Sum 41

Sum 41 –
Order in Decline

Sum 41 consagran su renovado estilo con Order in Decline. Diez canciones firmes con un estilo pesado y agresivo, una producción casi impecable y, además, un mensaje político y personal sólido y decidido, marcan la maduración vital y musical de Deryck Whibley y compañía, que firman su mejor álbum en una década y sin duda uno de los mejores de toda su carrera.

Pop-punk es muchas cosas, y yo llegué tarde a casi todas. Quiero decir: sí, tuve mi etapa Green Day en la adolescencia porque era físicamente imposible no tener algún o alguna colega con una camiseta de American Idiot, y a mi crush de la época le gustaba My Chemical Romance, así que algo estuve en contacto con aquel mundillo. Pero siempre sentí que no era del todo mío. Al oír aquellas canciones sentía que estaba asomando la cabeza a un terreno mucho más adulto, y la excitación que me producía aquella sutil rebeldía me hacía soñar con agarrar una Les Paul y componer una ópera rock, pero al mismo tiempo me sentía un tanto desconectado de esos sentimientos. Como todo en la adolescencia, ni el fuego era tan grande ni duraba tanto como tú te creías, así que aquella etapa de contacto superficial pasó de largo.

No fue hasta que cumplí la mayoría de edad que volví, de una forma mucho más paulatina y más madura, a escuchar uno de esos grupos a los que había conocido de pasada, pero que siempre habían estado ahí de fondo y del que ya no me pude separar jamás. No obstante, tardé un tiempo en comprender por qué eran tan importantes. Sum 41, aunque hace bastantes años que han perdido ese estatus de fenómeno global, siempre fueron un caso algo atípico dentro de la escena pop-punk: comenzaron como paradigma del rock alternativo gamberro y contestatario de los primerísimos 2000, abrazaron sus influencias metal con ira y dolor manteniéndose en la cresta de la ola del mainstream, perdieron miembros por un camino que los llevó de vuelta al pop-punk melódico y personal y, en 2016, volvieron casi reunificados en torno a un sonido pesado, pero con estructuras familiares.

En todos estos pasos del camino ha habido éxitos arrolladores, descalabros monumentales, despedidas, reencuentros, casi tragedias y maduraciones difíciles. Cada uno de estos momentos ha definido la trayectoria de una banda que, a la hora de la verdad, no sólo ha crecido con su sólida y fiel fanbase, sino que cada vez es más consciente de su propia identidad, de su historia y del presente personal y global que los rodea. Todos estos eventos han llevado a Sum 41 hasta Order in Decline, su trabajo más sólido, actual, personal y potente en una década.

El camino hasta Order in Decline

Sum 41 siempre fueron un caso algo atípico dentro de la escena pop-punk. En su camino ha habido éxitos arrolladores, descalabros monumentales, despedidas, reencuentros, casi tragedias y maduraciones difíciles. Cada uno de estos momentos ha definido la trayectoria de una banda cada vez más consciente de su propia identidad, de su historia y del presente personal y global que los rodea.

Dos referencias surgen de forma inmediata al hablar del séptimo trabajo de Sum 41. La primera y más evidente es 13 Voices, el elepé con el que volvieron a los escenarios en 2016 como banda de cinco componentes, con el retorno del guitarrista Dave Baksh a la alineación tras diez años (su falta había sido reemplazada en directo con Tom Thacker, que permanece en el grupo) y el debut de Frank Zummo a la batería en sustitución del mítico Steve Jocz, que emprendió su marcha en 2011. Los canadienses se sumergieron en un enfoque heavy casi más en la estética que en el sonido, pues, a pesar de lo edgy de su pose y sus alegatos de “muerte al pop”, la producción carecía de fuerza y definición y sus momentos más melódicos nada tenían que ver con la honestidad de los tiempos de Underclass Hero (2007). Daba la impresión de que la banda no era consciente de su edad ni su contexto, y por eso los resultados no siempre eran tan coherentes como cabría esperar.

El segundo trabajo al que este Order in Decline irremediablemente evoca es Chuck (2004), considerado por crítica y buena parte del público como el mejor disco de Deryck Whibley y compañía, además del último en contar con la alineación original. Himnos inmortales como “Pieces” y otros tantos cañonazos integran un álbum maduro y personal en el que Sum 41 abrazaron sus influencias metal a la vez que jugaron sus cartas de punk melódico con maestría, configurando un aura de rabia y desencanto que aguanta el tipo increíblemente bien a día de hoy, pues sigue manteniéndose como el álbum mejor valorado de la banda. Al menos, hasta la fecha.

Fotografía: Press

Todo es político, todo es personal

Sum 41 siempre han tenido una postura política potente en su estilo, pero el auge de la extrema derecha a largo y ancho del mundo en los últimos años ha hecho de Order in Decline un álbum mucho más enfocado en la denuncia de la situación política global. Las letras configuran una atmósfera ominosa y caótica.

El mundo parece estar conectado por sus divisiones”, declaraba el vocalista Deryck Whibley en una entrevista con NME sobre el nuevo álbum de Sum 41. “Es difícil ignorarlo. Especialmente al viajar por el mundo e ir a diferentes países, en todas partes existe el mismo tipo de división y caos”. La banda canadiense siempre ha tenido una postura política potente en su estilo, sobre todo en trabajos como Does This Look Infected? (2002) y Chuck, pero el auge de la extrema derecha a largo y ancho del mundo en los últimos años ha hecho de Order in Decline un álbum mucho más enfocado en la denuncia de la situación política global. “Out for Blood”, el primer single de este trabajo, ha sido descrito por Whibley como “una buena representación del álbum en su conjunto”: las letras configuran una atmósfera ominosa y caótica, la sensación de desesperanza reina en los enérgicos versos de Whibley y toda la banda se vuelca en un sonido guitarrero pesado pero melódico, de riffs y solos abrasivos y ritmos muy bien calculados.

