Lana Del Rey

Lana Del Rey –
Norman Fucking Rockwell!

El ansiado retorno de Lana Del Rey trae consigo el que es, probablemente, el mejor disco de su carrera. Producido con increíble atención al detalle y con un nuevo y sólido estilo sonoro, Norman Fucking Rockwell! es el mayor ejercicio de sinceridad y autodeterminación de Lana hasta la fecha, cargado de desencanto hacia la política y los símbolos culturales estadounidenses, además de marcar el inicio de una nueva era creativa más madura y honesta para la artista.

La filósofa Marina Garcés se refería al paradigma sociocultural de la actualidad como una “condición póstuma”. Después del presente eterno e individual que prometía (o, al menos, celebraba) la posmodernidad, la condición póstuma nos aboca a una edad en la que somos aterradoramente conscientes de nuestra propia finitud. Perdurar se ha reducido a un mero durar, sin rumbo, un subsistir al día en el que no hay tiempo ni fuerzas para cambiar un presente que se desmorona porque las posibilidades de cambio más cercanas no son precisamente a mejor. Estamos madurando a golpes y con mucha prisa, y tampoco tenemos la certeza de que vaya a servir de nada.

Todos los sistemas entrelazados que configuran la realidad del capitalismo tardío (social, económico, político, cultural, filosófico…) interactúan entre sí retroalimentándose con inquietante velocidad. Cuesta saber dónde ha empezado el impulso y desde dónde se ha disparado la respuesta, pero los resultados no dejan de sorprendernos (o, más bien, de apabullarnos con su surrealismo sin llegar a descolocarnos del todo, pues estamos curados de espanto) y cuesta predecir dónde rebotarán las balas. La vieja maldición, más cierta que nunca: “Ojalá vivas tiempos interesantes”.

El caos de la cultura

El mainstream es ahora el espacio donde, lejos de mostrar una imagen reconfortante para el consumo masivo, grandes estrellas se desnudan y sangran, no por un afán morboso sino como ejercicio de autodeterminación, denuncia o sinceridad Lana Del Rey postró a sus pies a la cultura pop desde el momento en que se sentó en su trono, le dio la forma que quiso y subyugó con su ruinoso encanto a propios y a extraños.

En estos momentos acelerados, tensos e imprevisibles, son a veces los niños y niñas más díscolos quienes más demuestran haber crecido, para nuestra enorme sorpresa. Cada vez más estrellas pop, si es que esa palabra sigue significando algo en estas circunstancias, exhiben sus cicatrices de batalla personal y plantan cara con miradas duras de quienes han visto más de lo que deberían y no van a callarse más. El mainstream es ahora el espacio donde, lejos de mostrar una imagen reconfortante para el consumo masivo, grandes estrellas se desnudan y sangran, no por un afán morboso sino como ejercicio de autodeterminación, denuncia o sinceridad. Pisamos un mundo en el que, por poner algunos ejemplos, adolescentes de todo el mundo pueden encontrar en Billie Eilish un reflejo de ansiedades y dolencias que lamentablemente los acompañan, en el que millones de personas tal vez hayan descubierto qué significa “gentrificación” gracias a Arctic Monkeys, y es imposible entender esto si pensamos que aquí sólo se habla de música.

Por supuesto, cuanto más grande y sólido sea el monumento cultural que constituye un cierto artista, más arriesgados serán los cambios y la exposición de estos ante el público masivo, pero más grande aún puede ser la recompensa. Podríamos hablar de muchas figuras, pero hay una que postró a sus pies a la cultura pop desde el momento en que se sentó en su trono, le dio la forma que quiso y subyugó con su ruinoso encanto a propios y a extraños. Casi nunca destronada, a veces derrotada y, ahora, su propia regicida que vuelve resucitada: Lana Del Rey tiene algo que decir, y todos escuchamos.

Lana Del Rey: Die to Be Reborn

Pensar en Lana Del Rey suponía antes pensar en símbolos casi inalterables: decadencia majestuosa, romanticismo y malditismo a partes iguales y barras y estrellas como eterno telón de fondo. Sin embargo, Norman Fucking Rockwell! tiene algo de desmitificador.

