar. Más misticismo, más profundidad y más solemnidad que sus predecesores. La expectación de encontrarnos ante la obra definitiva de Cave produjo que se organizaran cientos de escuchas colectivas en directo a lo largo de todo el mundo, en pubs y tiendas de discos. El hombre que siempre viste de negro volvió a demostrar que cada pequeña entonación que sale de su boca se escuchará en cada continente con pasión y respeto. Ahí radica la importancia de su legado, que con Ghosteen alcanza la posteridad. 

La primera parte del disco se abre con Spinning Song”, en la que ya suenan los sintetizadores modulares a cargo del siempre misterioso y visionario Warren Ellis, los cuales nos acompañarán a lo largo de todo el viaje. Nada de guitarras ni baterías, las Malas Semillas al desnudo, recogiendo y proyectando energía a través de estos instrumentos, dejando todo el protagonismo a la voz herida de Cave, que entona un falsete hacia el final acompañado de unos coros celestiales. Bright Horses” introduce el piano, recordando al The Boatmen’s Call. En cuanto al contenido, Cave anuncia la llegada de unos caballos sobrenaturales que traerán la redención a la humanidad y, sobre todo, le devolverán a su persona amada, que saldrá de las sombras por la gloria del Señor para llegar hasta su padre.

En “Waiting for You” se aventura una tímida percusión que rápidamente es suprimida en favor del piano. De nuevo, la imperiosa necesidad de volver a encontrarse con su retoño, bajo capas y capas de sintetizador, hasta derivar en un estribillo en el que el autor agoniza. Aquí, como en anteriores trabajos, Cave vuelve a demostrarnos que en pleno 2019 sigue siendo el rey de las baladas. 

Más misticismo, profundidad y solemnidad

En conjunto, Ghosteen desprende una gran solemnidad formal que, haciendo el símil cinematográfico, sería como una película de Andrei Tarkovsky. Sumergirse en tal obra de arte requiere esfuerzo y paciencia, pero una vez entras, la sensación de goce estético es inconmensurable.

Night Raid remeda viejos recuerdos en clave de spoken word con, esta vez, efectos electrónicos desconcertantes y no tan planos. Los coros femeninos aparecen para aportar mayor dramatismo a la composición. La carga mística se acentúa en “Sun Forest, en la que el autor clama al cielo en medio de un paisaje natural arrasado por el fuego. Los teclados se vuelven más incisivos con la intención de llegar hasta el mismo tuétano de los huesos. Sin duda, se trata de una de las piezas más conseguidas a nivel musical de todo el conjunto.

La sensación de estar ante un disco de drone o de ambient crece y es posible que, a no ser que tengas el día contemplativo, no puedas llegar a conectar al cien por cien. Galleon Ship contiene la grandeza propia de los himnos, y recuerda a breves momentos de su discografía como “The Ship Song”. Curiosamente, ambas comparten elementos discursivos comunes, con esa imaginería de un barco que parte hacia tierras extrañas acompañado de una última llamada de amor. Evidentemente, a nivel de producción y, en general, es mucho más notable la pieza de Ghosteen, lo que demuestra claramente el progreso del músico a lo largo de los años.  

La primera parte se despide con “Ghosteen Speaks” y “Leviathan”. En la primera, acompañado de unos coros celestiales, el autor repite obsesivamente que está junto a su hijo y que nada podrá separarlos. El clímax de intensidad llega a su punto máximo y, por fin, después de muchas visiones y esfuerzos por buscarle, vuelve a casa. En la segunda, incide en los falsetes agudos, un recurso poco conocido en la discografía del artista. A algunos les encantará, a otros les parecerá demasiado. El álbum en conjunto desprende una gran solemnidad formal que, haciendo el símil cinematográfico, sería como una película de Andrei Tarkovsky. Sumergirse en tal obra de arte requiere esfuerzo y paciencia, pero una vez entras, la sensación de goce estético es inconmensurable. 

La gran obra narrativa de Cave

Ghosteen parece un disco hecho de aire, inmaterial, ingrávido y abismal, que enmarca a su autor en los márgenes de la posteridad.

La segunda parte está dedica a los padres. No existe mucha distancia formal entre ambas partes más que la duración de las canciones y que la segunda admite mucha más spoken word y paisajes ambientales. “Ghosteen” dibuja un perfecto cuadro sonoro renacentista gracias a sus sintetizadores absorbentes y su lenta melodía. La voz entra en el minuto cuatro y resuena más resquebrajada que nunca, pero esta vez empañada de una suave tranquilidad que consigue que nos sumerjamos en un sueño etéreo del que muchos no quisieran despertarse y que a otros sólo producirá un soporífero bostezo. Sin embargo, la canción adquiere cuerpo e intensidad a medida que avanzan los minutos hasta que vuelve al reposo.

We are here and you are where you are”, repite en “Fireflies”, una pieza más de spoken word de menos de cuatro minutos que deja sin palabras. Todo concluye con “Hollywood”, la obra maestra de todo el conjunto, un tema mayúsculo de más de catorce minutos de duración que sirve de tremendo colofón a este viaje espiritual sin retorno en el que describe su travesía por las costas californianas mientras Kisa (imaginamos que será un seudónimo de su mujer, Susie Bick) mantiene un largo diálogo con el mismísimo Budha. Formalmente recuerda a las composiciones más herméticas y solemnes de otro peso pesado de la canción de autor: Scott Walker. Y, también, en cuanto a concepto sin aludir al argumento, a aquella monumental pieza de diecinueve minutos que firmó Lou Reed en su último álbum: “Junior Dad”. Estamos, pues, ante un tema definitivo y sepulcral, en el cual su creador alega que ya sólo espera a que llegue de una vez la paz o bien su final en el mundo. Un perfecto epílogo para este disco hecho de aire, inmaterial, ingrávido y abismal, que enmarca a su autor en los márgenes de la posteridad.

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