Ese ambiente distópico se mantiene en canciones más cadenciosas como “The New Sensation”, con sus alegatos de resistencia y guitarrazos más claros, cuyos sutiles arreglos de electrónica fría y distante hacen pensar que Sum 41 está haciendo el trabajo de banda apocalíptica mejor que Muse en los últimos años; o en los fantasmas del pasado que Whibley espanta a gritos en la poderosa e intensa “Turning Away”, una desafiante declaración de intenciones que descorcha el álbum a golpe de killswitch; o en “45 (A Matter of Time)”, un cañonazo agresivo de pulsos marcadísimos cuyo protagonista, para disgusto del frontman, es un Donald Trump al que es fácil encontrar en cada esquina de este trabajo.

Queda patente casi a cada momento cuánto ha aprendido cada componente de la banda (y Whibley, además, como productor) en estos años y qué deliberado es cada uno de sus movimientos en este elepé: cada canción goza de unas dinámicas únicas brillantemente medidas (“A Death in the Family” demuestra cómo Sum 41 emplean esta táctica con excelentes resultados) que aportan gran variedad a temas relativamente breves, y el sonido general consigue ser unitario pero jamás repetitivo. Dentro de todo este discurso sonoro tan metalero, unos temas más pausados podrían ser los enemigos absolutos de su inamovible coherencia, pero nada más lejos de la realidad.

Todo lo que he perdido y lo que pasaría si perdiera lo que aún me queda

Queda patente casi a cada momento cuánto ha aprendido cada componente de la banda en estos años y qué deliberado es cada uno de sus movimientos: cada canción goza de unas dinámicas únicas brillantemente medidas que aportan gran variedad a temas relativamente breves, y el sonido general consigue ser unitario pero jamás repetitivo.

En 2014, Deryck Whibley estuvo a punto de morir. El colapso de su hígado y uno de sus riñones debido a un abuso de alcohol prolongado (que el vocalista no tiene reparos en recordar) lo mantuvo más de un mes hospitalizado bajo constante vigilancia y requirió una larga y dolorosa recuperación. “Creo que me di cuenta de lo importante que es para mí la música y actuar en directo”, relataba a NME. “[…] Durante cosa de un año y medio no supe si sería capaz de volver a estar sobre un escenario.” Estas dolorosas experiencias han hecho de Whibley un letrista aún más honesto e íntimo, y las dos hermosas baladas que Order in Decline integra en su tracklist dan cuenta de ello.

En “Never There” vuelve la sombra del padre que Deryck Whibley nunca conoció, pero más centrado en el agradecimiento a su madre (y a las figuras paternas y maternas solitarias) por los sacrificios que hizo por él. Mientras, como broche final al elepé tenemos “Catching Fire”, una colección ficticia de remordimientos que Whibley escribió como carta de amor a su esposa, pensando qué sentiría si ella muriera de repente, y en cuyo recuerdo también cabe el de celebridades como Chris Cornell o su allegado Chester Bennington, que se quitaron la vida mientras él componía este intenso y conmovedor corte. Ambas son canciones increíblemente emotivas y cuya producción, tal vez más popera en el segundo caso (casi recuerda a Simple Plan por momentos), realza a cada componente de la banda en papeles muy distintos, más melódicos pero no por ello menos entregados ni, por supuesto, emotivos.

El lento aprendizaje de Sum 41

Order in Decline es el verdadero regreso de Sum 41. Son plenamente conscientes de su voluntad creativa, su bagaje y su contexto, y cada una de estas diez canciones es un paso firme y decidido en una dirección propia. ¿Es el mejor álbum de los canadienses? Es difícil sobrepasar los éxitos de su pasado tras tantos discos en caída libre, pero desde luego que es el álbum que deseaban hacer.

No sólo recae en las dos baladas el peso de la variedad. La producción de Order in Decline bien merece otra medalla en el pecho de Deryck Whibley, pues es capaz de dar sensación de unidad y conjunto a subgéneros y arreglos que en otras manos podrían resultar incompatibles: desde el sonido acelerado de una “The People Vs…” reminiscente de la sencillez de sus primeros álbumes hasta el sonido industrial y sintético de “Eat You Alive”, que perfectamente podría haber compuesto Mick Gordon para el remake de Doom, pasando por la brillante “Heads Will Roll”, un tema ominoso de raíces casi rockeras, con un riff memorable y un solo de texturas agudas y vagamente electrónicas. Coordinar variantes tan sutiles para armonizarlas dentro de un mismo elepé en el que tienen cabida todos los otros temas anteriormente citados da talla de la importancia del papel de cada uno de los cinco miembros de la banda (a los que la producción de 13 Voices a menudo invisibilizaba) y de su palpable maduración artística.

En definitiva, Order in Decline es el verdadero regreso de Sum 41. Son una banda con un largo recorrido y con este séptimo álbum marcan el inicio de una nueva era más madura. Son plenamente conscientes de su voluntad creativa, su bagaje y su contexto, y cada una de estas diez canciones es un paso firme y decidido en una dirección propia. ¿Es el mejor álbum de los canadienses? Es difícil sobrepasar los éxitos de su pasado tras tantos discos en caída libre, pero desde luego que es el álbum que deseaban hacer y el tiempo decidirá si esta colección de temazos pasa a su historia grabada en piedra. Nadie va a pararlos ahora.

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