Pensar en Lana Del Rey suponía pensar en símbolos casi inalterables de su efigie: decadencia majestuosa, romanticismo y malditismo a partes iguales; chicos malos, cigarrillos, coches caros y Cherry-Cola; carreteras interminables y nostalgias de amores de verano; barras y estrellas como eterno telón de fondo. Eso era, al menos, hasta ahora.

En 2017, el año que lanzó Lust for Life, Lana anunció públicamente que ya no volvería a integrar la bandera estadounidense en su espectáculo. Como declaró en una entrevista a Pitchfork, se sentía “ciertamente incómoda” tratando de ser romántica sobre América en la época en la que Donald Trump es la persona más popular de la nación. En la misma entrevista, cuando le preguntaban si romantizaba el peligro en su música a colación de un verso de “Ultraviolence” (“He hit me and it felt like a kiss”) que hacía tiempo que dejó de cantar, respondió: “No, no me gusta [el peligro]. Es sólo lo único [que he conocido]. Por eso estoy intentando hacer cosas nuevas”.

La opinión mayoritaria en esta casa sobre Lust for Life es conocida y más bien unánime: resultaba un disco caótico, desorganizado y que parecía estar hecho sin ganas, lleno de lagunas difíciles de obviar a pesar de algunos islotes triunfales que salían a flote con incontestable dignidad. Y, sin embargo, también era un trabajo sobre el que planeaba la sombra de una certeza: era un disco de transición, y muchas de sus ideas, aunque no llegasen a buen puerto, gozaban de una base sólida. Durante aquella conversación con Pitchfork, Lana explicó que su tema “When the World Was at War We Kept Dancing” preconizaba el fin de una era; ahora le toca a Norman Fucking Rockwell! inaugurar la siguiente.

Crecimiento y desencanto

Su subversión simbólica está intrínsecamente ligada a la producción, al modo en que Lana ha decidido regenerar sus conceptos e imaginería sonora: la decadente grandilocuencia ya está muerta y enterrada, pero la épica encuentra nuevos senderos más honestos y libres de artificio, una marca de la casa del productor Jack Antonoff.

El quinto elepé de Lana Del Rey (sexto si tenemos en cuenta ese debut fantasma que fue Lana Del Ray) tiene algo de subversivo y desmitificador. Es algo que se palpa desde el título, en la irreverencia de ese fucking que acompaña al nombre de Norman Rockwell, mítico pintor costumbrista estadounidense y padre iconográfico de la American Way of Life, o en la exclamación que lo cierra con un irónico golpe de voz. El modo en que Lana expresa ahora su patriotismo espiritual (en este trabajo, más que en toda su discografía, América no refleja un sentimiento nacional sino un concepto idealizado que nace sobre todo de las referencias culturales y personales de la artista), como expresó en su entrevista con Vanity Fair, está muy ligado a su actual postura respecto a la política estadounidense:

Es raro cómo se me ocurrió el título definitivo. Estaba improvisando sobre un par de acordes que Jack estaba tocando para el tema titular, que acabó llamándose “Norman Fucking Rockwell”. Fue una especie de signo de exclamación: así que este es el sueño americano, ahora mismo. […] Jack y yo bromeamos constantemente sobre los titulares aleatorios que hubiéramos visto esa semana, así que tiene una ligera referencia cultural. Pero no es algo cínico, realmente. Para mí es esperanzador verlo todo como algo un poco divertido.

El otro gran cómplice del magnicidio y reconstrucción que Lana ha planeado contra su propia efigie ya lo ha mencionado ella misma: Jack Antonoff. Porque no podía ser otro. El que es quizás el productor más deseado del momento está demostrando sólo en 2019 la amplitud del abanico de recursos que puede desplegar: el recentísimo y laureado Lover de Taylor Swift y el ARIZONA BABY de Kevin Abstract (BROCKHAMPTON) ya eran grandes retos de forma independiente y lo bastante dispares como para entrañar dificultades a la hora de dejar su seña de identidad sin eclipsar los estilos de sendos artistas, pero parece que Antonoff sólo sabe salir victorioso de sus desafíos. Resulta imposible no recordar su labor con Melodrama, el esperadísimo segundo álbum de Lorde que en 2017 volvió a acaparar la atención de la crítica, cuando el productor se encontró con la tarea de hacer evolucionar un sonido ultraminimalista con nuevas texturas que no restasen personalidad a los fundamentos de una artista que había madurado enormemente de un trabajo a otro.

