Billie Eilish

Billie Eilish –
WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?

El debut de la angelina, con tan sólo diecisiete años y ya superestrella del pop mundial, explora el mundo de los sueños y las pesadillas a través de bajos sintéticos atroces, bases gordas y mucha contundencia, pero dentro esconde un espíritu baladista y en muchas ocasiones no consigue enlazar la fórmula de éxito con ese espíritu más alternativo en el que pretende expresarse como artista.

Mencionando aparte el mundo latino, emperador indiscutible del mercado al que estamos acostumbrados, parece que son dos las reinas actuales de eso que podemos llamar “nuevo pop” y que ya deberíamos tener en gran parte superado. Una de ellas es diferente: canta en español, fusiona el amasijo escénico de una Beyoncé con el flamenco y con los parámetros urbanos del R&B electrónico, y representa bien la ruptura cada vez mayor de las fronteras entre lo alternativo y lo comercial. Pero no deja de recurrir a su conexión natural con lo latino para arrasar por el mundo, como está haciendo de la mano de J Balvin gracias a “Con Altura”. Rosalía es, en mucho, la excepción que confirma cientos de reglas. La otra es, para Thom Yorke, la gran esperanza para el pop y “lo único interesante que ha escuchado últimamente”, algo así como lo que fue Lorde para David Bowie antes de dejarnos, y desde luego la revelación ha hecho correr ríos de tinta. Porque lo que hace Billie Eilish no es como lo de Rosalía, extraño y por lo tanto más llamativo a los oídos anglófonos en un momento en que se están reivindicando las escenas locales, como recuperando el escapismo romántico. Su música no es “excepcional”, sino que enfrenta de primeras el reto de sumarse a toda una pléyade de estrellas del pop que, ya lo he comentado alguna vez, ya llevan varios años haciendo de la diferenciación y de la dignificación circunstancial del género su principal seña de identidad. ¿Qué tiene Billie Eilish para haber irrumpido con semejante fuerza en un mercado tan polarizado y sin realmente destacar por nada en particular, sino más aportar su propia contribución basada fundamentalmente en las mórbidas y mastodónticas bases de su hermano Finneas en lo musical y en su estilismo rompedor y tom-boy (a cargo por cierto de Samantha Burkhart, estilista también de Rosalía), con una estética oscura, rockera y muy conectada con cualquier tipo de rebeldía adolescente pero rebelando luego una inusitada sensibilidad, que se traduce por ejemplo en un buen número de baladas contenidas en su disco de debut?

Pues vamos a intentar responderlo. 

La edad y la preocupación

La forma en la que Billie Eilish está experimentando su paso a la madurez puede corresponderse o identificarse con el momento de transición acelerada que vivimos en el mundo de la actualidad. Eso es, precisamente, lo que ha hecho que mucha gente conecte de forma instantánea con ella.

Exagerando y poniéndonos un poco poéticos, podríamos decir que de alguna manera la forma en la que Billie Eilish está experimentando su paso a la madurez puede corresponderse o identificarse con el momento de transición acelerada que vivimos en el mundo de la actualidad. Es lo que ha hecho que mucha gente conecte de forma instantánea con ella, porque refleja bien, no sólo en su música sino en su estética, el mundo en el que vive. La oscuridad, la ansiedad, los cambios drásticos y repentinos…

No sólo es una artista puramente Z, nacida en los 2000, que puede hacer canciones inspiradas en Sherlock (“you should see me in a crown”) o que samplean fragmentos de The Office (“my strange addiction”), sino que además está sabiendo hacer suyos muchos problemas adultos y señalando lacras de nuestro tiempo como los problemas del sueño, la ansiedad, la pérdida de expectativas, la depresión. “xanny”, por ejemplo, es una balada dedicada al Xanax que adhiere la problemática que están generando ese tipo de medicamentos en Estados Unidos. “listen before i go” ataca directamente la problemática de la depresión y el suicidio. “bury a friend” centra la atención en los monstruos en formo de miedos que a todos nos persiguen y atormentan. “bad guy” explora los viejos conceptos de masculinidad y los aplica a las mujeres, un poco en la línea del último disco de Christine and the Queens, y “my strange addiction” toca el tema del amor tóxico.

Una estética más transgresora

Joven pero agresiva, Billie Eilish recuerda mucho en imagen al punk, al hardcore, al emo, a géneros oscuros y gritones… Eso la hace conectar con generaciones más adultas que a lo mejor no conectan tanto con el total de su música, pero sí lo hacen con el espíritu de una chavala que parece que hace lo que le da la gana y además con una cuidadísima calidad.

