Bruce Springsteen

Bruce Springsteen –
Western Stars

El Boss adolece de ideas nuevas y entrega un álbum correcto, pero nada imponente ni cercano a los grandes hitos de su discografía. La producción le juega una muy mala pasada, y tal vez si se hubiera sentado con tan sólo una guitarra y un piano habría resultado más convincente. Posee lo mejor y lo peor del Devils & Dust (2005) y del Tunnel of Love (1987). Al fin y al cabo, hablamos de un artista que ya nada tiene que demostrar y que nos acompañará para siempre por mucho que pasen los años.

Son tantos los comienzos que ha tenido el Boss que, apostar por una de sus nuevas creaciones, siempre confiere una especie de sensación de regreso o de flashback. No nos confundamos: el que seguramente sea el mayor icono de la música estadounidense de los últimos cincuenta años (con permiso de otros tantos genios como Dylan, Waits o Petty) ha resurgido de sus cenizas infinidad de veces para alimentar y cuidar los sueños de personas extraordinarias relegadas a vidas comunes de diferentes generaciones. A sus sesenta y nueve años, su carrera y su imagen le sitúan como uno de los grandes padres musicales de nuestra era, tanto para los que crecieron con su inmortal y decisivo Born to Run (1975), como para los que se engancharon al comienzo del milenio con The Rising (2002).

Siempre en busca de la tierra prometida

Western Stars ofrece trece canciones para seguir al pie del cañón y agradar a sus incondicionales más acérrimos. Más allá de eso, tan sólo un terreno yermo de ideas con breves destellos de la emoción que antaño funcionaba como músculo y motor de la E Street Band.

Se trata de un artista incombustible del que se han escrito ríos de tinta a lo largo de todas estas décadas, de ahí la enorme dificultad de abordar esta crítica. Con una trayectoria así, resulta harto complicado seguir alimentando su leyenda viva, grabada a fuego en los corazones de sus fieles. Sobre todo para su creador, quien no parece rendirse a la primera de cambio y seguir empeñado en alcanzar la Tierra Prometida con Mary, como canta en su canción fundacional y piedra angular de todo su repertorio, la eterna “Thunder Road”, la cual siempre nos convence de que la vida es algo más que una sucesión de horas, minutos y segundos; más bien un hermoso regalo que hay que desenvolver despacio pero con decisión. De algún modo, la historia hará justicia, y esta y otras piezas de ese pasado glorioso iluminarán las pasiones de los que todavía están por nacer o bien ya no viven para disfrutar con uno de sus nuevos álbumes, como este Western Stars.

En esto consiste esta nueva entrega: trece canciones para seguir al pie del cañón y agradar a sus incondicionales más acérrimos. Mientras tanto, aquellos que todavía no se hayan dejado seducir por el Boss no encontrarán más que un terreno yermo de ideas con breves destellos de la emoción que antaño funcionaba como músculo y motor de la E Street Band. Lo mejor es que sigue siendo Springsteen. El regreso del héroe en busca de la redención por una vida plagada de éxitos pero también marcada por la depresión, como confesaba en su reciente libro de memorias. Sin embargo, más allá de eso, Western Stars peca de ser un álbum menor de su discografía que adolece de ideas desarrolladas e, incluso, una producción adecuada que le confiera el estatus que se merece. 

Fotografía: Danny Clinch

Su álbum más cómodo, pero no adecuado al tiempo presente

Este Western Stars es una especie de cruce entre el acústico Devils & Dust (2005) y el ochentero Tunnel of Love (1987). De ahí que tenga lo más venerable y a la vez lo más desechable de ambos.

Ya lo intentó con High Hopes (2014), su anterior largo, en el cual contó con la colaboración del virtuoso Tom Morello para resultar inmerso en el tiempo presente. En este álbum parece librarse de ese lastre y no tener la pretensión de impresionar, lo que resulta bastante positivo para él, pero no para los fans que esperan un golpetazo en la mesa por parte del Boss. ¿Acaso cabe esperar más de un artista que ya lo ha demostrado todo en cada una de sus creaciones? Este es el álbum más cómodo para Bruce, pero no para los tiempos que hoy nos concurren. Nada que ver con aquellos renaceres gloriosos, como el ya mencionado The Rising o con esas sorpresas mayúsculas cargadas de confesión e intimidad como el irrepetible Nebraska (1982), pero sí mucho más accesible y conseguido que las piezas más inanes de su discografía, como Working on a Dream (2009) o Lucky Town (1992). Podríamos afirmar que, siguiendo la intuición de un buen amigo y uno de los mayores expertos en la obra springsteeniana que conozco, este Western Stars es una especie de cruce entre el acústico Devils & Dust (2005) y el ochentero Tunnel of Love (1987). De ahí que tenga lo más venerable y a la vez lo más desechable de ambos. 