Este último detalle es crucial, pues podemos encontrar un cierto paralelismo entre aquella circunstancia y el momento vital y creativo en que Antonoff se ha cruzado con Del Rey. La subversión simbólica que se perpetra en Norman Fucking Rockwell! está intrínsecamente ligada a la producción, al modo en que Lana ha decidido regenerar sus conceptos e imaginería sonora: la decadente grandilocuencia ya está muerta y enterrada, pero la épica encuentra nuevos senderos más honestos y libres de artificio, una marca de la casa de Antonoff que cada vez fomenta más y mejor la expresividad de los artistas con quienes trabaja.

Fotografía: Promo

Volver a poner la tristeza en contexto

Lana canta de sí misma como de una heroína de leyenda, una fuerza imparable y protectora, pero sin ocultar jamás la vulnerabilidad que guarda en su interior, que también la define y que, bajo presión, jamás había podido mostrar con claridad.

El aura de desencanto que envuelve a Norman Fucking Rockwell! transfigura los tropos comunes de Lana para que artista y público puedan observarlos bajo luces menos engañosas y con miradas más adultas. Así, el protagonista de “Norman fucking Rockwell”, tema encargado de descorchar este fascinante trabajo, no es un chico malo con tendencias violentas sino un poeta mediocre e inmaduro al que, a pesar de todo, es difícil no querer. El resonar infinito del piano y una sección de cuerda sosegada y ligera conducen unos versos de Lana que reconectan directamente con el final de su álbum. Ese “Your hands in your head / As you color me blue”, confirmado descendiente del “Out of the black / into the blue” de “Get Free”, revela la evidente verdad: de la anterior transición nace una nueva etapa, más pura y honesta.

Mariners Apartment Complex”, aquel lejano adelanto de un disco que aún no tenía nombre, abandera este sentimiento, y la nueva épica de Lana, una que mira más al folk que a la orquestación desmedida, es grandiosa sólo con entonar desde el fondo de su alma, con la fuerza de un vendaval, líneas como: Cause even in the dark, I feel your resistance / You can see my heart burning in the distance / Baby, baby, baby, I’m your man”. Tal vez este sea el tema que mejor recoge el espíritu de lo que este trabajo significa como ejercicio de autodeterminación: Lana canta de sí misma como de una heroína de leyenda, una fuerza imparable y protectora, pero sin ocultar jamás la vulnerabilidad que guarda en su interior, que también la define y que, bajo presión, jamás había podido mostrar con claridad (They mistook my kindness for weakness / I fucked up, I know that, but Jesus / Can’t a girl just do the best she can?”).

En este tema, la mano de Jack Antonoff ya empezaba a mostrar sus movimientos con esa predilección guitarrera que siempre se deja notar, pero el primer verdadero all-in que el productor se marca en Norman Fucking Rockwell! está en “Venice Bitch”. El que sería el segundo adelanto de este trabajo nació valiente y arriesgado: la apuesta ganadora de Lana consistió en diez minutos de bases vagamente folk y reminiscencias Beatle a las que se suma una miríada de arreglos sintéticos, coros y diversas pinceladas momentáneas (otro clásico toque Antonoff) que se sumergían en un largo interludio instrumental antes de lanzarse a una onírica y nostálgica coda. Bañada en un atardecer de finales de verano, Lana repasa su imaginario melancólico de playas, pantalones vaqueros y estética Americana (“Paint me happy and blue / Norman Rockwell”), bajo este nuevo prisma de deterioro (“And as the summer fades away / Nothing gold can stay”) y desmitificación (“You’re beautiful and I’m insane / We’re American made”).

En esta misma línea de símbolos e imágenes llega “Fuck it I love you” como un desenlace natural de “Venice Bitch”, aunque mucho más breve, oscuro y con una estructura más sencilla. Sus coros cruzados y recuerdos trip-hop traen consigo ecos del pasado musical de Lana, tal vez a modo de preparación para “Doin’ Time”, tema con el que Del Rey rinde tributo a Sublime transformando su versión reggae de “Summertime” en un tema de ritmo aún más sugerente e insinuante y vagamente tropical, un jugueteo al que Antonoff se suma con maestría sin enmascarar las líneas maestras del tema que se versiona.

