GetMAD! Festival 2019: más simple, más variado, más ruidoso

Cuatro ediciones han asentado ya definitivamente al festival madrileño de rock como un referente en cuanto a calidad, innovación y variedad estilística de los artistas de su cartel

Comenzar un festival como lo hacía el GetMAD! en anteriores ediciones, esto es, invitando a cerveza y fanzines, viendo exposiciones de fotos, acudiendo a una grabación en directo del Sótano en una azotea malasañera… era una manera casi infalible de tener a todo el mundo ganado antes incluso de que sonase la primera banda. La reconversión del festival en su cuarta edición (debida, quizá, a la marcha de alguno de sus patrocinadores principales) ha obligado a la organización a primar el nivel del cartel sobre esos pequeños detalles que dotaban de personalidad al certamen. La decisión, visto el resultado final, parece haber sido acertada. Sin embargo, es inevitable añorar aquellos paseos apresurados entre salas contiguas y la sensación de que el festival lograba contagiar su espíritu de rock ’n’ roll a los barrios en los que se celebraba.

Los Otros (los madrugadores)

¿Hasta qué punto no es mejor aplazar el comienzo del festival que arrancar a las seis y media de la tarde de un laborable? La duda queda pendiente vista la escasa asistencia de público a una de las propuestas más distintas del cartel del GetMAD! Festival 2019. El Grajo y los suyos (incluyendo a Arturo Hernández de Juventud Juché, a la batería) tuvieron una treintena de espectadores y otros tantos minutos para desgranar buena parte de su reciente debut, que, pese a las dudas de Rojas, sí, algunos habíamos escuchado y disfrutado. Poca gente, poco rato, poco ruido, pero un concierto agradable y raro como los versos del ex-Clavel para dar comienzo a las hostilidades.

Danger hicieron lo propio al día siguiente, si bien su hard rock directo al mentón congregó a una audiencia más amplia y entregada que la del Grajo. Andreas Daiminger a la guitarra, Nerea Castrejana a la batería y Ola Ersfjord como bajista, cantante y maestro de ceremonias, forman el trío, que bebe de la mejor tradición de rock and roll escandinavo. A ratos setenteros como Lucifer, siempre motorizados como Imperial State Electric, su sonido está muy emparentado con las bandas a las que Ola produce en su estudio de grabación de Cuervo, como no podía ser de otra manera. Sea por esa razón o simplemente porque se combinan mejor que el cuero y las melenas, el caso es que Danger suenan como un tiro.

Fotografía: Luis Córdova

Testosterona en el garaje

Se pueden distinguir con claridad varias categorías para los grupos que pueden verse en cada nueva edición del festival. Y una de las más populares es sin duda la de punk garajero con fondo pop y alma Reatard. En ella, este año destacaban un par de bandas por día, si bien sus perfiles eran bastante diferentes. El viernes tuvimos la suerte de presenciar el fenomenal doblete de Orville Neeley y Daniel Fried, dos terceras partes de Bad Sports y la mitad de Radioactivity. Los primeros, más aguerridos y ramonianos, no dieron tregua al personal ni para aplaudir, exprimiendo al máximo la media hora escasa con la que contaron. Los segundos, más melódicos: “Futuro Terror pero de Texas”, comentaba un colega, con sorprendente puntería. Especialmente en lo referido a la voz de Jeff Burke y el corazón power-pop de muchos de sus temas.

Por otro lado, el sábado la tendencia fue otra. Partiendo también desde el garage, pero con una aproximación más relajada y playera aparecieron en escena Jacuzzi Boys primero (con un horario quizá demasiado tempranero para la intensidad del trío, y un sorprendente acento andaluz) y together PANGEA después (más románticos ellos, aunque peor sonido), para dar por concluida la cuarta edición del festival bajo una lluvia de confeti y globos. Los de Florida y los de California comparten, además de un fuerte apego por el lo-fi surfero en sus canciones, pinta de skaters adolescentes pajilleros y gamberros, pese a llevar en la pomada más de una década en ambos casos. En cualquier caso, dos buenas dosis de pogueo (extrañamente ausente el viernes, pese a prestarse más a ello) necesarias para espabilarse y quemar energías antes y después de la hipnosis de The Soft Moon y Motorpsycho.

Fotografía: Luis Córdova

Fiebre del viernes noche

Hay que darle un extra de mérito al cartel final del GetMAD! Festival 2019 si metemos en la ecuación la mala suerte que han tenido sus organizadores. A las bajas ya anunciadas de Terry and Louie y Cosmonauts (suplidos por Bad Sports) se añadió el mismo viernes la de Civic, punkarras australianos de la escuela de Amyl and the Sniffers y a los que teníamos muchísimas ganas, pero que por un problema en la facturación de su vuelo se vieron sustituidos de ultimísima hora por Los Nastys.

