Medalla

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Medalla

El conjunto catalán vuelve dos años después de Emblema y Poder (2017) con más potencia y las ideas más claras. En este segundo trabajo de estudio recrudecen su estilo, apuestan por los desarrollos instrumentales y terminan de forjar tanto su sonido como su imaginario. Todo en un álbum que apenas nos da descanso.


Dicen Pantocrator en “Caballo de Troya” que hay por ahí un chico vestido con una camiseta de Medalla que las quiere (¡las invita a rayas y todo!). Lejos de quedarse como una simple y pegadiza rima, se pone de manifiesto cómo el cuarteto barcelonés ha logrado crear un sello de identidad, una estética. ¿Quién no ha ido de festival o a un concierto y no se ha topado con un chaval joven vistiendo ese diseño con el murciélago, la espada y el nombre del grupo utilizando una tipografía medieval? No cabe duda: Medalla ya nos encandilaron con su disco debut al conseguir un interesante equilibrio entre la clásica épica rockera y las nuevas tendencias que han calado en el público actual. Ahora, dos años después, vuelven con un segundo álbum de estudio homónimo donde terminan de definir y pulir su fórmula en un esfuerzo más que notable.

Épica medieval y grandes canciones

Medalla termina de explotar todo el potencial que vislumbrábamos en su debut, mostrando por un lado el corazón pop del grupo y, por otro, su capacidad para constituirse como una verdadera apisonadora de rock.

Nos comentaba Sueiro en la entrevista que mantuvieron con nosotros a raíz de la publicación de Emblema y Poder (2017) que necesitaban “polarizar más al grupo” para lograr una propuesta tan heavy como pop y que sus letras, “aunque se sitúen en universos medievales, sean más cercanas al público”.

Es preciso señalar que en Emblema y Poder se acercaron a su objetivo al entremezclar elementos sintéticos, melodías más duras y letras a caballo entre la oscuridad medieval y sus características coñas con las referencias al deporte. Así, Medalla termina de explotar todo el potencial que vislumbrábamos en su debut, mostrando por un lado el corazón pop del grupo y, por otro, su capacidad para constituirse como una verdadera apisonadora de rock (algo que, no obstante, ya nos han demostrado durante estos dos últimos años en directo).

Fotografía: Lidia Arruego

Amalgama de kraut, heavy metal y épica rock

A lo largo de las doce canciones de Medalla encontramos baterías kraut en comunión con bajos incesantes, guitarras distorsionadas y la voz de Sueiro fluctuando entre tonos graves y agudos, presentándose romántico y furioso por igual.

Porque, si hay una palabra que define la propuesta de Medalla, esa es ‘épica’, la misma que nos lleva al clímax de las canciones y nos mete de cabeza en un pogo enfervorecido. La mejor muestra del sonido actual del grupo y la madurez que han alcanzado es El Tajo. La primera pista del álbum pone suavemente sobre la mesa todo lo que nos iremos encontrando a lo largo de sus doce canciones: baterías kraut en comunión con bajos incesantes, guitarras distorsionadas y la voz de Sueiro fluctuando entre tonos graves y agudos, presentándose romántico y furioso por igual. Un frenesí de dinámicas que nos dejan extasiados y sin aliento, pero, a la vez, con ganas de más.

Medalla define la seriedad y el estilo característico de un proyecto formado por músicos de distintos grupos de la escena barcelonesa (tenemos miembros de The Zephyr Bones, The Stagpies, los recién estrenados Diamante Negro o los ya extintos The Saurs). Cierto es que las canciones de Medalla toman elementos de sobra conocidos en el panorama nacional (la oscuridad de “Devoto Cardenal” en cuanto a su música y su crítica letra recuerdan a Triángulo de Amor Bizarro, mientras que “Sultán” situaría al grupo en las coordenadas de bandas como La Plata o Vulk), pero los barceloneses acaban exhibiendo a la perfección lo especial de su fórmula, capaz de aglutinar el heavy metal ochentero, el post-punk y el krautrock dentro de canciones diseñadas para corearse en directo.

El pogo infinito

Medalla es una búsqueda continua del éxtasis, un comité musical del medievo, la rabia del pueblo, una hostia en la puta cara. Un frenesí de dinámicas que nos dejan extasiados y sin aliento, pero, a la vez, con ganas de más.

Medalla es una búsqueda continua del éxtasis, un comité musical del medievo, la rabia del pueblo, una hostia en la puta cara. No en vano, Medalla termina de definir su propio imaginario y nos sitúa en ese universo medieval que siempre han querido evocar. A nivel musical, lo logran gracias a una mayor contundencia en las baterías, más épica en los solos de guitarra y un mayor protagonismo de la trompeta. Con respecto a la letras, Medalla nos transportan a la época que ellos quieren a través de críticas directas a la clase política (Cuello Isabelino”, “Devoto Cardenal”) y una serie de referencias a espadas, armaduras y momentos heroicos que acercan lo medieval a lo contemporáneo (“Sultán”, “Lengua Afilada”).

Donde su debut se mostraba divertido y despreocupado, Medalla se constituye directo y doloroso. Es por eso que, tal vez, Medalla no resulte tan accesible como Emblema y Poder. Aquí parece no existir la pegada fácil y directa de canciones como “Deporte en Vano”, “Navaja Certera” o “Máquina de Plata”, pero compensan esa relativa ausencia de momentos amigables con piezas más complejas que muestran la madurez de un grupo que se toma más en serio a sí mismo a todos los niveles y arriesga más: desde un corte con la pesadez del stoner (“Presagio”) hasta tres interludios instrumentales (la breve “Ritual Arcano”, esa “Heráldica Antigua” con cierto punto bailable y guitarras muy destacadas, y el cierre apoteósico con “Doctrina Secreta”).

A veces cuchillo y a veces herida

Aunque las canciones de Medalla toman elementos de sobra conocidos en el panorama nacional, los barceloneses acaban exhibiendo a la perfección lo especial de su fórmula, capaz de aglutinar el heavy metal ochentero, el post-punk y el krautrock dentro de canciones diseñadas para corearse en directo.

A aquellos que lleguen de nuevas a Medalla este segundo trabajo de estudio les parecerá una sucesión infinita de pogos que, si bien cuenta en su fondo con un gran apartado melódico al que aferrarse, puede, en primera instancia, asustar. En cambio, quienes conocieron al grupo con la diversión de Emblema y Poder se extrañarán ante esta incursión hacia terrenos con un punto más de seriedad.

Sin embargo, hay dos canciones que, sin lugar a dudas, conquistan a todos: “El Tajo” y “Guardián”. Ambas consiguen extraer lo mejor de Medalla y se constituyen como puras joyas románticas. Esos héroes que van apareciendo, espada en mano, en otros momentos del disco, aquí caen rendidos ante el amor y la dependencia por otra persona, como un rayo de luz entre guitarras y ritmos más calmados dentro de un oasis violento. Medalla dicen en “Presagio” que “así es la vida, a veces cuchillo a veces herida”. Estas dos canciones son las heridas, los momentos de debilidad lacerante y confesional que nos permiten empatizar con unos Medalla en estado de gracia y que han logrado con este trabajo homónimo la prueba definitiva de su buen hacer.

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