Tool

Tool –
Fear Inoculum

Tool confían en el arraigo de unos fans que les han esperado trece años para elaborar un álbum sin riesgo, en el que los cortes se estiran de manera endiablada y los músicos demuestran que siguen estando en forma para el escenario. Sobresale la voz de James Keenan con sus salmodias vigorizadas y Carey a la batería, en un entramado archiconocido que por momentos proyecta interesantes atmósferas para la meditación y la alerta. Saben llevar bastante bien el hecho de que han dejado de ser los estandartes del deseo sexual, el existencialismo o la electricidad de, no pocos, años anteriores, pero el resultado peca de repetitivo y falta de arrojo.


Existen proyectos musicales que no necesitan más que la concesión de unos pocos segundos para desenmascarar a sus ejecutantes. Su sonido es tan característico que se vuelve en sí mismo un género, oleadas de imitadores pretenden seguir sus pasos negando la herencia o concediéndole un lugar anecdótico. No podemos negarlo: Tool crearon escuela y los intentos de catalogarlos como metal alternativo o progresivo fueron insuficientes. Y una de las características que los define es que siempre han sabido hacerse de rogar. Un trabajo muy técnico, sorpresivo, compaginando tanto la energía como el reposo que permiten los trances, en muchos casos relacionados con el componente psicoactivo de la ayahuasca, el DMT, han sido los ingredientes principales de su singladura por escenarios y, en menor medida, estudios de grabación. Trece años han hecho falta para que 10,000 Days viera un sucesor, avalados por intentos de denuncia hacia la banda y accidentes automovilísticos protagonizados por varios de los miembros. Y si el cambio de estilo entre éste y sus predecesores tuvo una general acogida, encontramos ahora mayores discrepancias entre sus seguidores.

Ladrillos intactos, pero ensamblados de otra forma

Tool son conscientes de que los años han pasado y la madurez les ha otorgado una visión más espiritual y una sabia adaptación a sus capacidades, que, lejos de arrojarse a nuevos experimentos, parafrasean la directriz de King Crimson y se concentran en el perfilamiento de polirritmias y cambios de dinámica sin agregar innecesarios acelerones.

En su nuevo trabajo, Tool son conscientes de que los años han pasado y la madurez les ha otorgado una visión más espiritual y una sabia adaptación a sus capacidades, que, lejos de arrojarse a nuevos experimentos, parafrasean la directriz de King Crimson y se concentran en el perfilamiento de polirritmias y cambios de dinámica sin agregar innecesarios acelerones. Maynard James Keenan continúa realizando prodigios vocales al insertar su voz en un entramado complejo, aunque su timbre ahora recuerda mucho al de los compañeros del progresivo Leprous. Justin Chancellor sigue dominando el bajo y Adam Jones propone riffs y solos aún interesantes, sin arriesgarse. No obstante, el trabajo más respetable parece el de Danny Carey, que a la batería demuestra mantenerse en forma y desaprobar la repetitividad en el registro de su instrumento, al que añade los teclados. Esta desaprobación no consigue, desgraciadamente, que el resultado final sea diferente, vivaz, o incluso que no caiga en el tedio.

Fotografía: Travis Shinn

Madurez que pasa por aletargar las canciones

Fear Inoculum es Tool en su máxima expresión, y esto ciega casi por completo la posibilidad de escuchar nuevos acordes, nuevas melodías o experimentos tímbricos con la guitarra como nos mostraron temas como “Stinkfist” o “Eulogy”.

Lo primero que llama la atención es la duración de las canciones. Siete cortes (que añaden dos interludios de ruidos confusos en la versión digital y que son la hipérbole de esos extraños y poco significativos experimentos de sus discos anteriores) que superan los diez minutos, a excepción de la anómala “Chocolate Chip Trip”, que toma como referencia los experimentos sonoros sin melodía de otros álbumes y los conduce a un paroxismo melódico que puede considerarse íntegramente como música electrónica y que hace un flaco favor al conjunto al no encontrar un punto de conexión con éste.

Fear Inoculum” abre una dimensión nueva gobernada por el personaje de ‘El Embustero’, que se define como una presencia a eliminar y que impide la comunión con la verdad y la dicha. Tras este histrión podemos adivinar una represión ideológica de la mediocridad, un enfrentamiento contra las fuerzas que en la actualidad no están drenando y hunden al planeta en una apatía irrevocable que nos aleja de los demás. Es una buena muestra de lo que se encuentra en el álbum, es decir, Tool en su máxima expresión, y esto ciega casi por completo la posibilidad de escuchar nuevos acordes, nuevas melodías o experimentos tímbricos con la guitarra como nos mostraron temas como “Stinkfist” o “Eulogy”. 

Los susurros y la técnica de Keenan tratan de resucitar el resultado, pero unas introducciones excesivamente largas, un desarrollo sin dirección y un alargamiento descontrolado de los materiales terminan por hacer de una idea interesante una cuesta difícil de sobrellevar. Lo mismo ocurre con “Pneuma” e “Invincible”, que se estrenó en Jacksonville durante el Welcome to Rockville, pues apenas dejan huella unos estribillos generalistas que podrían haber aparecido acortados en cualquiera de los álbumes previos. Los mantras pronunciados por el conjunto se estiran demasiado, formando una atmósfera que les puede granjear la etiqueta de post-metal, pero que no está conducida con el gusto ni la profundidad de Agalloch o ISIS. Sin embargo, algunos momentos de pausada meditación les confieren algo de credibilidad, como la subida de intensidad en “Culling Voices” que se contiene casi hasta el final y que lo convierte en un ansiado regalo.

Un resultado poco vivaz

La masa madre Tool ha proporcionado suficiente contenido para producir dos álbumes espléndidos (Ænima y Lateralus) y una más que interesante continuación (10,000 Days). Sin embargo, los trece años de espera apenas justifican un retorno con tan pocas variables nuevas.

La joya de la corona es, sin duda, “7empest”, que confirma la importancia del número siete y el significado alegórico de la obra, que por lo demás podría tratarse como formas independientes de exponer el mismo tema (la falta a la verdad y la necesidad de un cambio radical, una tormenta). Reflejando descaradamente el estilo del Discipline (1981) de King Crimson, Tool evolucionan satisfactoriamente hacia versos intrincados y largos momentos de meditación que incluyen nuevas experiencias. El parecido con Leprous se incrementa, pero esa energía reservada de los primeros trabajos vuelve a resurgir y otorga a los quince minutos del último viaje la mayor calidad de recursos hasta el momento, lo que difícilmente compensa los ochenta minutos del billete.

La masa madre Tool ha proporcionado suficiente contenido para producir dos álbumes espléndidos (Ænima y Lateralus) y una más que interesante continuación (10,000 Days). Sin embargo, los trece años de espera apenas justifican un retorno con tan pocas variables nuevas, que se pueden resumir en el uso distorsionado de efectos con agua y ondas, y la elongación de los temas, cercados en su mayoría por introducciones algo excesivas y muy poco direccionadas.

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