Canciones de nuestra vida (XXXIX): Daniel Johnston o el fin de la infancia

Golpear tan fuerte y con tanta puntería como lo supo hacer Daniel Johnston probablemente sólo sea posible desde la inocencia más pura. De hecho, fue lo brutalmente honesto del contenido de sus canciones lo que hizo que el envoltorio (ultra lo-fi) se convirtiese con el tiempo en prácticamente un género en sí mismo.

Como bien dice el usuario de RYM ForeverTreesGreen, si Daniel Johnston hubiera nacido dos décadas más tarde, el advenimiento de Internet le habría aupado por unanimidad al estatus de genio del lo-fi bedroom pop, con mejores medios de grabación y una audiencia receptiva al instante. Por otro lado, y esto es añadido mío, si Daniel hubiera nacido en el 81 en lugar de en el 61, la mitad de las bandas indies surgidas en las décadas de los ochenta y noventa (y, por ende, todas las posteriores directamente influidas por éstas) no habrían nacido. O lo habrían hecho sonando muy diferente.

Y es que Daniel Johnston es el perdedor primigenio, el primero de una inacabable lista de chicos probablemente marginados en el patio de recreo que encontraron un sustrato fértil en la cultura underground estadounidense. Anterior a Calvin Johnson, a Kurt Cobain, a Bonnie Prince Billy, a Jeff Tweedy, a John Darnielle, a Matt Berninger, a Lana Del Rey, a Will Toledo, a Adrianne Lenker, a Frankie Cosmos. Podría seguir nombrando artistas durante cinco páginas y sólo entonces empezaría a hacer justicia al legado de Johnston.

Para quien no conozca la figura de Daniel más allá del garabato de Hi, How Are You (1983), puede ésta parecer una afirmación un tanto exagerada, pero hay que tener en cuenta que el poder pionero de Daniel consistió en anticiparse a todas las técnicas digitales actuales de sampleados y producción musical, a la utilización de la ultra-baja fidelidad como arma y sello de identidad, y a la mezcla de los elementos más icónicos de la cultura pop (la MTV, el fantasma Casper, la pizza) y la religión cristiana (hola, Sufjan Stevens) como catalizadores de las emociones más puras, fuertes y sencillas, valga la redundancia.

El antihéroe definitivo, el tipo más honesto en sus canciones del mundo, era un chico (luego un hombre, pero aun niño) perdido en su propio mundo, del que sólo terminó por asomarse desde dos hábitats casi antagónicos, como son encima de un escenario o en una tienda de cómics.

En un guiño del destino tan cabrón como apropiado, la esquizofrenia y el trastorno bipolar pisaron los talones de Daniel prácticamente toda su vida. Su apariencia de loco entrañable, agudizada por el desgarrador documental The Devil and Daniel Johnston, sin embargo, no debe dar lugar a engaño: sus letras son de lo más cuerdo que haya podido cantar un blanco con un piano, primero, o una guitarra, después. Instrumentos que, para más inri, nunca tuvo mucha idea de tocar. El antihéroe definitivo, el tipo más honesto en sus canciones del mundo, era un chico (luego un hombre, pero aun niño) perdido en su propio mundo, del que sólo terminó por asomarse desde dos hábitats casi antagónicos, como son encima de un escenario o en una tienda de cómics.

No voy a extenderme más, principalmente porque el poder inspirador de Johnston hace que hayan corrido, y sigan haciéndolo, ríos de tinta infinitamente más conmovedores, finos y acertados sobre su figura blanda y extraña que este artículo. Dejo aquí, a modo de epitafio, unos versos de la canción escogida, “Pot Head”. Que podría haber sido, casi literalmente, cualquier otra de su repertorio, y habría servido igual. Porque sólo sin ser consciente de la propia capacidad de uno de emocionar a los demás se pueden escribir las siguientes palabras.

“You play your rock and roll guitar,
you say you’re gonna be a big star.
But everyone in this neighborhood
knows just who you are […]

You wanted to be somebody,
but you ain’t nobody”

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