Joven pero agresiva, Billie Eilish recuerda mucho en imagen al punk, al hardcore, al emo, a géneros oscuros y gritones… Eso la hace conectar con generaciones más adultas que a lo mejor no conectan tanto con el total de su música, pero sí lo hacen con el espíritu de una chavala que parece que hace lo que le da la gana y además con una cuidadísima calidad. Eilish siempre llama la atención con sus looks imposibles, esa tendencia a la monocromía y el rollito de chica mala, pero luego sorprende mostrándose vulnerable, cantando baladas que se preocupan sobre sus propias tribulaciones, sin emplear nunca algo parecido a un grito y de hecho haciendo del susurro su rango vocal característico, hasta tal punto que Pitchfork la consideró uno de los mejores ejemplos comerciales de ASMR, cosa que, en parte, también explicaría su éxito para un determinado y muy concreto grupo de personas.

Fotografía: Dan Regan

El misterio que genera no ser nunca lo que parece

Billie Eilish ha asentado un sonido que traza muy bien las líneas de conexión entre la música que ha escuchado toda la vida, en clave de pop y rock, y las bases hip-hop que fue descubriendo con los años, cómo estas tienen que ver con el R&B y cómo se las puede relacionar con el soul.

Y esto se relaciona mucho con lo que decía antes: Billie Eilish nunca es lo que parece. Parece una chica mala, pero no. Puede parecer una chica buena, pero tampoco. Y en esa dicotomía se va a mover mucha parte de su personalidad como artista, pero también mucha parte de WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?. Por eso puede parecer que haya hasta una canción contra el cambio climático (“all the good girls go to hell”) o puntos de vista ambiguos como los de “8” o, de nuevo, “xanny”, que al final parece adherir la problemática policial en EEUU con la frase, aparentemente referida a su amigo XXXTentacion, “I can’t afford to love someone who isn’t dying by mistake in Silver Lake”. Por eso sangra tinta negra por los ojos en el videoclip de when the party’s over, una balada seriota post-ruptura a piano que pese a algún detalle electrónico tiene mucho más que ver con Adele.

Sobre todo, se traduce en la naturaleza cambiable y combinatoria del álbum, que pretende abarcar muchos estilos de una vez y con un hilo conductor en las bases y en la voz de Eilish. Ella misma ha confesado que una de las ideas clave del disco es que si juntaran a catorce personas que representaran géneros musicales completamente diferentes en una habitación para que lo escucharan, cada uno pudiera decir que al menos una canción del disco le había gustado. Esta especie de idea “catch-all” puede verse en la riqueza instrumental que tienen algunas canciones pensadas para un público más alternativo, especialmente all the good girls go to hell, que suena a Lana Del Rey comandando a los Arctic Monkeys de AM (2013) y que hasta tiene un minibridge instrumental a lo G-Funk, o el synth más seductor y elegantón my strange addiction, que también remite en parte a aquel AM y que toma prestada su línea melódica del People Are Strange de The Doors. Y puede verse también en otras excepciones como la más teatral wish you were gay, la cual muestra a una Eilish rechazada que prefiere que la persona que le gusta tenga otras preferencias sexuales a que la rechace simplemente porque no le gusta, lo que supondría para ella una especie de derrota (y que además esconde en todas las estrofas el juego de una cuenta atrás, algo que adquiere mayor importancia conceptual al final del trabajo, cuando escuchamos “goodbye”), o la balada a ukelele 8, donde Eilish interlocuta con una versión altamente pitcheada de su voz.

Todo esto, unido a que prácticamente toda la parte final del trabajo adquiere tonos mucho más acústicos y baladísticos, al final revela, de nuevo, que esto no era lo que parecía. Que esto no es un disco de grandes beats y canciones estimulantes, sino más bien un disco de baladas y canciones tranquilitas que cuidan los arreglos.

Una fórmula musical que funciona

Su propuesta se mantiene lo suficientemente sorprendente como para no cansar y parecer diferente, discordante: La voz susurrante de Eilish caminando casi siempre anárquica y arrítmica sobre una base machacona y contundente heredada del hip-hop, bajos sintéticos gordísimos y casi siempre sucios y profundamente distorsionados y unos graves que tiran para atrás.

Una lesión en el hueso del crecimiento apartó a la joven Billie Eilish de la danza cuando tenía sólo doce años y, desde ese momento ella, que ha crecido en una familia artística, ha ido desarrollando su carrera musical, asentando un sonido que traza muy bien las líneas de conexión entre la música que ha escuchado toda la vida, en clave de pop y rock, y las bases hip-hop que fue descubriendo con los años, cómo estas tienen que ver con el R&B y cómo se las puede relacionar con el soul. Y que a nivel estético siempre guiña a la primera década de los 2000, a las bandas de emo y pop-punk, al nu-metal, etc. Siempre ha funcionado muy bien, eso es innegable. Su primer hit, Ocean Eyes, fue concebido originalmente para uno de esos recitales de danza y acabó subido a SoundCloud casi como un juego. Un juego que acabó con más de dos millones de streams y un contrato firmado con Interscope Records. La chiquilla no tenía ni quince años. Ahora la canción tiene en YouTube cientos de millones de reproducciones.

