Purple Mountains

Purple Mountains –
Purple Mountains

Purple Mountains es el hola y adiós definitivo de un artista diferente. Diez pistas donde David Berman nos pone sus miserias delante de nuestras narices sin autocompadecerse demasiado ni caer en el sentimentalismo barato. Un disco post-ruptura y pre-suicidio que presenta los pensamientos y sentimientos de Berman con elegancia y una melancolía particularmente reconfortante.

Nunca es fácil enfrentarte a un documento en blanco cuando empiezas a escribir la crítica de un disco que te gusta especialmente, sobre todo cuando tu posición respecto a dicho álbum responde –más aún que en otros casos– a variables puramente subjetivas e incluso emocionales. Más difícil todavía ha sido tener que seleccionar todo lo escrito y pulsar “suprimir” para empezar otra vez de cero esta reseña después de conocer la trágica noticia de la muerte de David Berman. Con cualquier otro disco podría haber sido suficiente con retocar un par de párrafos y redactar alguna línea lamentando lo sucedido, pero con Purple Mountains debía ser diferente. La reseña había caducado antes de publicarse y nada de lo escrito tenía demasiado sentido; las canciones y todo lo que rodeaba el regreso de Berman acababa de adquirir un significado distinto.

Han tenido que pasar varios días para poder volver acercarme a la redacción de este texto, consciente ya de que Purple Mountains no supone la vuelta a las andadas de David Berman sino todo lo contrario: su despedida. Una despedida cálida, emocional, melancólica, pero tan impregnada de la genial personalidad de Berman, de su ironía y sinceridad, que consigue no quedarse en un intenso trabajo sentimentaloide. Y éste es uno de los puntos fuertes del disco, ya que sirve perfectamente como epitafio o adiós presentándonos a su autor abriéndose en canal para mostrarnos sus miserias, pero también funciona desde otros prismas y estados de ánimo. Y es que, pese al trágico final de su compositor, no puedo dejar de percibir –entre otras muchas cosas– un pequeño poso de esperanza y redención entre las canciones de Purple Mountains.

Un regreso sin imposturas ni artificios

Purple Mountains no supone la vuelta a las andadas de David Berman, sino todo lo contrario: su despedida. Una despedida cálida, emocional, melancólica, pero tan impregnada de la genial personalidad de Berman, de su ironía y sinceridad, que consigue no quedarse en un intenso trabajo sentimentaloide.

Seguramente no sea necesaria presentación alguna, pero por si acaso hay algún lector que acaba de conocer a Berman con este disco y quiere indagar un poco más, no podemos dejar de mencionar a Silver Jews. La banda en cuestión nació a principios de los noventa siendo una curiosidad del lo-fi norteamericano, una especie de proyecto alternativo de algunos miembros de Pavement (Malkmus y Nastanovich) y un tal David Berman, que disco a disco construyó una de las mejores y más respetadas discografías del indie americano conjugando a la perfección los destartalados guitarreos de un noise-pop en boga con el respeto por la tradición añeja del country y la Americana.

Pero lo que más llamaba la atención de aquella banda era su frontman –y único miembro permanente del grupo–, un poeta de origen judío hijo de un lobbista de la industria de las armas, medio agnóstico aunque con una evidente aura mística, alcohólico, que no cantaba demasiado bien –incluso parecía presumir de ello– y con una fortísima tendencia a la depresión y nula estabilidad emocional. Toda la carrera de Silver Jews transitó por la cuerda floja entre hiatos, adicciones e intentos de suicido de su líder hasta que, en 2008, Berman se despidió –en teoría– para siempre de su público desapareciendo casi por completo de la esfera pública para tratar de apaciguar ciertos tormentos personales junto a la tranquilidad de sus libros y el apoyo de su mujer.

Fotografía: Press

Desgarrándote el alma mientras te dibuja una sonrisa

Berman exhibe todas y cada una de sus desgracias, unas veces de una manera más íntima, otras tomando una cierta distancia gracias al uso de un humor bastante oscuro; todo ello envuelto en una instrumentación luminosa que consigue transformar la tristeza en una melancolía extraña y agradable.

Ha sido este año, de manera totalmente repentina, cuando hemos vuelto a tener noticias del bueno de Berman. Once años más viejo, canoso y recién divorciado se nos presenta en “That’s Just the Way That I Feel”, sin ningún temor a sonar tremendamente autobiográfico relatando con una distante ironía y a ritmo de honky tonk qué tal le ha sentado eso de pasar su década de los cuarenta en el banquillo y romper su relación con el amor de su vida. Pues ya os lo resumo yo: de puta pena.