Teniendo en cuenta que contaron con cinco horas desde la llamada hasta su concierto, tampoco se puede pedir mucho más a los tíos que quizás hayan tocado más veces en Madrid del último lustro. Aunque hay que decir que no fue el mejor concierto de los Basilio y compañía, siendo sinceros. Media hora de himnos alcohólicos aún más ruidosos y enredados de lo normal, que cubrieron la papeleta y se fueron por donde habían venido.

Con poca discusión, salvo para algún fan irredento de Gang of Four, es bastante seguro afirmar que el mejor bolo del día corrió a cargo de los Night Beats. Un concierto que sorprendió al más veterano, centrado casi exclusivamente en sus álbumes Sonic Bloom y Who Sold My Generation, y que dejó totalmente de lado tanto su tributo a los Sonics como su reciente trabajo con Dan Auerbach en Myth of a Man. Pese a ello, fue un concierto distinto al anterior que un servidor había visto, en la sala Moby Dick: mucho más denso y pesado, acercándose a unos Fuzz con sombreros de cowboy, sacrificando a cambio inmediatez y pildorazos de rock and roll. La apuesta, arriesgada, convenció hasta al más rockero del lugar, dando una absoluta lección magistral de distorsión y guitarreo groovy y psicodélico que puso a bailar, y a sudar, hasta las paredes de la But.

A los pobres Drahla les tocó bailar con la más fea (perdón por el cliché), que en este caso era el hueco posterior a la vorágine de Night Beats. En estudio, los de Yorkshire suenan seductores, oscuros, arty y, en general, un perfecto combo post-punk de nueva generación. En directo les pesó la sombra del bolazo que les había precedido y de ciertos problemas de sonido (esa falta de voz de Luciel Brown). Aprobado raspado que deja con ganas de más y mejor por parte de estos jóvenes ingleses.

Fotografía: Luis Córdova

Gang of One (y tres más)

El cabeza de cartel con mayor solera de toda esta edición era sin duda Gang of Four. De la mítica banda de post-punk británica sin embargo sólo queda el guitarrista Andy Gill, lo cual es razón suficiente para despertar algunas suspicacias. Pero al César lo que es del César: Gill se ha sabido rodear fenomenalmente. Concretamente, no sé de dónde habrá sacado un bajista como Thomas McNeice, pero le podría pasar la recomendación a unos cuantos grupos actuales. Increíble el calibre de las líneas de bajo del socio. Por su parte, el vocalista John Gaoler Sterry cumplió con creces en su papel de Jon King, sonando como una lija en su spoken word cuando tocaba, y dejándose la garganta y la salud encima del escenario. En general, una actuación de notable, mejorada por un setlist centrado en su histórico debut y culminada con el tradicional destrozo de un microondas con un bate por un Sterry como recién salido de La Naranja Mecánica.

Fotografía: Luis Córdova

El mejor concierto del año (y el más largo)

Lo mejor para el final. Pese a que muchos ya conocieran el nivel en directo de The Soft Moon (de hecho, son una de las pocas bandas que han repetido a lo largo de las cuatro ediciones del GetMAD! Festival), creo que no me arriesgo si digo que fueron uno de los mejores conciertos del año en Madrid, si no sencillamente el mejor, con el permiso de Low. Al menos si atendemos al porcentaje de público rendido a sus pies al terminar.

Durante una hora, Luis Vasquez y los suyos mantuvieron al respetable absolutamente embobado mientras le lanzaban a la cara riffs sólidos como ladrillos que construían hits electrónicos, como si NIN y Depeche Mode tuvieran un hijo que además tuviera una filia obsesiva con Mayumaná. Dicho así puede sonar extraño, pero es que durante muchas partes del concierto sus tres integrantes estaban a la percusión (bongos, batería clásica y batería digital), si bien no tenían reparos en saltar de ella al punk-rock de alta tensión de “The Pain”. Llegados al bis de este ritual industrial en el que Vasquez martilleaba el micro con una maraca, sólo había dos opciones (no excluyentes): o bien uno quería ser miembro de The Soft Moon, o bien quería follarse a alguno de ellos. Sin tercera opción.

Tras semejante exhibición de post-punk y oscuridad, el anunciado set de dos horas de los otros cabezas del día pintaba que se haría más largo que una etapa llana del Tour de Francia. Uno es fan de Motorpsycho, pero hay límites para la tralla que se puede aguantar en veinticuatro horas, pensé. Error: los noruegos sonaron pesados, sí, pero lo hicieron desde un dominio instrumental tan aplastante e hipnótico que mantuvieron al personal clavado en su posición durante los ciento veinte minutos largos de su concierto. Desde la psicodelia más pesada hasta momentos casi jazzísticos, pasando por temas stoner al más puro estilo Fu Manchu, la variedad de palos tocados fue lo que mantuvo la atención en todo momento sobre el escenario de la But. Otro concierto para grabar en letras de oro en la Historia del GetMAD!, que sigue apuntalándose como una cita totalmente ineludible en el rock madrileño.

Fotografía: Luis Córdova

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