Jeff Buckley

Jeff Buckley –
Grace

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Décadas después de su publicación, el encanto de todas las canciones de Grace sigue intacto. Su aura todavía es capaz tanto de cautivar a todos aquellos que aún no se han acercado a una de las mejores voces de los noventa como de volver a enamorar a quienes guardamos este disco como un auténtico tesoro.

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A veces te encuentras con discos con un aura tan exorbitante, imponente y sobrecogedora que parecen embrujados. No me he encontrado a lo largo de mi vida con muchos trabajos así, y los grupos que logran repetir a lo largo de su carrera ese estado de gracia y esa conexión tan mística y tan palpable son escasos, pero hay un disco en concreto que probablemente se lleva la palma en lo que a álbumes hechizados se refiere. No es otro que Grace, el álbum debut de Jeff Buckley y el único que, desgraciadamente, pudo lanzar en vida.

Destinado a hacer historia

Grace es un disco tan potente y con un encanto tan especial que te hace creer en los amores a primera vista. Y, aunque el proceso de grabación resultó difícil y frustrante por momentos, el resultado fue tan increíble que incluso hoy en día continúa siendo sorprendente.

Personalmente, no descubrí Grace hasta los diecinueve o veinte años. Por supuesto, había escuchado la archiconocida versión del “Hallelujah” de Leonard Cohen y sabía de la existencia del disco y de su famosa carátula, pero no fue hasta leer una crítica cercana al veinte aniversario de su lanzamiento cuando me paré por fin a escucharlo con detenimiento. Y aunque desde el principio quiero animaros a que dejéis de leer aquí, busquéis el disco en vuestro servicio de streaming de confianza y volváis cuando le hayáis dado al botón de play y “Mojo Pin” comience a sonar, espero que al final de esta crítica logre convenceros y que, quienes ya hayáis disfrutado en multitud de ocasiones de esta obra irrepetible volváis a ella una vez más y recordéis por qué os enamoró desde la primera escucha. Porque Grace es así: un disco tan potente y con un encanto tan especial que te hace creer en los amores a primera vista.

Sin extendernos demasiado en la historia de Jeff Buckley, el músico hizo saltar todas las alarmas cuando allá por 1991 interpretó varias canciones de Tim Buckley, su padre y también músico fallecido en 1975 debido a una sobredosis de heroína, en un concierto homenaje. Tim nunca compartió apenas tiempo con Jeff ni su familia debido a su carrera musical, lo que creó en Jeff un sentimiento de abandono y soledad durante toda su vida. Pero, aunque Jeff sólo vio a su padre un par de veces (una de ellas durante un concierto), eso no le impidió desarrollar una fuerte pasión por la música, gracias, en gran parte, a su madre, quien le ponía discos desde pequeño. Después de cierto tiempo tocando en salas, Jeff firmó un contrato con Columbia Records para editar su primer álbum de estudio, el cual llegaría producido por Andy Wallace (Slayer, Sonic Youth, Nirvana, etc.).

La grabación del disco no fue nada fácil debido a las altísimas aspiraciones de Jeff, que quería reflejar a la perfección su estado de ánimo en la música mediante composiciones acústicas y eléctricas, sin perder tampoco la sensación de directo. La falta de unidad sonora entre canciones y la exigencia tan grande consigo mismo le hicieron caer en un bloqueo creativo del que no salió hasta que Michael Tighe dio con el riff de “So Real”, logrando por fin el sonido que tanto tiempo llevaban buscando.

Fotografía: David Tonge (Getty Images)

Amor, odio, depresión, alegría, sueños… y Led Zeppelin, claro

No es sólo que cada instrumento esté tratado a la perfección, sino que en cada canción está adaptado para conseguir la atmósfera adecuada. Pero, por encima de todo, está la interpretación de sus músicos. Cuando Jeff se introduce de manera sutil en nuestra mente, cuando llora, cuando se rompe y cuando grita de rabia, en todo momento las guitarras lo hacen con él.

Y aunque el proceso resultó difícil y frustrante por momentos, el resultado fue tan increíble que incluso hoy en día continúa siendo sorprendente. No es sólo que cada instrumento esté tratado a la perfección, sino que en cada canción está excelentemente adaptado para conseguir la atmósfera adecuada. Pero, por encima de todo eso, por supuesto, está la interpretación de sus músicos. Cuando Jeff se introduce de manera sutil en nuestra mente, cuando llora, cuando se rompe y cuando grita de rabia, en todo momento las guitarras lo hacen con él. Desde “Mojo Pin” podemos ver cómo es él quien dirige y lleva a los demás al terreno que él quiere, algo que se percibe especialmente en esta pieza con tantos cambios de ritmo y de intensidad, desde esos arpegios que susurran al comienzo hasta la tormenta de guitarras descargando toda su furia al final.

Como decíamos, Grace es un álbum cargado de misticismo y de emoción en el que los temas más universales se dan la mano: el amor, el paso del tiempo, la soledad, el dolor y, sobre todo, la muerte, ya sea como fin de la vida, fin del amor o fin de una etapa. Jeff dijo en una entrevista que estos eran los temas que le inspiraban a la hora de hacer música y que, sobre todo, le provocaban necesidad de cantar. Del mismo modo, siempre reconoció un enorme abanico de influencias por parte de otros artistas, ya fuera directamente o a través de sus múltiples versiones (desde Led Zeppelin, con los que se inició en el mundillo, hasta Nina Simone o los grandes del jazz).

