Pixies

Pixies –
Beneath the Eyrie

Los Pixies se pasan al negro. En esta segunda etapa de su carrera, consiguen entregar un álbum correcto en relación a su propia discografía, pero que deriva en una mera anécdota si atendemos a quiénes son y lo que en su día consiguieron. Lo mejor es que siguen siendo ellos mismos a pesar de la ausencia de Deal. Lo peor, que hagan lo que hagan, siempre estarán permanentemente buscando aquellas melodías irracionales, esos riffs histriónicos y ritmos pesados que les hicieron coronarse como una de las mejores bandas del planeta. Y sus fans también.

Una gran revolución. A finales de los años ochenta, Pixies llegaron como un huracán a la música independiente. Se trata de una de las bandas más imprescindibles para entender la deriva estilística de géneros como el noise o el grunge, y uno de los padres del movimiento indie junto con My Bloody Valentine, Sonic Youth o Dinosaur Jr. Tras la disolución del grupo en 1993 a raíz de las disputas entre las dos almas creativas del proyecto, el cantante Black Francis y la bajista Kim Deal, se volvieron a juntar para arrancar una nueva etapa con Indie Cindy (2014), en la que parecieron prometerse a sí mismos ser lo más fieles posibles a su intocable legado. Ahora, regresan con Beneath the Eyrie, otro álbum con el que seguir reafirmándose como uno de los conjuntos más importantes del pasado que, en comparación a aquellos tótems como Surfer Rosa (1988) o Doolittle (1989), tan sólo pasa por ser meramente anecdótico.

La banda más surrealista se tiñe de negro

Brujería, reencarnaciones y maldiciones. Estos son los ejes temáticos que impregnan Beneath the Eyrie. Este aire “gótico” es el que inspiró a la banda a la hora de grabar en un estudio afincado en la localidad neoyorquina de Woodstock, tal y como ha explicado el propio Black Francis.

Brujería, reencarnaciones y maldiciones. Estos son los ejes temáticos que impregnan Beneath the Eyrie. Este aire “gótico” es el que inspiró a la banda a la hora de grabar en un estudio afincado en la localidad neoyorquina de Woodstock, tal y como confiesa Black Francis en una entrevista con The Independent: “Cuando llegamos al estudio, había un ambiente realmente gótico en los alrededores. Por ello, simplemente dejamos que la composición de las canciones fluyera y se impregnara de esa atmósfera”. “También nos dimos cuenta de que en los primeros Pixies existía esta fascinación por lo gótico, así que estábamos bien familiarizados con ella. Quería mezclarme con el mundo espiritual, con la vida y la muerte o con el paisaje más místico y surrealista”, añade.

Fotografía: Travis Shinn

Películas de serie B, Morricone y leyendas autóctonas

Beneath the Eyrie es otro álbum con el que seguir reafirmándose como uno de los conjuntos más importantes del pasado que, en comparación a aquellos tótems como Surfer Rosa (1988) o Doolittle (1989), tan sólo pasa por ser meramente anecdótico.

Así lo refleja uno de los singles escogidos, On Graveyard Hill”, en el que la palabra “witch” y sus derivados aparece hasta cuatro veces en el primer párrafo. El tema progresa con una base de bajo cien por cien post-punk y efectos de distorsión tan propios de los dedos de Joey Santiago. De igual modo sucede con la que abre el disco, In the Arms of Mrs. Mark of Cain”, que sirve de presentación perfecta al establecer una especie de paralelismo entre la fábula bíblica por la que Dios maldice a Caín por haber matado a su hermano con el mundo de Hollywood, emblema total del espectáculo capitalista y glamour estadounidense. La siguiente, Catfish Kate, es una de las que mejor nos pueden retrotraer a la época gloriosa de la banda, con una melodía pop de lo más adictiva, acompañada de histriónicos guitarrazos. De cerca le sigue Ready for Love, que también tiene pretensiones de calar a través de la melodía con una insólita actitud crooner por parte de Francis, pero cuyos arpegios y punteos insistentes pueden aburrir a más de uno. 

El álbum crece en hermetismo y oscuridad con This Is My Fate”, un ragtime prototípico de banda sonora que resuena al mundo de Tim Burton y su Pesadilla antes de Navidad pero que, a pesar de una correcta ejecución, nos deja un poco fríos. Como apunte, la entonación de Francis recuerda por momentos a la característica voz de Tom Waits en los temas más tenebrosos de su discografía. Aquí se intuye también una fascinación latente por las películas de serie B y sus máximos exponentes musicales, The Cramps, sobre todo en las ecualizaciones de guitarra.

Un estilo que prosigue en Los Surferos Muertos”, donde regresan al español como ya hicieran en himnos de la talla de “Vamos”. Otra vieja leyenda local propia de las costas norteamericanas a la que Pixies dan vida en forma de canción. Quizás la mayor innovación respecto a sus últimos álbumes sea precisamente las ecualizaciones de guitarra escogidas, en las que Joey Santiago se decanta por un sonido áspero, como de western, al más puro estilo Morricone. “St. Nazaire” acentúa esa tónica, esta vez con un carácter mucho más agresivo y punk, que recuerda a los Pixies remotos en temas como “Planet of Sound”, o al más actual, como en “Baal’s Back”, del inmediato predecesor Head Carrier (2016). 

Un final con el que certificar su grandeza intacta

Un disco lúgubre pero, como siempre, accesible, en el que Francis y los suyos desvelan una parte más de ese particular mundo Pixies en el que llevan metidos más de treinta años.

Esta oscuridad sigue con Silver Bullet, un medio tiempo de acordes disminuidos que avanza hasta uno de los mejores estribillos del disco al que sucede un puente totalmente Pixies con esos “bends” tan propios del Surfer Rosa. A continuación suena Long Rider, que cuenta con una producción clásica muy ajustada al rock alternativo de los noventa. De nuevo, las melodías arrasan con todo, certificando la buena salud de la banda y la notable mejoría del disco a medida que avanza. Si se centrasen al cien por cien en fabricar canciones así, no harían falta tantas historias de fantasmas y brujas para dar un buen empaque al disco. 

Bird of Prey es una especie de country acústico fronterizo que entrelaza los ecos de Paz Lenchantin, la bajista, junto con los arreglos de Joey Santiago a lo largo de las pistas. Daniel Boonees uno de los mejores temas de la colección. En él, descubrimos a unos Pixies con los que tampoco estábamos tan familiarizados, más cercanos al pop espacial gracias a los efectos de delay que al rock ácido de melodías histriónicas que siempre les ha caracterizado. Francis se muestra más calmado que nunca en su interpretación vocal, lo que, sumado a la producción, nos introduce en un estado de ensueño poco común en su discografía. Death Horizon es el final perfecto. Después de la densidad sonora de su predecesora, nos adentramos en una pieza corta de pop acústico cuyas melodías resuenan a clásicos imperecederos de la banda, como “Hey” o “Wave of Mutilation”. 

Un final perfecto para un disco lúgubre pero, como siempre, accesible, en el que Francis y los suyos desvelan una parte más de ese particular mundo Pixies en el que llevan metidos más de treinta años. Lo mejor es que, a pesar de que ya no está Deal, siguen sonando a ellos mismos. Lo peor, que ya no estamos en los noventa y (algunos, como un servidor) no viviremos jamás el verdadero impacto que esta banda supuso, así como su energía vibrante y disparada en los directos de la época.

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