La fórmula, obviamente, estaba ahí, y lo único que han hecho los dos hermanos ha sido desarrollarla siempre entre los dos y siempre desde su dormitorio. Y, sin tener mucho misterio, es indiscutiblemente efectiva y pegadiza, y además se mantiene lo suficientemente sorprendente como para no cansar y parecer diferente, discordante: La voz susurrante de Eilish caminando casi siempre anárquica y arrítmica sobre una base machacona y contundente heredada del hip-hop, bajos sintéticos gordísimos y casi siempre sucios y profundamente distorsionados (muy relacionados con la sensación de desasosiego que pretenden transmitir algunas canciones) y unos graves que tiran para atrás. Exactamente lo que se exponía en el single you should see me in a crown, que podía apuntar a una dirección mucho más salvaje pero que ha resultado ser la excepción brutalista del debut de Eilish y, a la vez, la que mejor resalta las virtudes de la fórmula.

Un poco lo mismo que se podía escuchar en el también single “bury a friend”, que le robaba de alguna manera la base machacona y así como revuelta al The Beatiful People de Marilyn Manson, y que podemos apreciar de forma sublimada en bad guy. El tema se vale de la base más látex de todo el disco, la más contundentemente electroclash, y a mí me gusta pensar que es algo así como el “Sweet Dreams (Are Made of This)” de su generación, con esas referencias a ciertas prácticas sadomasoquistas y al papel del control y de los roles de poder en las relaciones sexuales y sentimentales… Casualmente (y seguro que es casualidad, pero yo ahí lo dejo), este mítico tema de Eurythmics lo versionó precisamente Marilyn Manson.

Se vean o no se vean los clichés y, aunque haya mucho picoteo y muchas referencias demasiado evidentes en el debut de Billie Eilish, lo que es indiscutible es que la fórmula que ha ideado junto a su hermano Finneas, el verdadero artífice de todo esto, funciona. Tanto que “bad guy” siempre será recordada como la canción que le quitó el número 1 de Billboard a la canción que hasta la fecha más semanas había permanecido anclada a esa posición, “Old Town Road” de Lil Nas X, pero también como el número 1 más joven (diecisiete años) desde que Lorde (de la que hay mucho en Eilish, tanto que esta puede ser como una versión suya en negativo), lo consiguiera en 2013 con “Royals” a los dieciséis y como el primer número 1 conseguido por alguien nacido en el nuevo milenio. El relevo generacional era esto.

Problemas y ansiedades en un momento de transición

Se vean o no se vean los clichés y, aunque haya mucho picoteo y muchas referencias demasiado evidentes en el debut de Billie Eilish, lo que es indiscutible es que la fórmula que ha ideado junto a su hermano Finneas, el verdadero artífice de todo esto, funciona.

La propia Eilish ha hablado en repetidas ocasiones de la idea general en torno a la que está conceptualizado WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?: el mundo de los sueños y, derivado de él, la ambigüedad de que puedan ser buenos sueños o pesadillas, de poder o no controlarlos, etc. El eje central para reforzar esta idea está contenido en bury a friend, una canción que ofrece el punto de vista del monstruo de debajo de la cama y que a su vez termina reflejando un desdoblamiento de la propia Eilish, su versión en negativo, su doppelgänger, su parte diabólica. La misma que de algún modo toma el control en “all the good girls go to hell”, que por su parte culmina con una especie de conversación entre el Diablo y Dios sobre si deben o no salvar a una humanidad condenada por destruir la tierra que habita, dejando así su propio alegato contra el cambio climático. El caso es… ¿se podrían relacionar también esos fantasmas, esos miedos, esos monstruos del armario y de debajo de la cama con los problemas mentales?  

Justo después de “bury a friend” empieza el viaje a estados más profundos de conciencia y realmente el disco toma caminos mucho más oníricos, empezando por esa base de inducción al sueño (con ese pianillo de caja de música que hace un poco de peonza) de ilomilo, una canción sobre el miedo a perder a alguien amado. Y siguiendo por los baladones listen before i go, suplicándole a alguien amado que no se suicide, y i love you, una acústica rendición amorosa que parece esconder de nuevo un mensaje al amigo asesinado de Eilish XXXTentacion. Ese es el punto de no retorno, por eso el universo de sueños creado por escalones, como en Origen, se repliega en goodbye, repasando elementos de todas las canciones en sentido ascendente, como rebobinando, hasta volver a la realidad, al punto de partida, a la vigilia. El acto mareante de despertarse y ver que la peonza ha dejado de girar.

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