Cuando hasta la agresividad se vuelve íntima

Grace es un álbum cargado de misticismo y de emoción en el que los temas más universales se dan la mano: el amor, el paso del tiempo, la soledad, el dolor y, sobre todo, la muerte, ya sea como fin de la vida, fin del amor o fin de una etapa.

Si hay algo que me gusta especialmente de este álbum es que, sin importar si hablamos de los momentos más frágiles o de los más iracundos y embarrados por los riffs de guitarra más agresivos, la sensación de estar escuchando canciones extremadamente íntimas y sinceras siempre está ahí. Quizá sea por esa voz tan limpia y esa forma de cantar, rasgando la voz en los momentos más oportunos, alargando las sílabas y llegando a notas que sólo unos cuantos elegidos pueden alcanzar, con un falsete muy personal y característico. El caso es que cuando escucho “Grace” o “Eternal Life”, la transparencia y la delicadeza que me sugieren es la misma que cuando escucho esas versiones tan sutiles y bellas del “Hallelujah” de Leonard Cohen, el “Corpus Christi Carol” de Benjamin Britten o el “Lilac Wine” de James Shelton (increíbles homenajes donde más que versionar canciones, las hizo suyas).

A pesar de todo, creo que es en las canciones originales donde más brillaba Jeff Buckley. En esa manera tan imprevisible de desarrollar las canciones, forzándose a sí mismo a dar con estructuras lo suficientemente complejas como para no sonar a nada que él considerase demasiado simple y carente del valor que él buscaba y se autoimponía. Lo cierto es que, pese a ser un álbum que impresiona desde la primera escucha, las canciones tardan en calar al salirse de las típicas estructuras de estrofa / estribillo / estrofa / estribillo / solo /estribillo. Pero cuando uno se acostumbra, cada pieza fluye con total naturalidad y los clímax se tornan increíblemente épicos y emocionantes, porque cuando crees que una canción ya lo ha dado todo, todavía hay más. Por ejemplo, el puente sobre la mitad de “Grace”, tras el segundo estribillo, que acaba volviendo a la introducción (ese ruido simulando el sonido de las manecillas de un reloj para reflejar la fugacidad de la vida, temática de la canción, pone los pelos de punta a cualquiera) para finalizar en una última estrofa por todo lo alto, sencillamente abrumadora, con un Jeff que se asemeja a un cantante lírico traído al mundo del rock.

Una de las mejores voces de la historia del rock

A pesar de todo, es en las canciones originales donde más brillaba Jeff Buckley. En esa manera tan imprevisible de desarrollar las canciones, forzándose a sí mismo a dar con estructuras lo suficientemente complejas como para no sonar a nada que él considerase demasiado simple y carente del valor que él buscaba y se autoimponía.

Porque, por encima de todo, Grace es un disco de rock, y eso es lo que más me gusta de él. El riff de bajo en “Last Goodbye” que más tarde es reinterpretado por las guitarras es una absoluta maravilla, y los arreglos de cuerda dejan entrever con mucha claridad la gran influencia que Buckley supuso para bandas como Radiohead (The Bends bebe completamente de esta canción) o los primeros Muse. Mientras, “Lover, You Should’ve Come Over” es una carta de amor inocente y torpe totalmente cautivadora y llena de versos difíciles de olvidar, como And maybe I’m too young to keep good love from going wrong o “It’s never over, she’s the tear that hangs inside my song forever”.

Es un trabajo tremendamente noventero, que en más de una ocasión nos trae a la mente grupos de la época como los Smashing Pumpkins en “Eternal Life” o a los Pearl Jam de No Code (1996) en “Dream Brother”, pero que, sin embargo, consigue distinguirse del resto y a día de hoy sigue sonando fresco e, incluso, ha creado escuela.

Original y una gran influencia

Aunque es un álbum que impresiona desde la primera escucha, las canciones tardan en calar al salirse de las estructuras arquetípicas. Pero cuando uno se acostumbra, cada pieza fluye con total naturalidad y los clímax se tornan increíblemente épicos y emocionantes, porque cuando crees que una canción ya lo ha dado todo, todavía hay más.

Y es que, si bien durante su publicación original no hizo demasiado ruido y tardó bastante en conseguir el reconocimiento que merecía, fueron múltiples los artistas que se rindieron ante semejante trabajo, ganándose el parabién de músicos como Jimmy Page, Bob Dylan o David Bowie, quien llegó a confesar que era el disco que se llevaría a una isla desierta. Por no mencionar la influencia que tuvo en grupos posteriores como los ya citados Radiohead y Muse, Cocteau Twins, Steven Wilson, Lana Del Rey o Coldplay.

Es una pena que leyendas como la de Jeff Buckley estén tan romantizadas y ligadas a su muerte, como si el hecho de esa tragedia tan prematura diese más valor a la carrera del músico. Pero, a la vez, resulta inevitable hablar de ello y sentir aún más dolor cuando escuchamos canciones tan desgarradoras, y es que uno no puede sino desear que el californiano hubiera tenido la oportunidad de seguir desarrollando su carrera y soñar con lo que podría haber llegado a conseguir tras semejante álbum debut. Jeff hace mucho que nos dejó, pero esperamos que textos como este sirvan para seguir descubriendo a uno de los mayores artistas del rock a las futuras generaciones y que, asimismo, queden cautivadas por el embrujo de sus canciones.

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