“I mean, things have not been going well
This time I think I finally fucked myself
You see, the life I live is sickening
I spent a decade playing chicken with oblivion
Day to day, I’m neck and neck with giving in
I’m the same old wreck I’ve always been”

Ya desde la primera canción queda bien marcada la pauta conceptual del álbum: Berman exhibiendo todas y cada una de sus desgracias, unas veces de una manera más íntima, otras tomando una cierta distancia gracias al uso de un humor bastante oscuro; todo ello envuelto en una instrumentación luminosa que consigue transformar la tristeza en una melancolía extraña y agradable. “All My Happiness is Gone”, por ejemplo, te ofrece la posibilidad de cantar a pleno pulmón, con una sonrisa y el corazón caliente sobre cómo la vida se va yendo por el sumidero cuando te acercas a los cincuenta años y notas que estás cada vez más solo:

“Lately, I tend to make strangers wherever I go
Some of them were once people I was happy to know”

Pero Berman no es el único responsable del resultado cálido y elegante que desprenden las pistas de Purple Mountains. En menor medida, también merecen su reconocimiento el líder de Woods, Jeremy Earl, quien actúa como instrumentista y productor aquí, además de otros talentos de los que Berman se ha rodeado en el estudio que son, básicamente, el resto de miembros de Woods y Anna St. Louis. Berman ha sabido añadir el punto justo de luminosidad y coloración pop a su ya típica recitación de crooner etílico y destartalado, obteniendo un producto final de lo más atractivo, capaz de atraparte sin ningún tipo de concesiones. El resultado es, por tanto, algo más que un Berman instrumentado por Woods, salvo, quizá, la saltarina “Storyline Fever”, donde de manera más clara aparece la psicodelia juguetona de Woods con sus guitarras enredándose entre sí hacia el final.

The most divorced man in America

Berman ha sabido añadir el punto justo de luminosidad y coloración pop a su ya típica recitación de crooner etílico y destartalado, obteniendo un producto final de lo más atractivo, capaz de atraparte sin ningún tipo de concesiones.

Margaritas at the Mall” es sólo otra muestra de la insospechada sofisticación y épica que los muchachos de Earl son capaces de imprimir en un tema de Berman valiéndose de una trompetas y un pedal steel –de destacada actuación durante todo el álbum– que son gloria bendita, perfectos para adentrarnos en esa rabia existencial de quien no encuentra ningún sentido a su sufrimiento:

How long can a world go on with no new word from God?”

Pero quizá el mejor ejemplo del carácter ensoñador, reconfortante y distinguido que nace de la colaboración entre Earl y Berman lo podamos encontrar en la enorme “Darkness and Cold”, mejor canción del año para un servidor. El vídeo, como bien apunta un usuario de YouTube, nos presenta a Berman como ‘the most divorced man in America’ viendo a ‘la luz de su vida’ alejarse en mitad de la noche montada en el coche de otro tipo, como si quisiera reírse de su propio patetismo como terapia para exorcizar sus demonios internos. Una línea parecida, aunque acentuando aún más el elemento tradicional americano, presenta “She’s Making Friends, I’m Turning Stranger”, que refuerza en mi cabeza la idea de que estoy ante uno de los mejores discos post-ruptura que he escuchado nunca.

Pero los lamentos y la nostalgia también pueden mostrarse desde el reposo y a través de versos dotados de una menor concreción, y Berman es uno de los mejores nombres de su generación haciendo exactamente eso. Lo demuestra en “Snow is Falling in Manhattan”, salpicando con unos colores más apagados a un disco que, por otra parte, no puede encasillarse recurriendo a dos o tres etiquetas. “Nights That Won’t Happen”, de embriagadora delicadeza y fabulosamente arreglada, se mueve en arenas parecidas para reflexionar sobre la muerte y sobre todo aquello que es arrasado cuando una relación termina. Siguiendo por esta faceta menos asertiva del compositor no podemos olvidarnos de “I Loved Being My Mother’s Son”, un tema acústico y de indisimulado aspecto infantil que fue el primero que Berman escribió para el disco, tras la muerte de su madre.

Te vamos a extrañar, David

Ahora que se ha ido de forma abrupta, dejándonos su música y un montón de líneas ocurrentes, sólo nos queda recuperar su obra en nuestro día a día, especialmente este triste y magnifico epitafio que es Purple Mountains como recuerdo imperecedero del talento de un artista que ya es eterno porque nosotros lo vamos a hacer eterno.

Maybe I’m the Only One For Me” tiene poco de lloriqueo desconsolado y mucho más de asunción de responsabilidades. Berman se despide, nuevamente a través de un country clásico, reconociendo que es un desastre para gestionar su vida sentimental sin hacerse daño a sí mismo o a terceros.

No ocurre demasiado a menudo eso de que un artista nos deje escarbar entre sus últimos pensamientos antes de morir, lo de Bowie y Cohen han sido sólo dos cercanos y excepcionales ejemplos. Por eso creo que tardaremos tiempo en valorar como se merece el álbum objeto de esta crítica. La de Berman fue una carrera artística sin duda complicada pero sobrada de personalidad, genio creativo y encanto; las docenas de artistas de la escena ‘independiente’ internacional que han querido rendirle un pequeño tributo en estas últimas semanas ponen de manifiesto la innegable influencia que David Berman ha ejercido sobre el indie-rock del siglo XXI. Esa sensibilidad especial, la transparencia y cotidianidad que desplegaba en su manera de contar las cosas le convirtieron en un artista de esos que fácilmente hacen retumbar algo en el interior de sus oyentes. Ahora que se ha ido de forma abrupta, dejándonos su música y un montón de líneas ocurrentes, sólo nos queda recuperar su obra en nuestro día a día, especialmente este triste y magnifico epitafio que es Purple Mountains como recuerdo imperecedero del talento de un artista que ya es eterno porque nosotros lo vamos a hacer eterno.

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