“El sabor, el tacto, la forma de amarnos”

Lana confía en sí misma y en el futuro para que ese dolor y esa confusión terminen. La esperanza puede ser peligrosa para una mujer con su pasado, asegura, pero aun así la tiene.

De pronto, un viento metal melancólico y un piano leve cambian con suavidad la atmósfera y presentan “Love song”, una expresión honesta y desnuda de un amor que Lana siente de un modo mucho más sano que nunca. Jack Antonoff demuestra, de nuevo, su capacidad para dar espacios expresivos de absoluta claridad a sus artistas para que toda su maduración trasluzca lejos de todo artificio. Como un eco fantasmagórico del pasado, la batería y las cuerdas de “Cinnamon Girl” conducen otra pieza profundamente sincera y dolorosa, cargada de rechazo a un abuso y un dolor que Lana nunca mereció ni quiere volver a experimentar (There’s things I wanna talk about, but better not to give / But if you hold me without hurting me / You’ll be the first who ever did”).

La profunda honestidad de estos dos temas y sus arreglos evocan de nuevo lo que Antonoff hizo con el Melodrama de Lorde o el MASSEDUCTION de St. Vincent, cuya voluntad de transparencia reverbera en este disco con el mejor de los resultados. La subversión tampoco pierde su filo en esa especie de vals luminoso, nostálgico y algo ácido que es “How to disappear”, en la que Lana pasa revista a todos los hombres emocionalmente disfuncionales, drogadictos y violentos con los que se ha cruzado. Tras rememorarlos, sumida en un trance psicodélico y guitarrero que sirve como puente, Lana abandona esta vida en busca de una más tranquila, tal vez feliz de haberla encontrado por fin, tal vez deseando que alguna vez se haga realidad.

America is not the USA

Hace mucho tiempo que, para Lana, América no son los Estados Unidos, sino un lugar dentro de su corazón donde esos eternos símbolos de americanidad idealizada (los coches rápidos, los viajes infinitos, la tórrida Costa Oeste…) que, tal vez, como a los amantes y amigos que extraña, sólo tuvieran sentido en el pasado.

Observada de forma superficial, “California” podría parecer otro de los temas “patrióticos” a los que Del Rey nos tiene acostumbrados, pero estamos enfrentándonos a Norman Fucking Rockwell! y por un instante hemos vuelto a caer en su engaño. Lo cierto es que en esta balada pausada y de paso constante nada destaca tanto como su letra, y nada sobresale tanto en esta letra como su nueva verdad: hace mucho tiempo que, para Lana, América no son los Estados Unidos, sino un lugar dentro de su corazón donde esos eternos símbolos de americanidad (los coches rápidos, los viajes infinitos, la tórrida Costa Oeste…) sólo tienen significado si tiene con quién compartirlos. Como al amante y amigo al que extraña, tal vez, América y sus emblemas solo tuvieran sentido en el pasado.

Algo similar ocurre con “The Next Best American Record”, otro hermoso himno de desencanto que parte de aires folk a los que va incorporando toques de electrónica playera y desacelerada para formular una atmósfera, de nuevo, nostálgica y plagada de referencias culturales estadounidenses. La más obvia de todas es su título, que alude al concepto de la Gran Novela Americana, culmen y eterna aspiración de la cultura nacional, que Lana adapta y desintegra hasta revelar lo poco que esa grandilocuencia importa para ella: de nuevo, obsesionarse para crear el Próximo Gran Disco Americano sólo importa por el amor que siente hacia aquella persona que comparte esa obsesión con ella.

También “The greatest” se une a la triada de referencias culturales estadounidenses con sus guitarras lo-fi setenteras y la misma nostalgia que despediría un tema de la época al ser entonado al atardecer en Long Beach. Lana canta con emoción desde el fondo de su corazón, y todas esas guitarras luminosas parecen demostrar que esta es otra pieza melancólica y agridulce, pero Del Rey empieza a mostrarse agotada a medida que la canción se acerca a su final, a medida que su América se desvanece y sus iconos caen sumidos en el caos (Hawaii just missed that fireball / L.A. is in flames‚ it’s getting hot / Kanye West is blond and gone”). Un piano distante y apagado es casi lo único que resuena en el minuto final. America first ya no significa nada.