Así suenan los ecos de la canción que da título al disco, escogida como single, con una melodía y estructura muy parecida a ese temazo llamado “Devils & Dust” pero con una producción y arreglos muy propia de su etapa ochentera. “Está bien, Bruce, nos has vuelto a conquistar, pero no es suficiente, esto ya lo habíamos oído”, podemos pensar. Mucho más conseguida está la primera pieza del conjunto, Hitch Hikin’ que nos lleva de vuelta al viejo mito del autoestopista que huye de su pasado en busca de un futuro prometedor. En definitiva, la misma historia contada miles de veces, pero con cierta gracia y aplomo. Los arreglos de violín aportan un sentido épico a la narración, y quizá si hubiera apostado por tocarla a solas con su guitarra y un leve acompañamiento de piano, habría quedado mejor.

Le sigue The Wayfarer, cuya línea de piano en clave casi ragtime resuena tímidamente al clásico “Tenth Avenue Freeze Out”, pero cuya interpretación vocal y arreglos instrumentales, de nuevo, le restan profundidad y frescura al conjunto. En algunos momentos los violines se vuelven tan empalagosos que parece que la canción ha sido tratada por compositores de bandas sonoras de Disney. 

Mala producción y demasiada orquesta

se trata de un disco en el que relucen pequeños destellos de la vieja gloria que en su día fue, por lo que a los más nostálgicos les resultará hermoso y próximo a su autor, mientras que los oídos más exigentes solo encontrarán en Western Stars los leves suspiros del genio que en su día fue.

El responsable de tamaño desastre a los mandos es Ron Aniello, quien ya trabajó con Springsteen en su anterior High Hopes. Más de lo mismo en Tucson Train”, cuyo cuerpo armónico parece estar demasiado lejos de la intensidad que solía transmitir la E Street Band en sus días de gloria. Sleepy Joe’s Café es un tema cuya temática recuerda a “Mary’s Place” de The Rising, pero que ni de lejos se asoma a la pasión desbocada de la misma. Los metales confieren un aire fronterizo a la mezcla que resulta convincente, pero insuficiente. La primera parte del disco la cierra Drive Fast (The Stuntman)”, una balada que vuelve a retrotraernos al Devils & Dust, pero cuya progresión desilusiona a medida que se suceden los minutos. 

Los aires fronterizos continúan enChasin’ Wild Horses”, un tema que perfectamente podrían haber escritos coetáneos, como los Rolling Stones o Elliot Murphy. Por fortuna, el pedal steel emerge de entre las pistas. Mucho más inspirada, quizás la mejor de todo el disco, es Somewhere North of Nashville, en la que reside el Bruce que todos buscábamos antes de escuchar el disco. Sobre todo por su brevedad, ya que no hace falta alargar las canciones hasta los cinco minutos para darles la importancia que merecen. Aquí asistimos al Boss más confesional e íntimo, algo que se agradece después de tanto efectismo.

Le precede “Sundown”, con una gran línea de piano que recuerda a aquellas largas improvisaciones en directo de la etapa del Darkness of the Edge Town (1978), como aquella inmortal versión del clásico “Prove It All Night” en el Capitol Theatre de Nueva Jersey en 1978. Pero ni de lejos llega a tal monumento musical, ya que en cuanto entra el estribillo la entonación de Springsteen se infla hasta la náusea y las ganas de cambiar de canción son inevitables. Los coros celestiales tampoco ayudan.

Un trabajo menor de uno de los más grandes artistas de nuestro tiempo

Una colección de canciones que nunca jamás pasarán a la historia de la música y, en general, de la discografía de Springsteen, pero que sin embargo nos devuelve la ilusión de volver una y mil veces a aquellos archivos sonoros que hicieron de él una figura colosal, el más grande y completo artista que ha dado Estados Unidos.

Como vemos, se trata de un disco en el que relucen pequeños destellos de la vieja gloria que en su día fue, por lo que a los más nostálgicos les resultará hermoso y próximo a su autor, mientras que los oídos más exigentes solo encontrarán en Western Stars los leves suspiros del genio que en su día fue. “Stones” es una pieza que agrega coherencia al conjunto. Por su parte, There Goes My Miracle” es el intento por enésima vez de resultar positivo de alguien que siempre levantó con ánimo a las almas más apesadumbradas de Norteamérica y del resto del mundo. El estribillo, sin embargo, resulta vomitivamente infantil, forzado y molesto, lo peor del disco. Muy lejos de canciones de su repertorio similares, como la adictiva y fascinante “Waitin’ On a Sunny Day”. 

El final viene protagonizado otra canción de corte fronterizo, Hello Sunshine, en la cual el Boss demuestra que sigue siendo él mismo, a medida que los lamentos del pedal steel hacen lo propio para sumar sentimiento a la composición. Pero cuando entran de nuevo los violines, el tema cae en el desmesurado tedio que inspira todo el conjunto. Para despedirse, escoge una línea de arpegios de guitarra en Moonlight Motel. Otro tema que nunca jamás pasará a la historia de la música y, en general, de la discografía de Springsteen, pero que sin embargo nos devuelve la ilusión de volver una y mil veces a aquellos archivos sonoros que hicieron de él una figura colosal, el más grande y completo artista que ha dado Estados Unidos. Un auténtico portento del estudio y del escenario, capaz de destacar sin histrionismos, tan solo contando con el don de la inspiración y la gracia divina de sentirse vivo más que nunca, para lo bueno y lo malo. En definitiva, un álbum menor de uno de los artistas más grandes de nuestro tiempo.

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