Oh Sees

Oh Sees –
Face Stabber

La espiral de demencia prog-noise-psych-synth-garage de John Dwyer sigue ascendiendo imparable para coronarle como uno de los grandes genios del rock del siglo XXI. Quizá esta vez se haya pasado un poco de la raya, pero si no lo hacen (Thee) Oh Sees, ¿quién lo va a hacer?

Hace no tanto tiempo, en una galaxia tan lejana como el otro lado del charco, antes de que King Gizzard, Segall, Reatard y demás siquiera osaran blandir una guitarra y fundir todos los pedales que cayesen en sus manos, había un hombre que inventó todo esto. Trece años y setenta y cuatro discos más tarde, ese loco que responde al nombre de John Dwyer sigue buscando otra vuelta de tuerca en lo que debe ser el tornillo más largo de la historia de la ferretería mundial.

Before Dwyer, there was nothing

Como Atila y los hunos, nuestros Oh Sees siguen explorando y quemando nuevos territorios en su frenética huida hacia delante.

“Hip hop de Soundcloud al revés, funk heavy, prog frito hasta el agotamiento”. Las piruetas semánticas que hay que hacer para describir un nuevo plástico de los de Los Ángeles son tan enrevesadas como acertadas. Comenzando por su portada, con un nuevo orco incluido, podría esperarse algo de relación con su antepenúltimo disco, pero no. Entre ambos hay otro álbum más similar a este que hoy nos ocupa. En Smote Reverser (2018), los Oh Sees se aventuraban en el prog sin llegar (para decepción de algunos como el que suscribe) a entrar en el modo heavy metal que su carátula parecía prometer. Esta vez van más allá en todos los sentidos, empezando por una algo desproporcionada duración que supera la hora de aquel.

Fotografía: Press

La rutina del frenopático

Oh Sees mantienen, al menos hasta el momento, una trayectoria balística que, si bien puede que no tenga un objetivo más definido, sí que sigue una línea clara y trazable. Como un cohete quemando etapas para tratar de vencer la gravedad terrestre, Dwyer y los suyos se siguen alejando del garage y del lo-fi disco a disco.

Empezar con un ritmo extraído de un patito de goma, en una canción que lleva por título el nombre de un periódico que leerían los metaleros, es un buen resumen de lo que tiene en la cabeza Dwyer. The Daily Heavy pronto degenera en una fantasía kraut con los punteos rápidos marca de la casa y soniditos sci-fi de fondo, no vaya a ser que se nos olvide, ni por un segundo, que estamos escuchando un álbum de Oh Sees. Sí, puede que se alargue demasiado (ese es, de hecho, el principal defecto de varios de los temas del presente disco). Pero si todo fuera como a uno le gustaría, no estaríamos ante un disco de la banda más frenética de California. Estaríamos ante, no sé, otra cosa.

En The Experimenter el ritmo se vuelve denso, menos ágil que en los discos de hace un lustro o dos. Además, vuelve el jugueteo proggy que barnizó largos tramos de Smote Reverser y muestra una voz más reconocible, intercalando en el camino incluso una melodía 8-bits. Face Stabber no engaña en su nombre y empieza metálica como el sabor de la sangre. A alguno le recordará al último (al menos mientras escribo estas líneas) esfuerzo de sus discípulos más reconocibles, y servirá para seguir poniendo los dientes largos a los que seguimos confiando en que antes o después los Oh Sees protagonicen su propio Fuzz.

Snickersnee” nos da un respiro muy en la onda de las baladas “The Axis”, del genial A Weird Exits (2016), o “The Poem”, de su hermano An Odd Entrances (2016). Para que no nos confundamos, sin embargo, insiste en las letras apocalípticas y surrealistas en la línea del Murder of the Universe (2017), mientras que “Fu Xi” nos devuelve a la tralla garajera del punto de inflexión que fue Mutilator Defeated At Last (2015). Eso sí, de todas las frikadas que pueblan este Face Stabber, la palma se la lleva “Scutum & Scorpius”. Sintes épicos en la senda ochentera de Stranger Things que tan bien han sublimado tipos como Perturbator o Carpenter Brut, misticismo y funk groovy instrumental se dan cita en catorce minutos de enajenación que acaban por desquiciar al más pintado.

Cualquier cosa vale como combustible

Pese a que estamos ante un buen disco, la duración de este largo (batiendo los récords consecutivos de Orc y Smote Reverser) juega en su contra.

Por suerte, cuando Diohs(ees) cierran una puerta, revientan en pedazos una ventana de un ladrillazo. En este caso el ladrillo es Gholü (ojo a su videoclip gore) y la brisa de psych robusto que entra por ella le sienta de maravilla al tramo central del disco. La muy fresca y muy agradecida Poisoned Stones hace lo propio desde el más puro cacharreo 8-bit y la batería duplicada marca de la casa. Los dos minutos de Heartworm le dan considerable candela a los charles para acercarse al punk, lo cual nunca está de más, especialmente en un redondo plagado de tanto rodeo guitarrístico. En el otro extremo del espectro se sitúa la ambiental-tirando-a-sosa Captain Loosley, cuyo significado probablemente sólo entienda el propio Dwyer.

Para dar cerrojazo al disco le toca el turno a Henchlock, que es la típica canción que nada más escuchar uno pensaría que en Pitchfork no gustará, y acertaría de pleno. Ni a los punkis. Ni a los garajeros. Quizá ni siquiera a los metaleros. De hecho, probablemente sólo guste a los que tengan pie y medio dentro del universo Dwyer desde hace ya tiempo. Pero a estos últimos les valdrá la pena sufrir en sus carnes la ida de olla más desproporcionada de todas las idas de olla del bueno de John, lo cual ya es decir. Veintiún minutos (¿quizá en referencia a que éste es su álbum número veintiuno?) de esquizofrenia instrumental salpicada de voces zigzagueantes que parecen salidas de una caverna de su adorado Dragones y Mazmorras.

Al contrario de Ty Segall o King Gizzard & The Lizard Wizard, cuya evolución discográfica es más errática (el primero), o directamente inconexa (los segundos), Oh Sees mantienen, al menos hasta el momento, una trayectoria balística que, si bien puede que no tenga un objetivo más definido, sí que sigue una línea más clara y trazable. Como un cohete quemando etapas para tratar de vencer la gravedad terrestre, Dwyer y los suyos se siguen alejando del garage y del lo-fi disco a disco (como en su día lo hicieron del folk ácido). Para ello, a día de hoy se están sirviendo del kraut, del rock progresivo, el cacharreo electrónico o el funk psicodélico, si bien da la sensación de que cualquier cosa que le valga a Oh Sees como combustible espacial será utilizada antes o después en esta eterna huida hacia delante.

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