Fase de aceptación

La vulnerabilidad y la fortaleza son las dos caras de una misma moneda que Lana Del Rey ha acuñado con su propio nombre y rostro, y reivindica así en Norman Fucking Rockwell! su derecho a existir como la mujer que simplemente es: ni muñeca ni ídolo, ni frágil ni indestructible.

Después de temas tan ricos en información y relativamente directos, “Bartender” cambia súbitamente las tornas para erigirse como uno de los cortes más misteriosos de todo el álbum. Seductor y vagamente inquietante gracias a la melodía de su piano solista, apenas acompañado de eventuales pizzicatos, marca las pautas para una letra críptica plagada de imágenes surrealistas y sutiles referencias a sus malas experiencias con la violación de su intimidad (“60 miles from the last place I hide”) o el alcoholismo (“Baby, remember, I’m not drinking wine / But that Cherry Coke you serve is fine”). Algo más transparente y sincera es “Happiness is a butterfly”, una balada tan dulce y tenue que cuesta seguir el flujo de conciencia que Lana sigue con tono de despedida en el término de una relación que estalla. Bajo la brillantez de su voz angelical yacen versos de dureza vulnerabilidad (“If he’s a serial killer, then what’s the worst / That can happen to a girl who’s already hurt?”) y de súplica (“Sitting in your sweatshirt, crying in the backseat, ooh / I just wanna dance with you”) mientras, poco a poco, acepta la ruptura con otra forma de vida turbulenta.

Incapaz de encontrar una felicidad real, profunda y duradera en su pasado convulso, al que irremediablemente siempre se retrotrae, Lana Del Rey, o Lizzy Grant, cuyos mundos se combinan en uno solo llegados a este punto, encuentran la respuesta en el futuro. “hope is a dangerous thing for a woman like me to have – but i have it” es la conclusión definitiva del profundo ejercicio de sinceridad y reafirmación que es Norman Fucking Rockwell!: sólo una voz, un piano y una de las mejores letras que Lana ha firmado jamás. Infinidad de referencias a la presión a la que los medios la han sometido (“Maybe I’d get less stressed if I was tested less like / All of these debutantes”), su relación con su familia (“Hello, it’s the most famous woman you know on the iPad / Calling from beyond the grave, I just wanna say, ‘Hi, Dad’”), desencuentros con su propia personalidad (“Shaking my ass is the only thing that’s / Got this black narcissist off my back”) o la mera expresión de sus sentimientos como artista y como persona (“Don’t ask if I’m happy, you know that I’m not / But at best, I can say I’m not sad”). Miles de sentimientos confesados en cinco minutos delicados como la porcelana que, igual que la voz de Lana, podrían quebrarse en cualquier momento.

Pero eso no ocurre, porque Lana confía en sí misma y en el futuro para que ese dolor y esa confusión terminen. La esperanza puede ser peligrosa para una mujer con su pasado, asegura, pero aun así la tiene. La vulnerabilidad y la fortaleza son las dos caras de una misma moneda que Lana Del Rey ha acuñado con su propio nombre y rostro, y reivindica así su derecho a existir como la mujer que simplemente es: ni muñeca ni ídolo, ni frágil ni indestructible.

Norman Fucking Rockwell! es, con toda probabilidad, el mejor trabajo de Lana Del Rey y el hito que marca una nueva era para la artista. Musicalmente ha encontrado un estilo con el que se siente enormemente cómoda y, acompañada por un Jack Antonoff que tiene muchas medallas por colgarse después de su labor, ha configurado un estilo sonoro, simbólico y narrativo que redefine todo su imaginario bajo un nuevo prisma de sinceridad. Estas quince largas confesiones de placeres y duelos, de ideas políticas y culturales, conforman un disco sin apenas debilidades a pesar de su escala, gracias al que Lana expía todos los pecados de su pasado álbum y nos llena de esperanza en el futuro que tiene por delante. Sin embargo, ahora la antigua reina ha abandonado su derruido salón del trono, en busca de una playa apartada en la que tomarse un merecido descanso, lejos de la carga de una corona que ya ha olvidado que tuvo.

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